David Hernández de la Fuente reseña No basta ser estoico de Charles Senard y Nada hago sin alegría. Un paseo con Montaigne:
O en Montaigne retirado del mundo en su torre campestre: él es la simbiosis perfecta entre epicúreo y estoico, como muestra bellamente el escritor mexicano Pablo Sol Mora en “Nada hago sin alegría”, llevándonos de la mano a pasear, con una prosa envidiable, por los ensayos del “señor de la Montaña”, como lo llamaba Quevedo. Su obra es un hermoso compendio destilado de las claves del buen “ethos”.
Las que siguen no son sino mis notas de lectura, apuntes tomados en mis paseos por la Montaña, y no tienen otro propósito que el de invitarte a volver a ese país privilegiado que es Montaigne o, por qué no, a conocerlo por primera vez (que sí, hasta para los clásicos hay una primera vez). Siempre he creído en la existencia de ciertos libros que parecen especialmente dirigidos a nosotros, de manera personal e íntima: los libros que son nuestro destino. A veces hay que recorrer un largo camino de páginas para encontrarlos, pero ninguna experiencia de lectura se compara al momento en que el lector encuentra su libro. Yo poseo la íntima convicción de que una parte crucial de mi destino como lector se ha cumplido leyendo atentamente los Ensayos y que en cierta forma todas mis lecturas anteriores no han sido sino una etapa previa para llegar aquí. Y es que, en resumidas cuentas, la gran lección del Señor de la Montaña, para quien sepa entenderlo, es ni más ni menos que esta: cómo vivir alegre, felizmente, una vida humana. Este librito consta de tres paseos, correspondientes a los tres libros que integran la obra de Montaigne, y nada me alegraría más que fuera un puente para llegar a ella y cumplir así la modesta función del crítico frente a la gran obra: ser el mensajero del texto.
Escribir una biografía de Fernando Pessoa entraña una paradoja evidente: ¿a cuántas personas se está biografiando en realidad? ¿Al Chevalier de Pas, primer protoheterónimo que Pessoa inventó cuando tenía seis años y le escribía cartas al niño Fernando; a Charles Robert Anon, autor de lengua inglesa en verso y prosa, compañero de su adolescencia; a Alexander Search, su sucesor; al Dr. Faustino Antunes, supuesto psiquiatra que trataba al joven Pessoa en Lisboa; al astrólogo Raphael Baldaya; a Vicente Guedes, primer autor de el Libro del desasosiego; a Fray Maurice, monje atormentado por dudas religiosas; a António Mora, el huésped de un manicomio que pretendía resucitar el paganismo; a Jean Seul de Méluret, ensayista francés; al Barón de Teive, escritor frustrado y suicida? ¿Solamente a los principales heterónimos, a saber: el poeta bucólico-filosófico Alberto Caeiro (1889-1915), autor de El guardador de rebaños, y sus discípulos, el ingeniero naval Álvaro de Campos (1889), poeta vitalista y ultramoderno, y el clasicista Ricardo Reis (1887), médico y escritor de austeras odas horacianas, además del semiheterónimo Bernardo Soares, asistente de contabilidad en Lisboa y a la postre autor del Libro de desasosiego? ¿O solo a Fernando Antonio Nogueira Pessoa, el tímido traductor y oficinista que los creó y contenía a todos? ¿Y quién era Fernando Pessoa (pessoa, ‘persona’ en portugués; ‘persona’, del griego prosopon, ‘máscara’; o sea, Fernando Máscara)? ¿Era Alguien o Nadie? ¿O Todos?
Uno de los mayores méritos de esta nueva biografía, escrita por Richard Zenith, traductor y editor del autor portugués, es presentarnos a un Pessoa plenamente humano, creíble, familiar, doméstico, de carne y hueso. Con esta son tres las principales aproximaciones biográficas al poeta (y nunca dejan de ser eso: aproximaciones), pero esta es por mucho la más completa, la –usemos esa hipérbole de la crítica biográfica– definitiva. La primera, Vida y obra de Fernando Pessoa (1950), se debió a João Gaspar Simões, y, aunque demasiado insistente en su interpretación psicoanalítica (casi todo se explica a partir de la “pérdida” de la madre, cuando esta, tras la muerte del padre de Fernando, vuelve a casarse), me sigue pareciendo un modelo de esa vieja tradición biográfica de escritores, mezcla de biografía y crítica literaria, precisamente la de “vida y obra”. Con el subtítulo de Historia de una generación, Simões –que conoció y trató al poeta personalmente, ventaja única que el resto de sus biógrafos no tuvo– se encarga de situar a Pessoa en su muy específico contexto portugués, histórico, cultural y literario. No recuerdo quién hizo la observación de que al genio lo imaginamos siempre un poco aislado, por encima de las pequeñas circunstancias históricas y locales que rodean toda vida, y que resulta siempre una sorpresa descubrir que él también se desarrolló en medio de esas menudencias. Esa fue exactamente la obvia impresión que me causó, hace años, la lectura de la biografía de Simões: Pessoa también había pertenecido a una generación, a un contexto cultural específico, había hecho una trivial “vida literaria” (formado parte de grupos, participado en polémicas, fundado revistas, etc.,), rodeado de una serie de escritores y artistas en muchos casos menores que hoy son solo un pasaje o una nota al pie de su biografía. Casi cuarenta años después de Vida y obra, y cuando Pessoa ya era mucho más conocido a nivel mundial, apareció La vida plural de Fernando Pessoa (1988), de su traductor español, Ángel Crespo. Menos rica en contexto, esta naturalmente se benefició de toda la crítica aparecida hasta entonces y de una comprensión más lúcida del fenómeno de la heteronimia, el corazón de la obra pessoana. No siendo únicamente biografías, sino obras críticas, tanto Vida y obra como La vida plural siguen siendo útiles y la obra de Zenith no las reemplaza por completo, pero es evidente que en términos de investigación y documentación, Pessoa será a partir de ahora la biografía de referencia. La tradición en la que se inscribe es la de la biografía anglosajona y, más precisamente, la de la biografía anglosajona de escritores, cuyo modelo sigue siendo el James Joyce de Richard Ellmann: una investigación exhaustiva, con un vasto aparato crítico y bibliográfico detrás, pero una exposición directa y amena, pensada para el lector común, sin notas al pie ni referencias o discusiones con otros especialistas que solo entorpecerían la lectura y que envía todo eso a la amplia sección de notas finales, que ya el interesado consultará, si quiere. Lo que criticaría al modelo es, a veces, cierta impersonalidad, cierta asepsia literaria y carácter meramente instrumental de la prosa que impiden que la biografía se convierta en una obra de arte en sí misma. Y la biografía, o es una obra de arte literario o es un mero reporte de investigación.
Uno de los aciertos de Pessoa es la división biográfica, no en las clásicas y áridas secciones de lugares y fechas (defecto de Ellmann), sino en una propuesta de evolución espiritual por etapas: “The born foreigner”, “The poet as transformer”, “Dreamer and civilizer” y “Spiritualist and humanist”, que convincentemente traza el itinerario vital de Pessoa. La primera está centrada en la toma de consciencia de su “extranjería”, en todos los sentidos, en la que los ochos años pasados en Sudáfrica son decisivos (uno se pregunta qué clase de escritor habría sido de no mediar esa experiencia, que apunto estuvo de hacerlo un autor inglés y lo hizo un escritor bilingüe); la segunda, en el proceso de desarrollo de los primeros heterónimos que habrían de conducir al nacimiento de Caeiro, Campos y Reis; la tercera, en el proyecto megalómano del Quinto Imperio y el propósito de restaurar las glorias lusitanas, y la cuarta, en su búsqueda espiritual (astrología, magia, rosacrucismo, etc.,) de redención y filantrópica. Un defecto, sin embargo, es solo dividir y titular esas cuatro partes y luego tener 76 capítulos (y secciones al interior de estos) sin subtitular. Una biografía de mil páginas y su hipotético lector se beneficiarían de una división y titulación más específicas.
La infancia y la adolescencia de Pessoa (esta última transcurrida en Sudáfrica, adonde se mudó tras el segundo matrimonio de su madre) habían sido hasta ahora quizá sus etapas menos conocidas. Zenith arroja nueva luz sobre ellas. Uno de los aspectos que más llama la atención es la precocidad de su genio. Sabíamos que había sido un niño introvertido y brillante, pero ciertas conductas e ideas parecen el preludio de algo más. Que creara amigos imaginarios con los que se carteaba o fundara pequeños periódicos donde él escribía todo es una cosa, pero llaman la atención detalles como que, entre los trece y quince años, fruto de su afición por el futbol y el criquet –que no sabemos si jugaba efectivamente, no me extrañaría que no–, se inventara equipos completos de ambos deportes, todos sus jugadores con nombre y apellido, llevara minuciosamente sus estadísticas e hiciera la crónica de partidos y temporadas completos. Todo un mundo que existía solo en su cabeza. Luego haría lo mismo, pero con escritores. Desde niño era evidente el rasgo definitivo de su personalidad: una refracción del mundo real, un repliegue al interior y un cultivo minucioso de un universo imaginario.
