Vida de Henry Brulard IV

El amor (a punto estoy de decir: el enamoramiento) es el gran acontecimiento de la vida de Stendhal. Sufrirá por amor, sin duda, pero éste será, sobre todo, fuente de bonheur. El amor será siempre para él una pasión positiva. El primero, previsiblemente, fue una actriz, Mlle. Kubly: “pronto estuve perdidamente enamorado; nunca le hablé… todo fue nuevo para mí en la extraña locura que de repente fue la dueña de mis pensamientos. Todo otro interés se desvaneció para mí”. El amor por las actrices de teatro era el amor perfecto para los románticos (véase Sylvie de Gérard de Nerval): aseguraba distancia, frecuente inaccesibilidad, idealidad. Ya luego Beyle será menos tímido: se acercará, les hablará. Como él mismo observó, era descendiente del insufrible Saint-Preux de Rousseau, pero también del Valmont de Choderlos de Laclos.… Leer

Stendhal por Claude Roy

Antes de comentar en clase Rojo y negro y para ponerme a tono, leo el Stendhal por él mismo de Claude Roy. Es notable la forma en que, en algunas frases, llega al corazón mismo de lo stendhaliano (lástima de la antología propiamente dicha, que dedica demasiado espacio a la política y que, de una obra que abunda en frases y dichos memorables, incluye demasiadas circunstanciales y, a veces, casi ininteligibles) . Algunos ejemplos:

Stendhal experimente el más vivo interés por sí mismo. Pero ninguna complacencia.

La vida de Stendhal es un perfecto adiestramiento. ¿En qué? El ambicioso se adiestra en triunfar, el avaro en enriquecerse, el don Juan en seducir: Stendhal se adiestra en existir.

La persecución de la dicha no se separa, para Stendhal, de la ambición de lo razonable. Ser dichoso es razonar con justeza sobre un mundo que se ve con claridad.

Toda bella prosa es superiormente moral, y la de Stendhal entre todas… Detesta lo superfluo de la forma porque es siempre signo de una debilidad de espíritu.

La broma es esencial al procedimiento literario de Stendhal. Este hombre absolutamente grave no cree necesario (al contrario) ser serio.

Cierta intensidad, una especie de densidad de la creación novelesca parecen ser la característica de esos novelistas (entre ellos Stendhal) a quienes –oponiéndolos a los novelistas profesionales– me gustaría llamar los puros: los novelistas que no fuerzan a la novela a que salga de ellos, sino que la dejan madurar, y caer gota a gota en el pequeño recipiente, la lágrima de resina… hacen sus novelas no como el manzano las manzanas, estación tras estación, sino cuando toda una vida ha dejado germinar, crecer, alimentarse en ellos una materia a la que solo les queda dar forma.

El arte de Stendhal no es un arte de copia, es un arte de interpretación.

Cuando Stendhal se desliza entre la Sanseverina y Fabricio, y comenta mezzo vocesus sentimientos o sus actos, jamás he tenido la sensación de una disonancia, porque está a su diapasón, porque es de la misma raza que ellos. Stendhal es el primero y más admirable de los personajes stendhalianos.

Stendhal es casi el único escritor que se ha fijado por objeto la pintura de la felicidad. Y es que la felicidad es lo más difícil de comunicar, en la medida en que la felicidad es precisamente una especie de silencio, de ausencia de ilusión, de ligereza inmaterial; en la medida en que ser feliz es el único estado injustificable del hombre. Leer

Diccionario Vila-Matas

Quizá el indicio más claro de un gran escritor –de un gran artista, en general– sea la creación de un mundo propio. Leemos una línea suya y de inmediato sabemos que estamos entrando en ese mundo: su mundo. Es, desde luego, una forma, un estilo, pero también un contenido –es, naturalmente, la mezcla indisociable de ambos–, o sea, una serie de ideas, términos, temas, personajes, imágenes, símbolos, referencias, obsesiones…

La obra de Enrique Vila-Matas, una de las más originales de la literatura contemporánea, ha construido un mundo así. Abrir cualquiera de sus libros es entrar a un universo único: un universo portátil de shandys, bartlebys, suicidas, solteros, espías y femmes fatales; de capitales lo mismo en París y Barcelona que en Praga y Veracruz; de máscaras y ventrílocuos; de viajes y viajeros lentos; de citas y conferencias; de ficción y crítica; de fiesta y tedio; de vida y literatura. El Diccionario Vila-Matas pretende ser, ante todo, un homenaje a una obra, un tributo que nace de la admiración y el entusiasmo razonados de la crítica…