En Durban, adonde llegó sin saber inglés, rápidamente aprendió la lengua, se convirtió en un alumno destacado y pronto obtenía los primeros lugares y ganaba los concursos literarios académicos. Allí entró en contacto con la literatura inglesa y a los dieciséis años componía escrupulosas imitaciones de Milton, Carlyle y Keats. En 1904, su segundo soneto inglés terminaba con estos versos: “I know not death and think it no release– / The bad indeed is better than the unknown”, que obviamente recuerda su última línea escrita antes de morir, en 1935, también en inglés: “I know not what tomorrow will bring”.
A los diecisiete años, Pessoa volvió solo a Lisboa, de donde prácticamente no volvería a salir, mientras su familia permanecía en Sudáfrica. Se fue a vivir con unas tías y se matriculó en la Facultad de Artes y Letras, que le tomó menos de dos años abandonar (nada menos afín a su temperamento que la rigidez y la general mediocridad universitarias). Tras recibir una herencia, montó la imprenta y editorial Ibis, que fracasó rotundamente y lo dejó lleno de deudas. Una de las cosas más curiosas de la biografía de Pessoa, que Zenith documenta cuidadosamente, es su fallida vocación empresarial. Prácticamente toda su vida se la pasó haciendo proyectos de negocios que no llevaba a cabo o no pasaban de las primeras etapas (lo mismo, podría pensarse, ocurría en el plano literario, pero en este efectivamente acababa escribiendo, así fueran fragmentos, y en el empresarial, en cambio, el fracaso fue inmaculado). Tras abandonar la Universidad, quebrar en su primera empresa y deberle hasta al sastre, lo lógico habría sido conseguirse un empleo, cualquier empleo, y empezar a salir poco a poco de los problemas económicos, pero el joven Fernando, para consternación de su familia, se negaba en redondo a tener un trabajo convencional y un horario (como se sabe, Pessoa se ganaría la vida traduciendo cartas comerciales en distintas compañías de Lisboa y sería básicamente un oficinista, pero nunca tuvo un empleo fijo en un solo lugar). Mientras tanto, esos primeros años de vuelta en Portugal fueron cimentando su profundo nacionalismo. Nunca, ni en sus etapas de mayor ensimismamiento, dejó de preocuparse por el destino de Portugal e intervino más de lo que suele suponerse en el debate político, siempre a través de la escritura.
En 1912 conoció a Mário de Sá-Carneiro, su mejor amigo y colaborador literario. Fue una de esas amistades en las que, teniendo un gran denominador común (la literatura), los miembros no podían ser más diferentes. Sá-Carneiro, hijo de una familia rica, era un dandi epicúreo, exteriormente emocional, histriónico; Pessoa, reservado, tímido, que guardaba su riquísimo mundo de emociones para sí. Incluso físicamente contrastaban, Mario tirando a grueso y corpulento, y Fernando frágil y delgado. Tuvieron suerte de encontrarse y esta biografía muestra hasta qué punto Sá-Carneiro tuvo un papel en el nacimiento de Alberto Caeiro, el maestro de los heterónimos, ocurrido en 1914, annus mirabilis pessoano, al que siguieron los de Álvaro de Campos y Ricardo Reis. Al año siguiente los amigos publican la revista Orpheu, a la que bastaron dos números para fundar la modernidad literaria portuguesa. Sá-Carneiro se suicidó en París en 1916, a los veintiséis años, cerrando así el periodo de amistad y colaboración literaria más importante de Pessoa.
Hay un fragmento del Libro del desasosiego, que comenzó a componer hacia 1913 con ese título sin saber bien qué clase de obra sería, en el que dice que su verdadera patria no es Portugal, sino la lengua portuguesa. Es parcialmente cierto, pero también es verdad que se empeñó durante años en ser un autor de lengua inglesa. No parece casual que, resistiéndose a publicar libros en su lengua materna, sí intentará publicarlos en inglés, siendo rechazados, como The Mad Fiddler, o editándolos él mismo, como los 35 Sonnets o Antinous. Este último canta la pasión del emperador Adriano por su amante muerto, el adolescente Antinoo, lo que sirve a Zenith para especular sobre la sexualidad pessoana, zona llena de misterios. Sostiene que Pessoa no tuvo nunca una relación sexual (y presenta pruebas, escritas por el propio autor, que muestran que por lo menos a una edad avanzada en efecto esto era cierto, pero cómo saber que luego no tuvo ninguna experiencia) y al respecto concluye: “Throughout this biography I have avoided definining Pessoa’s sexuality, but based on his spiritual explanations and as demonstratedby his own ‘practice’, such as it was, it’s possible to affirm that the poet was ultimately not heterosexual, homosexual, pansexual, or asexual; he was monosexual, androgynously so. The heteronyms can be seen as the fruit of his self-fertilization”.
Algunos de los textos más perturbadores citados en esta biografía, que yo ignoraba, son las comunicaciones que supuestos espíritus (suerte de heterónimos fantasmales) dictaban al poeta en sus sesiones espiritistas y que trataban fundamentalmente de su vida sexual. El principal de ellos, Henry More, ordenó a su discípulo el 28 de junio de 1916:
You must not maintain chastity more. You are so misogynous that you will find yourself morally impotent, and in that way you will not produce any complete work in literature. You must abandon your monastic life and now […] A man who masturbates himself is not a strong man, and no man is a man who is not a lover.
Sin embargo, el clímax de la desesperación y la autodenigración llega cuando la supuesta mujer que sería la compañera sexual de Pessoa, una inglesa llamada Margaret Mansel, se comunica directamente con su futuro amante y le reclama:
You onanist! Go to marriage with me! No onanism [any] more.
504 Love me.
You masturbator! You masochist! You man without manhood! […] You man without a man’s prick! You man with a clitoris instead of a prick! You man with a woman’s morality for marriage. Beast! You bright worm.
Un hombre no puede llegar mucho más lejos en el camino del autodesprecio. El genio literario era un imbécil sexual (imbecillis, ‘débil’, ‘pusilámine’).
Como es sabido, la única relación amorosa que tuvo Pessoa fue con Ophelia –¿cómo más iba a llamarse?– Queiroz, secretaria en una de las oficinas para las que trabajaba. Tenía diecinueve años y uno tiene la impresión que la relación se dio gracias a su determinación, pues ella resolvió conquistar (y conquistó) al tímido poeta, aunque fuera temporalmente. Es inevitablemente cómico imaginar a Pessoa, que rebasaba los treinta, de novio por primera vez, robando besos y escribiendo cartas. De aquí nacerían luego, por supuesto, los versos: “Todas las cartas de amor son / ridículas. / No serían cartas de amor si no fuesen / ridículas…” (por descontado, aunque ese ridículo sea quizá más propio de los dieciséis que de los treinta y dos). Por otro lado, Pessoa también compuso algunas de las cartas de amor más frías que se hayan escrito, por ejemplo, la del 26 de marzo de 1920: “Por mi parte, estoy convencido de que me gustas. Sí, creo que puedo afirmar que te tengo un cierto afecto”. Ophelia se debe haber derretido.
Sin embargo, estaba claro que la dicha amorosa, conyugal y doméstica no estaba en el destino pessoano. Cuando Pessoa comenzó a sentirse demasiado invadido por el amor de Ophelia, emprendió la retirada. Para ello contaba con un aliado inmejorable, el archirrival de su novia: el insolente Álvaro de Campos. No deja de ser un poco alucinante leer cómo a veces Pessoa se presentaba a las citas con Ophelia con una personalidad completamente distinta, locuaz y agresiva: es que no era el comedido Fernando, sino el desmesurado Álvaro. O como este boicoteaba su relación por escrito.
El amor, para Pessoa, fue una experiencia pasajera. Había leído sobre ella toda la vida, la había visto en los demás y necesitaba experimentarla, pero cuando la tuvo al poco tiempo se dio cuenta que no era para él (no, al menos, en la versión que le ofrecía Ophelia, que eventualmente debía derivar en el matrimonio y la familia, como explícitamente se lo dijo). Luego de una de sus recurrentes desapariciones y ante la perplejidad de la muchacha, él explicó que una ola negra –metáfora de su depresión– se cernía sobre él. Más adelante, en una escalofriante carta de despedida que también pudieron haber firmado Kierkegaard o Kafka, escribió: “Mi destino pertenece a una Ley diferente, cuya existencia ni siquiera sospechas, y soy cada vez más el esclavo de Amos que no ceden y que no perdonan”.
Hacia su última década se operaron varios cambios en la vida de Pessoa. Literariamente, abandonado el juego juvenil de la vanguardias (porque para un escritor de su talla no podían ser otra cosa que eso, un divertimento pasajero), se inclina hacia cierto clasicismo, reflejado en su intervención como editor de la revista Athena, en la que aparecieron fragmentos de “El guardador de rebaños”. Da la impresión de que –luego de años de buscar cierto reconocimiento, tanto en inglés como en portugués, y de obtener resultados más bien modestos, aparte de la infinita planeación y postergación de la publicación de su obra en libros–, Pessoa decidió retraerse en términos literarios. Algunas de las cosas que más le importaban (la poesía de sus principales heterónimos, por ejemplo) no había encontrado mayor eco; ahora se ocultaría aún más, deliberadamente, y renunciaría a la idea de la publicidad. Solo sus mejores amigos y algunos jóvenes y fervientes admiradores, agrupados alrededor de la revista Presença, lograrían hacerlo abandonar parcialmente esa reclusión literaria.
Para entonces, Pessoa está más interesado en la magia, la astrología y la búsqueda espiritual. Uno de los episodios más curiosos de esta vida desprovista de acontecimientos exteriores fue su encuentro con el infame Aleister Crowley, ocultista inglés que dirigía una secta que involucraba la magia, drogas y ritos sexuales. Se carteaba con Pessoa y un día, para alarma del poeta, anunció que lo visitaría en Lisboa, adonde llegó acompañado de su joven novia alemana. Sus planes incluían abrir una sucursal del culto en Portugal y que su brillante corresponsal la dirigiera. Al verse personalmente, debe haberle tomado treinta segundos darse cuenta que el poeta de los lentes y la pajarita no era precisamente la persona más indicada para llevar a cabo ritos sexosatánicos, pero igual le simpatizó y lo convenció de ayudarlo a escenificar su falso suicidio en el despeñadero de Boca del Infierno, a las afueras de Lisboa (Pessoa esbozó una novela sobre la aventura, que por supuesto dejó inconclusa).
Entre otras novedades, la biografía de Zenith incluye fotografías que yo, al menos, desconocía. Las más impresionantes son los últimos retratos de Pessoa, los retratos de un hombre que tiene cuarenta y seis o cuarenta y siete años (la bel âge de quien esto escribe, lo que probablemente contribuyó a mi impresión), y que parece de sesenta. La vida había desgastado brutal y prematuramente a Pessoa, y a los cuarenta era un uomo finito. Zenith escribe:
It wasn’t the dreary routine of his rounds among the offices; he liked that routine. Nor was the loneliness of living as a bachelor, which did on occasion make him sad, but not weary. It was life itself that wearied him. I was all the doing, feeling, hoping, and regretting of the forty years he had lived so far. It was the nagging sensation that “all is vanity and vexation of spirit”, as he remarked in a passage from The Book of Disquiet, citing the words of the Preacher or Ecclesiastes. And he also cited, in the same passage, that bleak utterance of Job: “My soul is weary of my life”.
A sus últimos años no faltaron pequeñas derrotas y humillaciones. Dispuesto, increíblemente, a abandonar Lisboa, solicitó un modesto empleo de bibliotecario en el Museo de los Condes de Castro Guimarães en Cascais. Lo rechazaron. Empujado por sus amigos, envío a un concurso de poesía organizado por el gobierno su poema Mensaje. El certamen estaba practicamente organizado por ellos mismos, así que el triunfo de Pessoa parecía seguro, pero miembros del jurado tuvieron otra opinión y terminó perdiendo frente al pío poema de un cura franciscano de nombre Vasco Reis. Los amigos se las arreglaron para igual darle un premio, lo que en cierta forma solo abonó a la humillación. Mensaje, el único libro que se había animado a publicar en vida, no había sido suficiente para ganar un concurso estatal. Para rematar, en la esfera pública, la sombra de la dictadura de Salazar se cernía sobre Portugal. Pessoa, que lo había apoyado al comienzo, tuvo el tino y el valor de oponérsele al final.
Su salud se deterioraba aceleradamente, proceso al que su ingente consumo de alcohol no era ajeno (su bebida favorita era el brandi portugués Macieira), llegando a experimentar el delirium tremens. Bromista, una vez, al presentarle a una muchacha que iba a casarse con un pariente suyo, le dijo: “¿No has oído hablar de mí? Soy el borracho de la familia”. Una de las cosas que, en su momento, los familiares de Pessoa reprocharon más a la biografía de Simões fue, por cierto, presentar una poco favorable imagen del poeta en sus últimos años, enfatizando su aspecto descuidado y alcohólico. Pessoa fue internado en el hospital San Luis el 29 de noviembre de 1935 con fuertes dolores abdominales y murió al día siguiente, probablemente a causa de una obstrucción intestinal. Dejaba un libro publicado y la famosa arca con alrededor de veinticinco mil documentos que contenían su obra dispersa, disjecta membra…
Una de las paradojas de la biografía de Pessoa es que, a pesar de la multitud de las máscaras, acabe por revelar un rostro. Él se definía a sí mismo como un poeta dramático e impersonal, esto es, que encarnaba varias voces y era solo un medio. El poeta Pessoa era, en efecto, impersonal, pero la persona Pessoa, permítaseme la redundancia y la paradoja, no lo era: era única, individual, con una serie de rasgos específicos, gestos, costumbres y manías, moldeada por su carácter y las circunstancias de la vida que le tocó vivir, como la persona de todos nosotros. Parte de su gran triunfo poético es haberse casi borrado detrás de sus máscaras, hacernos creer que realmente era nadie, aunque detrás hubiera siempre alguien, no un sujeto estable y monolítico, claro está, sino en permanente movimiento y mutación, la única forma de ser, y en su caso aún más radicalmente. Un precursor de la exploración pessoana de la otredad –de cuya alegre sabiduría podría haber aprendido mucho de haber sido otro su temperamento, pero, en definitiva, solo tenemos los maestros que son afines a nosotros– lo dijo lúcidamente: “no pinto el ser, pinto el tránsito” (Ensayos, II, III).
Creo que Zenith apunta una de las claves para comprender a Pessoa cuando comenta su vía ocultista para el progreso espiritual, que prenscinde de la magia y de la alquimia:
This is “the simple path”, he wrote, and those who follow it recognize the Word exactly “as it is given to us, as something not one but multiple, as the limbs of Osiris, many Gods”. Rather than attempt to rejoin the body of the god Osiris –whose corpse was cut up into pieces and strewn all over Egypt– they accept the fragmentary, multiple nature of the divine Word. And to accept “the Word as the Word”, says Pessoa in conclusion, is to accept “the World as the World”. This wisdom recalls the lesson of the master heteronym, Alberto Caeiro, who saw and accepted that “Nature is parts without a whole.”
Análogamente, más que empeñarse en dotar de unidad la persona y, sobre todo, la obra de Pessoa, es preciso reconocerlas y aceptarlas en su fragmentariedad. Hacerlo así es aceptar el mundo moderno, del que son expresión y reflejo, tal como es, un mundo que hace tiempo perdió la unidad y saltó en pedazos.
Hace diez años, reseñando los Escritos sobre genio y locura, escribí que si tuviera que apostar por un solo autor para representar la Edad Moderna, el que a la postre será nuestro Virgilio o nuestro Dante, apostaría por Fernando Pessoa. La lectura de Pessoa de Richard Zenith me lo ha confirmado.
Comentario. Ya en el siglo XVI –en su último y mejor ensayo, cima y síntesis de toda su obra, “De la experiencia”– Montaigne observaba que había más libros sobre libros que sobre cualquier otro asunto y que, en realidad, no hacíamos sino comentarnos unos a otros. La literatura, en efecto, puede ser vista como un prolongado comentario sobre sí misma. La obra de Vila-Matas lo es de manera particularmente conciente y deliberada; toda ella, como ha observado Ricardo Piglia, es la historia (y agregaría, la crítica) imaginaria de la literatura contemporánea. Juan Villoro, por su parte, ha escrito: “La estética de Enrique Vila-Matas depende en primera y última instancia de la lectura. Hechas de comentarios, reensamblajes, parodias y atribuciones apócrifas, sus historias se postulan como una segunda realidad. Vila-Matas llega después; observa lo ya narrado con ojo insólito y discute lo ocurrido”.
Desde sus inicios, en La asesina ilustrada (que recuerda en alguna medida el modelo de Pálido fuego de Vladimir Nabokov, la novela-comentario por excelencia), la obra vilamatiana asumió su característica de glosa. Allí, la crítica Ana Cañizal apunta: “quisiera narrar en ellas lo que me fue ocurriendo a partir del día en que casualmente di con el manuscrito de La asesina ilustrada de Elena Villena y comentar, a la vez, diversos apartados de este extraño texto”. Los verbos en infinitivo –narrar y comentar– dan la clave, no solo de este libro temprano, sino de la totalidad de su obra, pues ésta se lee como una narración comentada o un comentario narrativo de la literatura moderna. Vila-Matas ha incluido el comentario crítico en su ficción narrativa e incluso lo ha convertido en el principal tema de la misma, como en Bartleby y compañía y en la ya abiertamente “ficción-crítica” de “Chet Baker piensa en su arte”. Yendo un poco más allá, se ha convertido en comentarista de sí mismo, como muestra de manera inmejorable el prólogo a En un lugar solitario, donde el autor repasa críticamente sus primeros libros y observa, además, el fenómeno ocurrido tras su colapso físico, que lo hizo tomar distancia de su obra y asumir las palabras del Diario de Robert Musil: “soy un absoluto extraño para mí mismo, hasta el punto de que podría ser un mero crítico o comentarista de mi trabajo”.
Al comentar los primeros versículos del Cantar de los cantares en La regla de la Orden de la Santísima Trinidad, san Juan Bautista de la Concepción, al que el poema intrigó toda la vida, escribió:
En las primeras vistas que hizo la esposa a su esposo y las primeras palabras que le habló, fue decirle que le diese un beso de su boca, porque tenía mejores pechos que el vino 1. Mill dificultades tiene este lugar. Llano es que, si era beso, que habíe de ser de boca. Digo que hay junta y beso de corazones y, como la esposa se veía inpedida de esta junta por estar aún su corazón envuelto en carne y no descubierto, conténtase con que sea beso de boca
El reformador de la Orden Trinitaria estaba lejos de ser el primer lector que pasara dificultades y confesara su perplejidad frente al Cantar, pues este venía siendo fuente de desconcierto y poniendo en aprietos a los comentaristas judíos y cristianos, que con frecuencia no sabían qué hacer con un poema tan francamente erótico, desde su canonización.