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Retrato de Paolina

En su Leopardi, Pietro Citati traza este brutal retrato de la hermana del poeta, Paolina, por cierto traductora de Xavier de Maistre y autora de una Vida de Mozart:

Paolina no era guapa. No era alta, no tenía la elegante blancura de piel que admiraban los hombres de la época… Era tímida. Hablaba poco. No tenía confianza en sí misma… Tenía una agudísima sensibilidad, que exacerbaba una inteligencia sospechosa y maníaca. Tenía un inmenso deseo de ser feliz, y esperaba que, al menos una vez, le tocara alguna pequeña felicidad real. Soñaba con el amor… No podía tener amigas ni recibir cartas de amigas. No podía asomarse a la ventana, porque inmediatamente la veían los ojos omnipresentes de su madre… Nada aliviaba el tedio. Sabía que no se realizaría ni uno solo de sus deseos. Vivía sin vida, sin alma, sin cuerpo. Le parecía que estaba muerta desde hacía mucho tiempo; que su cuerpo era un cadáver, que su alma carecía de sensaciones. Lo único que le quedaba era la lectura…… Leer

Vida de Henry Brulard (III)

Sujeto de una educación conservadora, con pretensiones aristocráticas, Stendhal reaccionará desde niño cultivando opiniones liberales y republicanas. Sin embargo, era demasiado aristocrático por naturaleza, demasiado individualista, demasiado elitista (¿y qué otra cosa se podía esperar de quien concientemente solo se dirigía a una minoría, los happy few?). Se convirtió pues, en esa paradoja política moderna: un defensor de las mayorías que no soporta mezclarse con ellas, un aristócrata de la democracia (posición a años luz del populismo contemporáneo que solo busca adular a las masas): “Detesto a la canalla (tratar con ella), al mismo tiempo que bajo el nombre de pueblo deseo apasionadamente su felicidad y que creo que no puede procurársele sino haciéndole preguntas sobre un tema importante, es decir, exhortándola a nombrarse diputados… Amo al pueblo, detesto a sus opresores, pero sería para mí un suplicio vivir todo el tiempo con el pueblo”.

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En sus inicios como escritor, Stendhal espera la inspiración (le génie). Retrospectivamente, razona: “Si yo hubiera hablado, en 1795, de mi proyecto de escribir, cualquier hombre con sentido común me habría dicho: ‘Escriba todos los días durante dos horas, inspiración o no’. Este consejo me habría ahorrado diez años de mi vida perdidos esperando la inspiración”.… Leer

Solar de Ian McEwan

En la playa, Solar de Ian McEwan, del que había leído con admiración Chesil beach, pequeña obra maestra, y con desencanto The comfort of strangers. Es una novela cómica en la mejor tradición inglesa, la de Kingsley Amis o Tom Sharpe (con pocos libros me he reído tanto, por cierto, como con la serie de Wilt). No es propiamente una campus novel, pero su trasfondo es la vida académica. El protagonista, Michael Beard, es un eminente físico cincuentón (premio Nobel y todo) cuyos mejores años han pasado y que, gracias a una serie de coincidencias que McEwan hace verosímiles, busca reinventarse profesional y personalmente proponiendo una solución para el calentamiento global. Gordo y calvo, está lejos de ser un Adonis, pero se las arregla para estar siempre rodeado de mujeres, a las que engaña compulsivamente. No es un mujeriego exigente y es feliz con mujeres no necesariamente jóvenes, no necesariamente guapas, pero amables y que le sepan cocinar (residuo de un complejo edípico, pues su madre se dedicó a sobrealimentarlo). Pertenece, además, a esa clase de mujeriegos que no solo salen con muchas mujeres: se casan con ellas, y cuando el libro empieza lo encontramos en su quinto matrimonio. La novela es fundamentalmente el personaje, claro, pero la trama no desmerece. Beard se las ingenia para exitosamente inculpar a un hombre inocente de un asesinato y aprovecharse de un descubrimiento científico ajeno, pero cae en desgracia cuando hace un comentario políticamente incorrecto a propósito de las mujeres y las ciencias, en las que son sin duda las páginas más desternillantes del libro. McEwan hace una sátira feroz del Posmodernismo y todos los ismos que han plagado los departamentos de literatura y humanidades alrededor del mundo hasta reducir su seriedad y rigor a cenizas y volverlos, no sin razón, el hazmerreír de las ciencias duras. La novela tropieza al final cuando McEwan, increíblemente, decide castigar a Beard, cuando todo pedía a gritos su triunfo, enfatizando la ambigüedad de la moral y la ausencia de justicia, como de hecho ocurre en el caso de otros antihéroes (por ejemplo, el Tom Ripley de Patricia Highsmith). Pero no: McEwan decidió dar una lección moral. A pesar de ello, la novela –ligera, entretenida, divertida– es una estupenda lectura de playa.… Leer