Los orígenes del Cantar siguen siendo poco claros y la fecha de su composición, en la forma en que lo conocemos, oscila en un amplio arco entre los siglos V y III a. C., si bien algunos de sus contenidos podrían rastrearse hasta los siglos IX y X a. C. Actualmente, la mayoría de los estudiosos coincide en que se trata fundamentalmente de un poema erótico, toma partido por una lectura literal y rechaza la interpretación alegórica (la prevaleciente durante una prolongada tradición judía y cristiana), así como descartó en su momento, con argumentos filológicos, la autoría de Salomón o que el poema datara de su época. Por otro lado, se continúa debatiendo sobre su carácter unitario o fragmentario.
Sin embargo, es precisamente esa casi descartada lectura alegórica la que me interesa y la que convierte al Cantar (y en especial a su comienzo) en un fascinante objeto de estudio filológico y de historia intelectual. Podemos imaginar el asombro y las dificultades que pasaron los primeros exégetas frente al célebre inicio que, con no pocas variantes, podía decir: «Béseme él con el beso de su boca; porque mejores son tus pechos que el vino» (la Vulgata, en efecto, había traducido el original hebreo «yissaqeni minnesiqot pihu qi tobim dodeja miyyain» como «osculetur me osculo oris sui quia meliora sunt ubera tua vino»). ¿Qué hacer con un libro sagrado que tiene semejante principio y que luego se extiende en la crónica detallada de un amor sensual? Estaba claro que no podía decir sencillamente lo que decía en la superficie y que tenía que decir algo más.
El propósito de este artículo es examinar la interpretación que cuatro comentaristas religiosos españoles de los Siglos de Oro hicieron del Cantar 1, 2: fray Luis de León y santa Teresa de Jesús, en el siglo XVI, y san Juan Bautista de la Concepción y Mariana de San José, en el XVII. Me centro en los comentarios escritos en castellano y por ahora dejo de lado los compuestos en latín, con la excepción del de Cipriano de la Huerga, que por su influencia se impone considerar, aunque sea brevemente. Para comenzar, haré una breve síntesis de algunas de las principales interpretaciones del Cantar 1, 2 hasta la obra cumbre de san Bernardo que nos permita comprender mejor la tradición en la que se insertan los comentaristas españoles.
En la infatigable bibliografía crítica sobre Borges hacía falta un libro como este, que sistemática y laboriosamente examina la compleja y voluble postura que sostuvo a lo largo de su vida frente a una de sus bestias negras, su Polifemo personal: don Luis de Góngora. Hablamos de dos escritores de equiparable nivel artístico, dos de las cimas de la literatura escrita en español en cualquier época, y por ello cabe la comparación. En resumen, todo este ensayo es un intento, a ratos desesperado, de contestar la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que Borges no entendiera y admirara a Góngora?
Martha Lilia Tenorio –especialista en poesía áurea y novohispana, gongorista y gongorina confesa– se ha salido un poco de su habitual ámbito crítico y académico, el de los Siglos de Oro y la filología, y se ha volcado no solo en la obra de Borges, sino en la bibliografía sobre Borges, que no es pequeño berenjenal (a veces, hasta el exceso: demasiadas citas y referencias a crítica académica borgeana más bien prescindible, que agrega poco al libro y que Tenorio en realidad no necesita). Por lo demás, su lectura de los textos borgeanos se beneficia del mismo rigor y escrúpulo que pone cuando descifra un poema barroco. Acaso –ya me estoy poniendo borgeano–, para un trabajo de esta naturaleza, más un ensayo de crítica que obra filológica, habría convenido una forma más suelta, menos sujeta a las convenciones académicas, sin tantas notas ni referencias.
Debo confesar que, cuando supe de la existencia de este trabajo, comenté en corto a la autora: “espero que no se te haya ocurrido hacer a Borges gongorino porque eso no es posible”. Bueno, pues eso, más o menos, fue lo que se le ocurrió, pero brillante y exhaustivamente. No que ahora piense que Borges y Góngora son los hermanos secretos que nunca supe ver; sigo pensando que son dos mundos, si no antitéticos, radicalmente diferentes y que no hay manera de reconciliar al autor de Ficciones con el de las Soledades (el ensayo, además, se topa con la dificultad de congeniar a Borges con Góngora a pesar de lo expresado en múltiples ocasiones por el primero), pero sí me ha convencido de que la relación es más compleja y ambigua de lo que podría parecer en un principio.
Cuando a un gran autor realmente no le interesa otro, no se ocupa de él ni para refutarlo y no lo relee ni escribe sobre él una y otra vez, como hizo Borges con Góngora. La verdad es que, a pesar de su memorable boutade juvenil a propósito del centenario (“yo siempre estaré listo a pensar en don Luis de Góngora cada cien años”), nunca dejó de tenerlo presente. Uno de los fenómenos más enigmáticos y reveladores de las letras es, no la indiferencia de un gran escritor por otro, sino el franco rechazo, como el de Pascal hacia Montaigne o Tolstoi hacia Shakespeare. Esa clase de animadversión es tanto o más significativa que la más profunda de las afinidades. Algo se subleva al interior de un autor contra otro que representa una visión del mundo y del arte enfrentada a la suya. No es propiamente el caso de Borges y Góngora, que pasa mucho por la incomprensión y el mero gusto, pero algunas diferencias irreconciliables de fondo hay. Toda poética nace de una visión del mundo y de un temperamento y entre las visiones del mundo y los temperamentos gongorinos y borgeanos media un abismo: a pesar de que su poesía no contenga muchos elementos religiosos, Góngora es un católico español del siglo XVI, que acepta sin mayor problema los dogmas, pero cuyo temperamento, ligero y hedonista, lo conduce a una poesía sensual, de goce y celebración de las percepciones sensoriales, del mundo natural; Borges es un ateo o agnóstico moderno que ve al hombre perdido en el mundo como en un laberinto y cuyo temperamento, tímido y más inclinado a los placeres intelectuales que sensuales, nadie podrá acusar de epicúreo. Es difícil reconciliar dos personalidades así. Tenorio misma lo sabe cuando escribe: “yo creo que entre Borges y Góngora hubo un desencuentro de personae, en el sentido clásico del término: entre el optimismo y el hedonismo gongorinos, ese muy pagano sentimiento de la felicidad y del disfrute material de la vida, y la gravedad pesimista y desengañada de Quevedo con su angustiante constatación de la caducidad, Borges se sintió más cómodo tras la persona de Quevedo”.
La tesis principal del libro pasa por el uso de la metáfora: “el núcleo de la estética y del arte de los dos poetas (Borges y Góngora) es el mismo: la formulación de conceptos/metáforas, no como revestimientos o adornos del poema, sino como elementos fundamentales, con valor cognoscitivo, que constituyen la epifanía que es, a fin de cuentas, un texto poético”. Góngora aparte, el libro es un minucioso recorrido por la evolución del pensamiento poético de Borges, desde Fervor de Buenos Aires hasta Los conjurados. En cuanto a su actitud frente al poeta barroco, ciertamente hubo también un cambio: pasó del menosprecio y repudio juvenil (“Góngora –ojalá injustamente– es símbolo de la cuidadosa tecniquería, de la simulación del misterio, de las meras aventuras de la sintaxis. Es decir, del academismo que se porta mal y es escandaloso. Es decir, de esa melodiosa y perfecta no literatura que he repudiado siempre”) a una opinión más serena y ecuánime (reflejada en el poema “Góngora” de Los conjurados que, en mi opinión, no deja de ser una crítica y en el que Borges hace a Góngora arrepentirse de ser Góngora), aunque no faltaron tardíos exabruptos antigongorinos, como los registrados por Bioy en el temible Borges (“estuve leyendo las Soledades y el Polifemo: son activamente feos. Leí todo el Polifemo: es horrible”), pero nunca, me temo, a la genuina comprensión y estima. El Góngora que Borges llegó a gustar fue el de unos cuantos sonetos, pero nunca apreció sus obras mayores. En parte por cierto selectivo anacronismo lector (que en otros casos sabía evitar perfectamente), por no querer entender una estética de otra época; en parte porque simple y llanamente el mundo poético de Góngora le era ajeno y no le interesaba.
And yet, and yet… Es posible que al final, depuesta la animosidad juvenil, Borges de algún modo se reconciliara con Góngora, no porque entonces ya lo entendiera y admirara, sino porque había llegado a admitir que esa “melodiosa y perfecta no literatura” era también literatura. Quizá haya intuido que, como los teólogos enemigos de su cuento, “para la insondable divinidad”, él y Góngora serían una sola persona.
Este año cumplí cuarenta y uno. Es la edad a la que murió Kafka, uno de los solteros más eminentes de la literatura, y me gusta llamarla la edad Kafka. El escritor checo se resistió heroica y dramáticamente al matrimonio durante toda su corta vida, como lo muestra su tormentosa relación con Felice Bauer, pobre chica que no tenía idea de con qué clase de espécimen se había topado y por la que es casi imposible no sentir algo de compasión.