Vida de Henry Brulard (II)

Stendhal está a punto de cumplir cincuenta años y se dispone a conocerse: “¿qué he sido?, ¿qué soy?… Paso por ser un hombre de mucho ingenio y bastante insensible, hasta inmoral, y veo que he estado ocupado constantemente por desdichas amorosas”. El cincuentón Beyle, pues, se propone examinarse y para ello recurrirá al ejercicio de la memoria. El repaso de su vida, desde su más tierna infancia, habrá de revelarle cómo llegó a ser el que es. Le molesta la cantidad de veces que tendrá que usar el “yo”; teme recordar a Chateaubriand, “ese rey de egotistas”. No lo sabe, desde luego, pero le quedan solo nueve años de vida, pues morirá en 1842, antes de cumplir los sesenta (providencial coincidencia: morirá a la misma edad que Montaigne, ese otro gran apologista de la vida y la felicidad, su hermano espiritual).

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Fallecida su madre, el pequeño Henry queda en manos de su padre (personaje sombrío, frío, reaccionario), su tía Séraphie (fanática religiosa) y un feroz tutor jesuita. Comienza, entonces, la denominada tiranía Raillane, que amargará su infancia. Allí nace su profundo odio por la opresión, por la religión, por la mojigatería, por la hipocresía. Solo en su abuelo (un médico culto, bonachón, pero débil de carácter) encontrará algún consuelo. Y en los libros, claro. Una lectura sobresale entre todas: “Don Quijote me hizo morir de risa. Recuérdese que desde la muerte de mi pobre madre yo no había reído; fui víctima de la educación religiosa y aristocrática más escrupulosa… ¡Júzguese el efecto de Don Quijote en medio de tan horrible tristeza! El descubrimiento de ese libro… es quizá el mayor acontecimiento de mi vida”.… Leer

Vida de Henry Brulard (I)

Para terminar el año, vuelvo a Stendhal, la Vida de Henry Brulard. Era Leonardo Sciascia, si mal no recuerdo, eminente stendhaliano y autor de un libro titulado Adorable Stendhal, el que sostenía que la pasión por Beyle tenía tres etapas: en la primera se estaba convencido de que lo mejor era Rojo y negro; en la segunda, se caía en la cuenta que era La cartuja, pero en la tercera quedaba claro que no había más que el Henry Brulard. No sé si sea rigurosamente cierto, pero habría razones para argumentar a favor de este último. El incipites stendhaliano hasta la médula: “Me encontraba esta mañana, 16 de octubre de 1852, en San Pietro, sobre el monte Janículo, en Roma; hacía un sol magnífico. Un ligero viento de siroco apenas sensible hacía flotar algunas nubecillas por encima del monte Albano, un calor delicioso reinaba en la atmósfera: era feliz de estar vivo”. Varios de los mejores rasgos del carácter de Stendhal están en estos renglones: su individualismo, su autosuficiencia, su gusto por el paseo, su capacidad para apreciar la naturaleza y disfrutar los placeres sensuales y, sobre todo, su buena disposición para la felicidad. Todo Stendhal –y ésta es sin duda su mayor virtud– es una gran celebración de la vida (Sciascia tenía razón: adorable, adorable Stendhal).… Leer

Autorretrato de familia con perro de Álvaro Uribe

“¿Dónde se está mejor que en familia?”, se preguntaba retóricamente el padre de Marguerite Yourcenar, para inmediatamente añadir: “en cualquier parte”. La broma sirve para ilustrar la última novela de Álvaro Uribe. No es la primera vez que desciende al infierno de lo doméstico; lo había hecho ya, memorablemente, en El taller del tiempo, centrada en la carnicería de la relación padre-hijo, y toca ahora turno a la fraternidad y al más sagrado de los mitos mexicanos, la madre. Con base en diversas voces narrativas –recurso favorito del autor desde su primera novela, La lotería de San Jorge, y quizá ya algo sobreexplotado–, en este caso las de parientes, amigos, conocidos y hasta la de la mascota (el perro salchicha, Canuto), se cuenta la feroz historia de los gemelos Adán y Alberto Urquidi y, sobre todo, de su madre, la rimbombante Malú.

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Leopardi de Pietro Citati

Leí hace poco el Leopardi de Pietro Citati, a quien debemos también biografías de Kafka y Tolstoi, entre otros. Confieso que soy mal lector del género: el personaje (generalmente un escritor) tiene que interesarme mucho para leer su vida conjeturada por alguien más (pobremente escrita, por lo general, en comparación con su propia obra) y normalmente prefiero leerlo o releerlo a él mismo. El libro de Citati no es únicamente una biografía, pues alterna el recuento de su vida con lecturas puntuales de su obra y si acaso le reprocharía cierta vaguedad y oscuridad en algunos juicios. El repaso de la existencia de Leopardi es desolador. Comparada con la suya, vidas célebremente desdichadas de la literatura (pongamos Pessoa, Kierkegaard, el propio Kafka) parecen casi cuentos de hadas. No creo que haya muchos escritores de los que justificadamente pudiera pensarse que han sufrido más. No hablamos solo la angustia, la ansiedad, la melancolía y los males nerviosos que son casi la norma: hablamos de padecimientos estrictamente físicos que lo atormentaron desde su infancia hasta el día de su muerte. Giacomo padeció tuberculosis ósea, concretamente mal de Pott, lo que detuvo su crecimiento cuando era adolescente (medía alrededor de 1.40 m) y deformó su cuerpo con jorobas en espalda y pecho. Es una crudelísima ironía que esto le ocurriera justamente a él, el enamorado de Grecia y el ideal de la belleza clásica. Toda su vida (y vivió apenas treinta y ocho años) sufrió las consecuencias de esa constitución débil y enfermiza que incluyeron el asma y una rara enfermedad ocular que le impedía tolerar la luz y lo obligaba a vivir de noche. Leopardi, víctima de diversos médicos y remedios, nunca pudo saber exactamente qué tenía y achacaba sus males a sus frenéticos hábitos de estudio: “En definitiva, me destruí con siete años de estudio enloquecido y furioso en la época en que se estaba conformando y aún debía solidificarse mi complexión. Y me destruí desgraciadamente y sin remedio para toda la vida, dándome este aspecto miserable y transformando en despreciable esa dimensión del ser humano, que es en la única en la que se fija la mayoría de la gente”. A esto hay que agregar un ambiente familiar opresivo (una madre fría y fanática y un padre vigilante que buscaba compensar sus frustraciones a través de su hijo) en esa prisión provinciana que era Recanati, su pueblo natal.

Rechazado por la vida y el cuerpo, Leopardi supo muy pronto que solo tendría las letras y el espíritu. Escribe Citati: “Leopardi sabía la amarga condición que aguarda al literato. Sabía que la literatura es distinta de la vida, o contraria a ella; que convierte a quien la cultiva en extranjero, en desdichado, en enfermo; que lo condiciona a que no llegue a tener nada en común con quienes se complacen en definirse a sí mismos como ‘hombres normales’ ”. Y a ella se entregó, con todas las fuerzas de su cuerpo enfermo (en casos como éste adquieren pleno sentido las palabras de Thomas Mann sobre el heroísmo del artista: no hay más heroísmo que el de la debilidad). Leopardi escribió una obra monumental: ante todo, el exuberante Zibaldone, fragmentaria obra filosófico-literaria que lo muestra en toda su ambición, su diversidad y su genio, y los pulidísimos Canti (allí figuran algunos de los mejores poemas de todo el Romanticismo: “Il passero solitario”, “Alla sua Donna” y, claro está, “Il pensiero dominante”).… Leer

La fiesta de la insignificancia de Milan Kundera

Prácticamente cincuenta años separan a la primera novela de Milan Kundera, La broma (1967), de esta última, La fiesta de la insignificancia. Durante ese lapso, el autor ha construido una de las mayores obras narrativas del siglo XX, heredera directa de una de las grandes tradiciones de la novela moderna, la de Europa central, aquella a la que pertenecen Kafka, Musil, Broch y Gombrowicz, entre otros (la obra de Kundera, de hecho, es depositaria de varias e ilustres tradiciones: la novela cervantina, el espíritu libertino, la ilustración dieciochesca…)