Quizá ningún escritor moderno, con excepción de Kierkegaard, ha estado tan obsesionado con la condición soltera, de lo que brindan abundante testimonio sus diarios, cartas y escritos de ficción. En una hipotética antología literaria de la soltería, su texto “La desventura del soltero” –incluido en su primer libro, Contemplación, publicado en 1913, cuando tenía treinta años– ocuparía un lugar de privilegio en la sección de la soltería pesimista, aunque al final el autor logre tomar un poco de distancia de sí mismo y verse con cierta ironía: “parece tan grave quedarse soltero, y, de viejo, guardando a duras penas la dignidad, pedir acogida cuando se quiere pasar una velada con gente, estar enfermo y, desde el rincón de la propia cama, contemplar semana tras semana la habitación vacía, despedirse siempre ante el portal de la casa, no subir nunca la escalera junto a la propia mujer… Y así será, solo que, en realidad, hoy y en adelante será uno mismo quien esté ahí, con un cuerpo y una cabeza de verdad, y, por tanto, también una frente para golpeársela con la mano”.
Tranquilo, Franz, vas a estar bien.
De hecho, como sabemos, Kafka no fue nunca un soltero viejo y prácticamente murió en brazos de Dora Diamant, joven periodista de veinticinco años (pas mal, Franz), quien siguió a Milena y a Julie, luego de que el asunto con Felice terminara por completo. Siempre me ha llamado la atención que Kafka, con todas sus quejas en relación a las mujeres, en realidad fuera bastante capaz de ligar –lo hizo, por lo menos, una media docena de veces–, sobre todo si lo comparamos con escritores que realmente tuvieron problemas en ese apartado, digamos Leopardi (jorobado, enfermizo, architímido) o Pavese (impotente). Con los cambios sociales experimentados en un siglo, hoy probablemente Kafka sería un soltero sin mayores problemas y no tendría los conflictos que tuvo entonces –con su familia, con su novia, con la familia de su novia– o no en la misma medida. Naturalmente, se las arreglaría para torturarse y consumirse de angustia sobre casarse o no, formar una familia, tener hijos, etc., que, si no, no sería Kafka, pero no estaría sujeto a las presiones familiares y sociales que tanto lo atormentaron.
El origen de la problemática soltería de Kafka era la relación con su obra. Creía firmemente que mantenerse soltero era la condición necesaria para llevarla a cabo. Su vida entera puede entenderse como la lucha desesperada contra las cosas que pudieran alejarlo de la escritura. Escribir era su misión y no iba a permitir que nada ni nadie se atravesara en ese camino, así tuviera que sacrificar la felicidad propia o ajena. Una parte de él, comprensiblemente, buscaba una vida normal, conyugal, familiar, doméstica; otra, la vida salvaje del escritor entregado a su obra. El 21 de julio de 1913, luego de que Felice aceptara su propuesta matrimonial, corrió a escribir en su diario argumentos contra la unión: “3. Necesito estar solo mucho tiempo. Todo lo que he conseguido hacer es producto únicamente de mi soledad. 4. Odio todo lo que no se relaciona con la literatura, mantener conversaciones (incluso si se refieren a la literatura) me aburre, hacer visitas me aburre, los sufrimientos y las alegrías de mis parientes me aburren hasta el fondo del alma… 5. La angustia que me produce la unión, dar el paso. Ya no estaré solo nunca más”. El Esposo vs el Escritor. Ya sabemos cuál ganó.
En homenaje al máximo soltero de la literatura moderna, propongo considerar los cuarenta y uno como la piedra de toque de la soltería. Solo a partir de entonces puede tomarse en serio a un soltero en tanto tal. Naturalmente, la soltería en los veintes no cuenta; es la condición natural, salvo casos graves. A los treinta se puede empezar a concederle cierto crédito y es sin duda la década clave porque entonces, quizá, experimentará en algún momento la tentación de abandonar ese estado de gracia. Pero si logra atravesarla incólume y llega a la cuarentena, entonces sí, podemos estar seguros: estamos frente a un soltero.
Solteros eminentes I. Aquiles, don Quijote, Hamlet
Cuando apenas se me había ocurrido la idea de este ensayo, pensé en una sección dedicada a los grandes solteros de la historia, reales o ficticios, y titularla, a la manera de Lytton Strachey, “Solteros eminentes”. Se me ocurrió, si mal no recuerdo, en la playa, tumbado al sol, y entonces anoté en mi teléfono los tres primeros nombres que me vinieron a la cabeza: Aquiles, don Quijote y Hamlet.
El caso de Aquiles –a diferencia de los otros dos, cuya soltería es incuestionable– puede resultar complicado, pues algunas tradiciones quieren adjudicarle una esposa (Deidamía, la madre de su hijo, Neoptólemo), pero no son muy convincentes. La tradición estrictamente homérica no alude a ningún matrimonio. La verdad, cuesta trabajo imaginar a Aquiles en papel de esposo. En esto es también el gran antagonista de Héctor, que es sin duda elmarido de la épica griega. El troyano es el héroe hogareño, amante y fiel esposo de Andrómaca y responsable padre de familia; el griego, la perfecta máquina soltera. Su caso es único aun entre los aqueos, pues el resto son respetables hombres casados (bueno, no tan respetables): Ulises, Menelao, Agamemnón (a quien más le habría valido no casarse), etc. A Aquiles, por lo demás, se le atribuyen diversos amores y hoy sería tachado de depredador sexual. Era un depredador, sexual y de otras clases. Entre sus víctimas: Deidamía, Briseida, Pentesilea, Políxena, Ifigenia, Helena, Medea, Patroclo…
Aquiles encarna al guerrero perfecto y sus atributos difícilmente son compatibles con las mansas virtudes matrimoniales. Incluso, de acuerdo a algunas versiones tardías del mito, la única vez que contempla la posibilidad de casarse tiene consecuencias fatales. Según estas, Aquiles se habría enamorado de la mencionada Políxena, hija de Príamo, y habría prometido a este pasarse al bando troyano si le concedía su mano. El rey habría aceptado y el acuerdo debía formalizarse en el templo de Apolo. Aquiles habría acudido desarmado y allí habría sido muerto por Paris, escondido tras la estatua del dios. Huelga sacar la moraleja.
La soltería de don Quijote está fuera de toda duda. Nunca se menciona una esposa o hijos y sabemos que vive solo, a los cincuenta años, con una ama y una sobrina. Don Quijote parece más bien un solterón, problemática figura de la que tal vez nos ocupemos después. En realidad, el solterón sería, desde luego, Alonso Quijana, pues don Quijote es un caballero andante que está consagrado al amor exclusivo de una dama, Dulcinea. Algunos de los momentos más cómicos de la novela ocurren cuando don Quijote se topa con alguna mujer joven a la que toma por princesa o noble y teme que se enamore de él y se vea obligado a rechazarla por la rigurosa fidelidad que guarda a su dama. Don Quijote es la antítesis del mujeriego Aquiles y jamás se siente tentado a traicionar a Dulcinea. ¿Piensa alguna vez en casarse con ella? No que nos conste; se da por satisfecho con servirla y el matrimonio seguramente le parecería una meta inaccesible. Pero conjeturemos un poco: si de pronto la posibilidad se abriera, ¿don Quijote daría el paso o no lo daría? Tengo para mí que no, pues en el fondo está consciente de que su relación con Dulcinea depende de la distancia y la idealización. Don Quijote, en todo caso, vive y muere soltero, y eso basta para incluirlo en esta primera galería de solteros eminentes.
Por último, está el Príncipe de la Melancolía, el Soltero Arquetípico, la Radical Máquina Soltera: Hamlet. De acuerdo a las famosas palabras del sepulturero en el acto V, tendría alrededor de treinta años, edad más que casadera para el siglo XVII. Y, sin embargo, el príncipe sigue soltero. Ya esto debería ponernos sobre aviso. Hay en Hamlet un rechazo extremista, visceral, al estado matrimonial. Pero, ¿qué clase de soltero es Hamlet? El príncipe no se aferra a su soltería –a diferencia de, digamos, el duque de Ferrara en El castigo sin venganza de Lope de Vega– para mejor gozar su soltería en términos donjuanescos. Hamlet no es un libertino. Él pertenece al tipo de solteros que buscan, ante todo, preservar su soledad, individualistas radicales que solo pueden vivir consigo mismos. A las variadas teorías sobre su locura, agrego esta: Hamlet no se finge loco para confundir a la corte y desenmascarar a su tío y a su madre, menos aún por amor a Ofelia; Hamlet sabe en qué terminará su relación con ella y se finge loco para no casarse. Honra así su famosa frase, el credo de toda Perfecta Máquina Soltera: “I say we will have no more marriages” (III, I).
Solteros eminentes II. Ramón López Velarde
Ni que decirlo: la primacía indiscutible de la soltería en las letras mexicanas corresponde a Ramón López Velarde. Él es nuestra Perfecta Máquina Soltera.
¿Perfecta? Bueno, no tanto. En Ramón, permítaseme la confianza, había demasiada añoranza del matrimonio y, sobre todo, de la paternidad. Y, sin embargo, nunca se casó ni tuvo hijos, que se sepa, y murió a los treinta y tres de Cristo –otro soltero eminente, por cierto– sin dejar ninguna descendencia, salvo su obra y la poesía mexicana moderna.