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Criticismo 11. Homenaje a Octavio Paz

El centenario de Octavio Paz (1914-2014) representa, ante todo, la oportunidad de releer su obra o, por qué no –especialmente en el caso de los lectores jóvenes– leerla por primera vez. En vida del autor y aun algunos años después de su muerte, en 1998, dicha lectura estaba condicionada por la irresistible influencia de su persona. La figura de Paz suscitaba amores y odios intensos (estos últimos, más por motivos políticos e ideológicos que propiamente literarios), y apenas sería exagerado decir que la república mexicana de las letras podía dividirse en dos bandos: con Paz o contra Paz. Conforme han pasado los años, las pasiones se han ido apagando y comienza a ser posible una nueva lectura, no prejuiciada por las querellas de entonces. Quizá nadie está en mejor posición de llevarla a cabo que una nueva generación de lectores y críticos, aquella que por simples razones cronológicas no formó parte de esos furores. Para los nacidos a finales de los ochenta y principios de los noventa (que forman el núcleo de Criticismo), Paz no es necesariamente un tótem literario ni el enemigo a vencer, sino, sencillamente, un escritor. No se trata, claro, de pretender una imposible y de hecho poco deseable neutralidad, indigna de la crítica por la que Paz siempre pugnó, pero sí de tomar cierta distancia y alejarse de los extremos, el fervor acrítico y el rechazo visceral. El presente número de Criticismo intenta contribuir a esa nueva lectura del Nobel, para lo que hemos escogido algunos de sus títulos más representativos, así como algunos estudios sobre su obra. Con ello pretendemos también hacer un homenaje al poeta y, en particular, al crítico, pues si bien Paz es una figura indispensable de nuestra poesía, no lo es menos de nuestra crítica. El panorama de ésta sería inconcebible sin el énfasis que puso en ella en la cultura mexicana, particularmente a través de las revistas que fundó (incluso un proyecto modesto como Criticismo no habría sido posible de no mediar el ejemplo de Vuelta). En cada número, y especialmente en éste, Criticismo pretende honrar uno de los principales legados de Octavio Paz: lapasión crítica.

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Milan Kundera vs el ombligo

En su última novela, La fête de la insignifiance (cuya reseña aparecerá próximamente en Letras Libres), Milan Kundera, en una de sus habituales disquisiciones eróticas, se ocupa del ombligo femenino y su significado. La obra, de hecho, arranca con la meditación de uno de los protagonistas frente al espectáculo de las chicas que con blusas cortas muestran su ombligo y el posible sentido de una época (la nuestra) que lo ha convertido en un polo erótico. Tras las primeras páginas me esperaba un elogio y ya hacía a Kundera un entusiasta del cáliz redondo, como lo llama el Cantar de los cantares. Nada de eso. La postura es más bien antionfálica. El autor y sus personajes comprenden perfectamente la adoración de las piernas, las nalgas o los senos, pero el culto al ombligo los deja perplejos. “Antes –sostiene Alain, uno de los protagonistas–, el amor era la fiesta de lo individual, de lo inimitable, la gloria de lo que es único, de aquello que no tolera ninguna repetición. Pero el ombligo no solamente no se rebela contra la repetición, ¡es un llamado a las repeticiones! Y vamos a vivir, en nuestro milenio, bajo el signo del ombligo. Bajo este signo, todos somos soldados del sexo, con la misma mirada fija, no sobre la mujer amada, sino sobre el orificio a la mitad del vientre que representa el único sentido, la única meta, el único futuro de todo deseo erótico”.

Sin ser particularmente onfalifílico, la injusticia me parece manifiesta y no deja de sorprenderme viniendo de Kundera, delicado devoto del cuerpo femenino. “Todos los ombligos son parecidos”, sentencia Alain. Pues sí, y fundamentalmente también todas las narices, todos los ojos y todas las bocas, pero cualquier observador medianamente atento sabe apreciar las diferencias. Aprovecho la polémica para releer el extraordinario El ombligo como centro erótico de Gutierre Tibón, que me queda claro que Kundera nunca leyó.… Leer

Pensamientos del té

En la bien surtida librería La Tolleta, en el Dorsoduro, compro, entre otras cosas, los Pensieri del té de Guido Ceronetti, en la Piccola Biblioteca de Adelphi. Todos los días, a las seis de la mañana y a las cinco de la tarde, Ceronetti toma una taza de té. Es el momento de la reflexión breve, la idea recogida al paso, la modesta epifanía. Apenas lo hojeo, despierta mi simpatía, como tantos otros libros hechos de fragmentos. Traduzco algunos, casi al azar:

“Al que no entiende la alusión, es inútil darle la explicación”.

“Nos esforzamos en conservar la salud para morir bien de radiaciones o de aire envenenado”.

“¿Quién sabe si los hombres que en vida recibieron de las mujeres, de muchas mujeres, muchas caricias y palabras de amor, no atraviesan el Valle de la Sombra sufriendo menos y con menos miedo?”

“La mayor parte de mis temores sobre los males físicos tienen que ver con los médicos y sus curas, no con la enfermedad”.

“El hombre bebe el té porque lo angustia el hombre.

 

El té bebe el hombre, la hierba más amarga”.… Leer

Triestina

En Trieste, visito el modesto Museo Sveviano (via Madonna del Mare, 13). No hay gran cosa, pero exhiben libros de la biblioteca de otro ilustre triestino, Umberto Saba, entre ellos el de la imagen, la primera edición de La conciencia de Zeno (1923). En la portada, de puño y letra de Saba, se alcanza a leer: “Mío!”.

Puesto a elegir una sola novela del siglo XX, seguramente escogería ésta. No sé si la mejor, pero sin duda mi predilecta. Una digna heredera del Tristram Shandy, del Quijote, de la novela cómica, o sea, de la genuina tradición cervantina. Entre mis más gratas memorias de lectura estará siempre la de tener dieciséis o diecisiete años, leer en la madrugada a la luz de una lámpara La conciencia de Zeno por primera vez, morirme de risa y darme cuenta, con plena conciencia, que había encontrado mi tipo de novela.… Leer

Choderlos de Laclos, ilustrado

En la exquisita librería veneciana Lineadacqua, compro un Laclos illustré. Scénes des “Liasions dangereuses”, recién publicado por su propia editorial con el apoyo de las Alianzas Francesas de Italia. El volumen incluye las ilustraciones clásicas de Bécat, Barbier, Hérouard, Laureince, Leroy, etc. Las imágenes, como bien dice Michel Delon en el prólogo, son en realidad auténticos comentarios: interpretaciones y formas de entender la obra. Por lo demás, hacen explícito lo que en el texto se da por hecho o se insinúa; el ilustrador muestra lo que el novelista no podía describir. Entre mis favoritas, las Art decó de George Barbier.… Leer

El Hombre-Libro de Elías Canetti

Termino de leer –no sin dificultades– Auto de fe, la singular obra maestra de Elías Canetti. Es una novela monumental, excéntrica, densa, germánica hasta la médula. No es, sin embargo, una Gran Novela, como sí lo son, digamos, La montaña mágica o Doctor Faustusde Thomas Mann (Canetti, por cierto, se la envió a éste apenas terminó de escribirla, convencido de que merecería su atención; Mann se la mandó de vuelta con una nota diciendo que no tenía tiempo de leerla, sumiéndolo en una profunda desazón e involuntariamente retrasando su publicación varios años). En éstas, las ideas, los símbolos, la especulación abstracta, armonizan con los personajes y la acción, lo propiamente novelesco; en Auto de fe, no, y en varios capítulos la novela se diluye entre el pensamiento abstracto y simbólico. Se nota, también, cierta falta de oficio novelístico (que le sobraba a Mann), pues la narración se repite y alarga a ratos innecesariamente (no hay que olvidar que fue la primera y última tentativa novelística de su autor). Naturalmente, éste es el tipo de objeciones menores que se le hacen a una obra que de entrada se reconoce como excepcional. Su gran logro, creo, es la construcción del modelo, el arquetipo, del Hombre-Libro, el tragicómico Doctor Peter Kien. Su tragedia es la que se encuentra latente en todo genuino hombre de letras o, más precisamente, erudito: ser “una cabeza sin mundo”, aislarse en un gélido universo intelectual sin ningún contacto con la vida, ser un idiota cercado de libros. No es un riesgo que corran muchos, también hay que decirlo, pues es necesario ser un individuo intelectualmente extraordinario para estar expuesto a él. Es imposible, sin embargo, no sentir en algún momento compasión por el pobre Kien, l’idiot savant, el hombre que prefiere prenderse fuego en medio de su biblioteca antes que volver a exponerse a las fuerzas salvajes de la vida.… Leer