Ramón tiene un texto de una página que por sí solo le valdría un lugar en cualquier antología de la soltería, “Obra maestra”, en el póstumo libro de prosas El minutero. El inicio es comparable al de las mejores fábulas de Kafka: “El tigre medirá un metro. Su jaula tendrá algo más de un metro cuadrado. La fiera no se da punto de reposo. Judío errante sobre sí mismo, describe el signo del infinito con tan maquinal fatalidad, que su cola, a fuerza de golpear contra los barrotes, sangra de un solo sitio. El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad. No retrocede ni avanza. Para avanzar, necesita ser padre. Y la paternidad asusta porque sus responsabilidades son eternas”.
En el resto del texto, Ramón reflexiona gravemente sobre dichas responsabilidades (lo digo sin pizca de ironía; la ironía se me congela cuando leo ese texto). Está claro que para él soltería equivale, sobre todo, a la carencia de hijos, a la negación de la paternidad, que equipara a atributo casi divino, o sea, demoníaco. Había en el poeta, en potencia, un esposo modelo y un pater familias católico, benevolente y responsable, pero también estaba, en acto, el otro, el extremadamente sensual, el esclavo de la carne, el asiduo de las hadas nocturnas que tan bien conoció y lo conocieron. López Velarde era un monaguillo devorado por Eros, un libertino con consciencia de seminarista, y de esa irresoluble contradicción nace la fuerza de su obra.
Mucho se ha especulado por qué Ramón no se casó nunca, pues oportunidades no le faltaron (y cuando lo intentó, lo rechazaron), pero el punto es que no lo hizo. El mecanismo de la soltería era demasiado fuerte en él. Será, para siempre, el príncipe de nuestros solteros.
Solteros eminentes III. Schopenhauer, Nietzsche
Las relaciones entre la filosofía y el matrimonio nunca han sido muy buenas. Desde Sócrates, probablemente. Su esposa, Jántipa, ha pasado a la historia como el modelo negativo de la mujer que no comprende e incordia al filósofo. La lista de solteros en el gremio es larga –Bacon, Descartes, Pascal, Spinoza, Leibniz, Hume, Kant, Kierkegaard y los dos de esta sección, por mencionar solo ejemplos modernos– y lo difícil es más bien encontrar casos de filósofos casados (Hegel, increíblemente, entre ellos). Bacon, por cierto, tiene un ensayo “Sobre el matrimonio y la soltería”, donde afirma algo que toda Perfecta Máquina Soltera suscribiría: “la causa más ordinaria de la soltería es la libertad, especialmente para ciertas mentes caprichosas y hedonistas que son muy sensibles a las restricciones y que incluso consideran los cinturones o los tirantes como poco menos que grilletes y cadenas”.
El caso de Schopenhauer es muy curioso. Unos cuantos aforismos demasiado citados le han creado la fama de ser uno de los grandes misóginos de la historia (un verdadero misógino, dicho sea de paso, es aquel que detesta a las mujeres a tal punto que las rehúye, y en ese sentido Arthur fue un pésimo misógino). Todo empezó, al parecer, con una mala relación con la madre, con la que tuvo un pleito feroz. Sin embargo, la vida soltera de Schopenhauer fue bastante más agitada de lo que uno esperaría del severo filósofo de la voluntad. Veamos: tras unos amores platónicos, perdió la cabeza por una recamarera de Dresden con la que de hecho tuvo un hijo, muerto prematuramente; luego se apasionó con una italiana, Teresa Fuga, por la que dejó de presentarse con Byron porque temía que el poeta, bien conocido Don Juan, se la bajara; después, una corista de Berlín que le hizo ver su suerte con múltiples infidelidades; ya mayor, conoció a la adolescente Flora Weiss, con la que incluso pretendió casarse… En fin, que no tan mal para quien supuestamente abominaba a las mujeres y el sexo.
Nietzsche no se casó nunca, aunque lo intentó con Lou-Andreas Salomé (ella tenía veintiún años y el filósofo rondaba los cuarenta). Zaratustra no niega el matrimonio y la procreación, pero tiene una idea sumamente exigente de ambos: “tú eres joven y deseas para ti hijos y matrimonio. Pero yo te pregunto: ¿eres un hombre al que le sea lícito desear para sí un hijo? ¿Eres tú el victorioso, el domeñador de ti mismo, el soberano de los sentidos, el señor de tus virtudes? Así te pregunto. ¿O hablan en tu deseo el animal y la necesidad? ¿O la soledad? ¿O la insatisfacción contigo mismo?”. El matrimonio y la reproducción, según Nietzsche, solo tienen sentido si son hacia arriba, si con ellos el hombre se mejora a sí mismo, pero nada es peor que la unión que degrada: “aquel era esquivo en sus relaciones con otros, y seleccionaba al elegir. Pero de una sola vez se estropeó su compañía para siempre: su matrimonio lo llama… Muchas breves tonterías –eso se llama entre vosotros amor. Y vuestro matrimonio pone fin a muchas breves tonterías en la forma de una sola y prolongada estupidez”.
Entonces, ¿el Súperhombre se casa o no se casa?, ¿súper marido y padre o Súper Máquina Soltera? La respuesta, quizá, está en “La canción del noctámbulo”, una de las últimas secciones de Así habló Zaratustra: “ ‘yo quiero herederos, así dice todo lo que sufre, yo quiero hijos, no me quiero a mí’, mas el placer no quiere herederos, ni hijos, –el placer solo se quiere a sí mismo, quiere eternidad, quiere retorno, quiere todo-idéntico-a-sí-mismo-eternamente”.
Los Siglos de Oro concluyeron de este lado del Atlántico, en la Nueva España, con un caso absolutamente excepcional. Juana Ramírez nació en San Miguel Nepantla, una hacienda al sur de la Ciudad de México. En la Respuesta a sor Filotea, valiosísimo documento autobiográfico, sor Juana cuenta cómo aprendió a leer a los tres años y cómo desde muy chica la devoraba el deseo de conocerlo todo. La suya era, ante todo, una vocación intelectual. Fue llevada a la corte virreinal, donde deslumbró a los sabios de la época, que la sometieron a examen a petición del propio virrey, el marqués de Mancera. Se hizo religiosa, no por tener genuina inclinación, sino porque rechazaba el matrimonio y aquel era el único estado que le permitía seguir con sus estudios y mantener cierta independencia. Con la llegada en 1680 de los nuevos virreyes, el marqués de la Laguna y su esposa, la condesa de Paredes, empezó una etapa de esplendor para la monja. Los recibió con el suntuoso arco triunfal del Neptuno alegórico y a partir de ahí fueron sus amigos y protectores. Previsiblemente, el brillo de sor Juana provocaba envidias y la censura de quienes creían que se dedicaba demasiado a la poesía profana. Hacia 1690 escribió el único texto que, según ella misma, compuso por gusto, El sueño, su obra maestra y la culminación de los Siglos de Oro. Imitación de Góngora e inconcebible sin las Soledades, la orientación y el contenido intelectual del poema, que trata de la aspiración de conocer, son lo propiamente sorjuanino. Nadie como ella reunió la facultad poética y el deseo del intelecto. En 1695, tras una dramática crisis espiritual y presiones externas que la alejaron de las letras, sor Juana murió atendiendo a las víctimas de una epidemia de peste.… Leer
Ya en 1688, el padre Francisco de Florencia escribía sobre Sandoval Zapata en La estrella del norte: “no han quedado de su ingenio y de su pluma más que las cenizas de algunos poemas, pero merece renacer de ellas, para que se eternice la fama, fénix inmortal de la América”. El siglo XX fue testigo de ese renacimiento, aunque sea parcial. Hoy sabemos que Sandoval Zapata nació en la Ciudad de México –“caballero de la más calificada nobleza”, según Florencia–, que estudió en el Colegio de San Ildefonso y fue un poeta muy reconocido en su tiempo, autor de varios poemas a la Virgen de Guadalupe, de una famosa y criollista “Relación fúnebre a la infeliz, trágica muerte de dos caballeros de lo más ilustre de esta Nueva España” (los hermanos Ávila), de numerosos sonetos, varias comedias (perdidas) y un “Panegírico a la paciencia”, cuyo inicio memorablemente reza: “los estoicos que, en estudio penitente de desvelos, misteriosamente relampaguearon avisos de luz en el caliginoso tesón de sombras de la idolatría, apoyaron en las escuelas del padecer los dogmas varoniles de la virtud; siempre tuvieron a la pena por el material del mérito, siempre pensaron que despertó la sabiduría en los regazos de la tribulación”. Este ostentoso estilo es el que encontramos también en sus sonetos, joyas del Barroco novohispano.… Leer
Quevedo nació en Madrid, hijo de una familia hidalga de la Montaña, región al norte de España. Estudió en el Colegio Imperial con los jesuitas y, más tarde, en la Universidad de Alcalá. Siendo muy joven, llegó a cartearse en latín con Justo Lipsio, el eminente humanista flamenco, que proféticamente lo llamó “gloria excelsa de los españoles”. Quevedo tenía entonces ambiciones de sabio, filólogo y hasta teólogo. En 1613 viajó a Italia al servicio del duque de Osuna, virrey en Sicilia y Nápoles. Allí desplegó sus habilidades cortesanas y diplomáticas. Había en Quevedo un político y aspirante a estadista, enamorado del poder. La caída de Osuna lo terminó arrastrando y fue desterrado a sus dominios de la Torre de Juan Abad. Después volvería a la corte, a intentar ganarse el favor del conde-duque de Olivares, que obtuvo y luego perdió. Entre tanto, escribe, y apenas deja género sin tocar, en verso y prosa: poesía de todo tipo, comedias, tratados morales y religiosos, políticos, sátiras, obras históricas, biografías, novela, etc. Es, quizá, el escritor más completo de los Siglos de Oro. Repitamos sin resignación la opinión de Borges: más que un hombre, era él solo una literatura. Era, además, áspero, desapacible, amargo, pendenciero, colérico, ofensivo y un genio. En 1639, por causas aún no del todo claras, es detenido y enviado a la prisión de San Marcos, donde pasó más de tres años. Al salir, enfermo y achacoso, vuelve a Madrid y luego se retira a la Torre, donde consume sus últimos días, lúcido testigo de la decadencia del reino y de su propia humanidad. Quevedo fue, ante todo, un gran poeta metafísico. Confrontados a la angustia del paso del tiempo y de la muerte, es a él a quien recurrimos.… Leer
El caso del capitán Andrés Fernández de Andrada es uno de los más misteriosos de los Siglos de Oro. Escribió fundamentalmente un solo poema, pero perfecto, inmarcesible, clásico. Nació en Sevilla, donde su padre, Pedro Fernández de Andrada, era al parecer amigo de Herrera y otros poetas. Andrés debió crecer en un ambiente culto y propicio a las letras. Como Garcilaso, Cetina o Aldana, se hizo militar y en 1596 estuvo en la defensa de Sanlúcar de Barrameda, amenazada por los ingleses. De esas fechas data una irónica carta, uno de los pocos documentos suyos que se conservan, en la que critica la torpe dirección militar de sus superiores. El capitán Fernández de Andrada tenía un amigo, Alonso Tello de Guzmán. Era una amistad a la antigua, como la de Orestes y Pílades. Para él escribió la “Epístola moral”, mientras Tello intentaba conseguir un puesto en la corte. Después, este fue nombrado corregidor en la Nueva España y su amigo lo siguió poco después. Aquí desempeñó cargos menores, como contador de bienes de difuntos. Don Alonso murió en 1623, lo que sin duda debió ser una pérdida irreparable para Fernández de Andrada, quien permaneció en la Nueva España. Sabemos que se instaló en Huehetoca, en el actual Estado de México, y que apadrinó a varios niños indígenas, muestra de esa virtud discreta que pondera en la “Epístola”. No se enriqueció en las Indias y él, autor de uno de los mayores poemas de los Siglos de Oro, murió en la oscuridad y hasta en cierta pobreza en 1648, sin que se sepa que haya vuelto a escribir poesía. Leyendo la “Epístola”, maestra del vivir, más de un lector ha sentido la misma aspiración moral: ojalá mi vida pueda algún día parecerse a esto.… Leer
La breve vida de Francisco de Medrano parece ajustarse a la aurea mediocritas (“dorada medianía”) que predicaba su admirado Horacio. Nació en Sevilla, en una familia acomodada de comerciantes y banqueros. Entró siendo niño a la Compañía de Jesús, pero nunca hizo los votos definitivos de la orden, que de hecho terminó abandonando, quizá hastiado de los conflictos internos, en los que simpatizaba con los disidentes. Mientras estuvo en ella fue profesor de latín en varios colegios, predicador y confesor. Tras su renuncia, volvió a Sevilla y se refugió en su finca de Mirarbueno, donde llevó esa vida moderada y feliz a la que su naturaleza tendía. No lejos de ahí estaban las célebres ruinas romanas de Itálica, cuya contemplación era un recuerdo constante de la fugacidad de las cosas y que le inspiró un famoso soneto. En la ciudad formó parte del círculo de poetas que se reunía alrededor del noble y mecenas Juan de Arguijo. Una tarde, cuando apenas tendría treinta y siete años, se sintió ligeramente mal, se acostó y murió súbitamente al otro día. Debemos a Rodrigo Figueroa la breve y estremecedora crónica de su muerte: “el día siguiente se hallaban en su aposento algunos amigos, y él con ellos en buena conversación, tan alegre que cantó un romance sentado en la cama y luego pidió un jarro de agua para beber, diciendo que se sentía bueno. Trujéronselo, bebió y luego dijo que le parecía perder la vista de los ojos: acostó la cabeza sobre la almohada, y con un ronquido, sin otra palabra ni obra, despidió el alma”. La obra de Medrano es una devota y personalísima imitación de Horacio. De él heredó la aguda consciencia de nuestra condición efímera y la resuelta voluntad de aprovechar el momento y vivir alegremente el presente.… Leer
Algunos autores tienen simplemente biografía, Lope tuvo realmente vida. Sus amores tumultuosos, sus pleitos, sus arrebatos, su creatividad desbordada y, en suma, su energía vital, justifican plenamente el epíteto cervantino: “monstruo de la naturaleza”. Nació en Madrid y asistió al Colegio Imperial y a la Universidad de Alcalá. A los veinte años, poco después de tener el primero de muchos hijos, se alistó como voluntario en una expedición naval a las Azores. De vuelta conoció a uno de los mayores y más tormentosos amores de su vida, la actriz Elena Osorio, que a la larga inspiraría su obra maestra, La Dorotea, y para cuyo padre, empresario teatral, componía comedias. Despechado por haber sido relegado por otro pretendiente, escribió ferozmente contra Elena y su familia. Fue denunciado, puesto en prisión y luego desterrado. Antes de salir al destierro, sin embargo, se raptó a Isabel de Urbina, su futura esposa (primera de varias). Siguió escribiendo comedias y pronto se convirtió en el dramaturgo más exitoso de España. Continuaron sucediéndose las obras, las mujeres, los escándalos, pero en 1614 esta exuberancia llamada Lope decidió que lo suyo era la vocación religiosa y se ordenó sacerdote. Años después declaró a su hijo: “yo he escrito novecientas comedias, doce libros de diversos sujetos, prosa y verso, y tantos papeles sueltos de varios sujetos, que no llegaría jamás lo impreso a lo que está por imprimir; y he adquirido enemigos, censores, asechanzas, envidias, notas, reprensiones y cuidados”. En sus últimos años escribió algunas de sus mejores obras, El caballero de Olmedo y El castigo sin venganza. Murió en 1635. Sus exequias duraron nueve días y el pueblo de Madrid abarrotó las calles al paso del cortejo fúnebre.… Leer
Góngora nació en Córdoba, Andalucía, patria de Séneca y Lucano. De un tío materno heredó unas rentas eclesiásticas y posteriormente sería racionero de la catedral, aunque su carácter se aviniera mal con la gravedad religiosa. Estudió en la Universidad de Salamanca, en donde no sin algún exceso se matriculó entre los estudiantes “generosos”, o sea, nobles y ricos. Allí escribió algunos de sus primeros poemas. En 1589, una investigación del obispo de la diócesis levantó una serie de acusaciones contra el racionero Góngora que lo pintan de cuerpo entero: que iba pocas veces al coro, que hablaba mucho durante el oficio divino, que contaba chismes, que iba a los toros y que “vive, en fin, como muy mozo y anda de día y de noche en cosas ligeras, trata con representantes de comedias y escribe coplas profanas”. Mientras tanto, su celebridad poética aumentaba. En las Flores de poetas ilustres (1605) de Pedro Espinosa, Góngora es ya el poeta más representado. Los años de 1612 y 1613 son decisivos. Tras haber cedido algunos de sus beneficios eclesiásticos a un sobrino, dispone de más tiempo libre y se retira a escribir. Compone el Polifemo y las Soledades. La poesía en lengua española cambia para siempre. Uno de sus más fervientes admiradores, Martín Vázquez Siruela, preguntará más tarde: “¿Quién escribe hoy que no sea besando las huellas de Góngora o quién ha escrito verso en España, después que esta antorcha se encendió, que no sea mirando a su luz?”. En sus últimos años, la salud quebrantada, sus problemas económicos se agudizan y muere en 1627. Los siglos XVIII y XIX negaron a Góngora y condenaron su poesía a un largo e injusto purgatorio; el XX lo rehabilitó y devolvió su obra al centro del canon poético en español.… Leer
Francisco de Terrazas es considerado el primer poeta de la Nueva España. Su padre, del mismo nombre, fue mayordomo de Hernán Cortés y alcalde de la Ciudad de México. El poeta creció en un ambiente privilegiado, el de la élite de los primeros conquistadores. El virrey Pedro Moya de Contreras se referiría a él más adelante como: “hombre de calidad, señor de pueblos y gran poeta”. Con toda naturalidad, comenzó a escribir la poesía en boga, o sea, la que seguía los moldes italianos, inaugurada por Garcilaso (y así, sin aspavientos, lo que a la postre se convertiría en la poesía mexicana empezó siendo moderna). Aunque no poseamos muchas noticias biográficas, fue un escritor muy celebrado en su tiempo y el mismo Cervantes hizo su elogio en los famosos versos del “Canto de Calíope” en La Galatea: “Francisco, el uno, de Terrazas, tiene / el nombre acá y allá tan conocido, / cuya vena caudal nueva Hipocrene, / ha dado al patrio, venturoso nido”. Algunos de sus poemas fueron recopilados en la antología novohispana Flores de varia poesía y fue autor, además, de un inconcluso poema épico, Nuevo mundo y conquista (en lo que se conserva puede advertirse, no solo la obvia exaltación de la hazaña bélica, sino una simpatía por los indios y hasta una crítica a los excesos de los conquistadores, así como un incipiente sentimiento criollo). No sería exagerado considerarlo el padre de la poesía mexicana.… Leer
Una de las cimas de la poesía áurea, san Juan de la Cruz nació en el pueblo de Fontiveros con el nombre de Juan de Yepes, hijo de tejedores de telas. Perdió a su padre cuando era niño y se crio pobremente en Medina del Campo, asistiendo gratis a una escuela religiosa a cambio de pequeños trabajos como servir de monaguillo en misa o enfermero en un hospital. A los veintiún años ingresó a la Orden de los Carmelitas, adoptando el nombre de Juan de Santo Matía. Estudió en la Universidad de Salamanca, en donde cursó lógica, metafísica, ética, entre otras materias. Sin embargo, su vocación era más bien contemplativa y, finalmente, mística. Su encuentro con santa Teresa de Jesús, que lo sumó a su proyecto de reforma del Carmelo, fue decisivo. En 1568, al inaugurarse el primer convento de carmelitas descalzos, adoptó un nuevo y definitivo nombre: Juan de la Cruz. Resultado de los feroces conflictos entre calzados y descalzos, san Juan fue encarcelado en 1577 y allí, en una estrecha prisión, comenzó a componer de memoria el “Cántico espiritual”. Escapó de la cárcel en medio de la noche al año siguiente y se refugió en un convento. En esa época empezó a redactar su propio comentario alegórico al “Cántico”, pero no es necesario tomarlo al pie de la letra, pues como él mismo advirtió: “los dichos de amor es mejor declararlos en su anchura para que cada uno de ellos se aproveche según su modo y caudal de espíritu, que abreviarlos a un sentido a que no se acomode todo paladar”. Siguió desempeñando cargos en la orden hasta que nuevos enfrentamientos derivaron en su cese y la decisión fulminante de exiliarlo a la Nueva España. El exilio no tuvo lugar y san Juan murió en Úbeda, en 1591, antes de cumplir los cincuenta años.… Leer
El capitán Francisco de Aldana nació en Italia, donde su padre, Antonio de Aldana, ocupaba un puesto militar. Se educó exquisitamente en Florencia, centro del Renacimiento, en contacto con los círculos neoplatónicos iniciados por Marsilio Ficino y entre cuyos miembros destacaba Benedetto Varchi, docto en filosofía amorosa. El conflicto entre el alma y el cuerpo, entre sensualidad y espiritualidad, álgida cuestión del neoplatonismo, lo sería también de la poesía aldanista. Abrazó la carrera de las armas y combatió en Flandes al servicio del duque de Alba, al que idolatraba. Allí seguramente conoció al gran biblista Benito Arias Montano, al que dedicaría su poema más ambicioso, la “Carta para Arias Montano sobre la contemplación de Dios”. Aldana fue, conjuntamente, poeta de Eros, de Marte y de Apolo. En 1577, Felipe II le encomendó la misión de ir a Portugal y disuadir al rey Don Sebastián de emprender una campaña contra los musulmanes en el norte de África, empresa insensata desde todo punto de vista militar. La personalidad del experto y valeroso capitán causó una profunda impresión en el joven e impetuoso monarca, que insistió en sumarlo a su causa. Finalmente, Felipe II ordenó que lo acompañara. Aldana obedeció, a sabiendas de que se trataba de una misión suicida. Aún intentó, ya internados en África, disuadirlo una última vez, pero a la vista del enemigo fue de la opinión que entonces había que combatir lo mejor que se pudiera, pues ya no existía la posibilidad de retirarse. El capitán Francisco de Aldana, junto con Don Sebastián y miles de soldados portugueses, murió heroicamente en la Batalla de Alcazarquivir, el 4 de agosto de 1578. Su epitafio bien podría haber sido el verso de Petrarca: “un bel morir tutta la vita honora”.… Leer
La familia de fray Luis era de orígenes judeoconversos, rasgo que la España de la época no dejaba olvidar con facilidad. Ingresó a la Orden de los Agustinos y se hizo monje en 1544, en Salamanca, cuando tenía alrededor de dieciséis años. Estudió en Alcalá de Henares con el gran biblista Cipriano de la Huerga y desde entonces se fascinó con la interpretación de la Biblia, que leía en sus lenguas originales y cuyo mensaje quiso hacer accesible a todos escribiendo obras en prosa como De los nombres de Cristo. Toda su vida estuvo asociado a la Universidad de Salamanca, en donde fue profesor. Fue al mismo tiempo, refutando el lugar común, un académico y un poeta. La vida universitaria le trajo alegrías y sinsabores. Enemistado con algunos de sus colegas, que veían en su mera presencia una afrenta a su mediocridad, fue denunciado por criticar la traducción del Cantar de los cantares de la Vulgata y encarcelado durante más de cuatro años. Al salir, volvió a la Universidad y, según la leyenda, en su primera clase pronunció la famosa frase: “Decíamos ayer…”. Adoptó como divisa un verso de una oda de Horacio, “ab ipso ferro” (‘del mismo hierro’), que describe cómo una encina, tras ser podada por el hacha, renace más fuerte. El Maestro León, según sus odas, ansiaba una vida de sosiego, modestia y soledad, pero tenía un temperamento combativo, orgulloso y desafiante. Escribió pocos poemas, “obrecillas”, las llamaba él mismo, “que se me cayeron como de entre las manos”. Son, naturalmente, el resultado de un arduo proceso de escritura y corrección. Aparte del deseo de una vida retirada, hay en ellos una profunda fe en la armonía y el orden del universo. Fray Luis es el gran poeta de la harmonia mundi.… Leer
Poeta y soldado en la tradición de Garcilaso, tras cuya huella poética floreció su generación, Gutierre de Cetina nació en Sevilla, “de gente poderosa y noble”, según Francisco Pacheco en su Libro de retratos. Se educó en humanidades en su ciudad natal y luego se entregó al ejercicio de las armas al servicio de Carlos V. Entre 1538 y 1548 estuvo principalmente en Italia, en las cortes de Palermo y Milán, y viajando constantemente como emisario y diplomático del emperador. Allí conoció de primera mano a los poetas italianos, cuyo ejemplo siguió, especialmente a Petrarca y Luigi Tansillo. Luego se retiró un tiempo a sus dominios cerca de Sevilla y se dedicó a escribir, adoptando el pseudónimo poético de Vandalio. Hacia 1552 se trasladó a Nueva España, donde su familia tenía intereses comerciales y políticos. Aquí compuso un par de libros de obras de teatro que se perdieron y aquí, escribe Pacheco, “en este tiempo de su felice quietud la invidiosa muerte le aguardó en México, al que anduvo vagando por tantos riesgos de mar y tierra”. Camino de Veracruz para hacer un envío de plata a España, se detuvo en Puebla y allí un amigo suyo, Francisco de Peralta, que cortejaba a una dama (o quizá el pretendiente fuera el mismo poeta), le pidió salir a la calle a tocar la vihuela. Vandalio, poeta del amor, no podía negarse. Fueron asaltados por un rival de Peralta y sus secuaces, y Cetina recibió una grave herida de cuchillo en el rostro que a la postre le costaría la vida. Al llegar la noticias de su muerte a Sevilla, Juan Vadillo escribió: “Vandalio, si la palma de amadores / presumiste llevar, como has llevado, / amando más que cuantos han amado, / ¡cómo podías morir, si no de amores!”.… Leer
Segundón de una familia de la aristocracia castellana, Garcilaso estaba excluido de la herencia y debía elegir una profesión que fundamentalmente pasaba por la religión o las armas. Escogió las armas y se puso al servicio del emperador Carlos V, de quien fue contino, o sea, miembro de su guardia personal. Tuvo una esmerada educación cortesana y no sería exagerado ver en él un modelo de las virtudes que Baltasar Castiglione describiera en El cortesano, traducido al español por su amigo Juan Boscán, junto al que comenzó a experimentar con las formas métricas italianas en castellano. Sabía música, idiomas (latín, griego, francés, italiano), esgrima y poseía una sólida cultura humanista. Amó a varias mujeres que seguramente inspiraron sus versos: Guiomar Carrillo, Elena de Zúñiga y, quizá más platónicamente, Beatriz de Sá e Isabel Freyre. En 1532, un malentendido lo apartó del emperador y terminó desterrado en Nápoles al servicio del virrey don Pedro de Toledo. El destierro probó ser fructífero: allí Garcilaso se integró rápidamente a los círculos literarios y humanistas de la ciudad, donde tenía su sede la famosa Academia Pontaniana, y escribió algunas de sus obras de más refinado clasicismo. En 1536 acompañó al emperador en su nueva campaña contra el rey de Francia y, en una pequeña operación militar, al intentar tomar una fortaleza, fue herido de muerte. Atrás dejaba un puñado de sonetos, canciones, elegías y églogas que cambiaron para siempre la literatura en lengua española. Desde entonces, es el príncipe indiscutible de nuestra poesía, el clásico por antonomasia.… Leer