La Dorotea de Lope

Leo finalmente La Dorotea y me reconcilio con Lope de Vega. De los principales autores del Barroco (digamos Cervantes, Góngora, Quevedo y Calderón), Lope me había parecido siempre el menos atractivo y el más sobrevalorado. La mayor parte de sus comedias son mero entretenimiento (nada comparable a La vida es sueño); su abundante lírica tiene poemas memorables, pero lejos de las cumbres de Góngora o Quevedo. Su habilidad para componer versos, su fecundidad dramática, lo terminaron perjudicando: era un genio –sin duda lo era– demasiado fácil y algo superficial. Pero La Dorotea –ahora me queda claro que su obra maestra– es otra cosa. Estás ahí el Lope ligero y divertido de las comedias (también el trágico de El castigo sin venganza), pero hay algo más: una visión compleja y conflictiva de la vida que brilla por su ausencia en sus otras obras. No en balde es una de las últimas, publicada prácticamente a los setenta años, tres antes de morir. En ella Lope vuelve a su gran obsesión por Elena Osorio, actriz con la que mantuvo una relación tormentosa en su juventud que acabó con el destierro del poeta a causa de unos furiosos libelos escritos contra ella (“una dama se vende a quien la quiera”, etc.,) y su familia. Acabó es un decir porque Lope, que mientras tanto no dejó de acostarse con media España, no dejó de pensar nunca en ella. Varias veces intentó poetizar la experiencia y escribir una obra al respecto (en una primera versión en verso, en pasajes de La hermosura de AngélicaEl peregrino en su patria, etc.,), pero no fue sino hasta cuarenta años después de los hechos que logró la distancia suficiente para recrearlos y convertirlos en literatura.

Subtitulada “acción en prosa”, La Dorotea es una “novela” dramática, hecha de diálogos, a la manera de La Celestina, a la que mucho debe. Narra los amores de Dorotea y Fernando, ambos jóvenes, apasionados, orgullosos. El amor ha durado ya varios años a pesar (o, en parte, más bien gracias) de la oposición de la familia de Dorotea, pero la pasión flaquea a ratos; los obstáculos, antes estimulantes, comienzan a volverse pesados. Los amantes se cansan, se pelean, se separan, pero no pueden olvidarse. Comienza entonces el juego de las idas y venidas, los pleitos y las reconciliaciones, los entusiasmos y los hartazgos, pero la pareja ya no está en la misma sintonía; cuando uno desespera de amor y busca al otro, éste no tarda en cansarse y mostrarse frío, y viceversa. Invariablemente (sobre todo en el caso de él), la certidumbre de la posesión engendra de inmediato el aburrimiento y la posibilidad de la pérdida atiza la pasión. Aquí es donde entra el indispensable tercero (Don Bela para Fernando, Marfisa para Dorotea) y el factor de los celos, esos “bastardos de amor”, el gran tema de la obra. El deseo de Fernando renace ante la amenaza de perder a Dorotea frente al indiano Don Bela. El personaje de Ludovico lo ve con lucidez: “Yo pienso que esta rabia de Fernando no es amor, ni este contemplar en Dorotea efeto suyo, sino que, como tocando la imán a la aguja de marear siempre mira al Norte, así la pasada voluntad tocada en los celos deste indiano, le fuerza a que con viva imaginación la contemple siempre”. Naturalmente, cuando Fernando reconquista a Dorotea, inmediatamente después su pasión languidece: “no me pareció que era Dorotea la que yo imaginaba ausente, no tan hermosa, no tan graciosa, no tan entendida… Lo que me abrasaba era pensar que estaba enamorada de Don Bela, lo que me quitaba el juicio era imaginar la conformidad de sus voluntades. Pero en viendo… que me llamaba su verdad, su pensamiento, su dueño y su amor primero, así se me quitó del alma aquel grave peso que me oprimía”.

El final –entre el destierro, la soledad y la muerte– es trágico y la conclusión de Lope sobre el amor no menos sombría que la de La Celestina:

Este fin a tus desvelos,
Loca juventud, alcanza,
Porque amor engendra celos,
Celos, envidia y venganza:
Así marchitan los cielos
La más florida esperanza
Cuanto el ejemplo es mayor.
Provoca a más escarmiento.
Todo deleite es dolor,
Y todo placer tormento;
Que el más verdadero amor
Se vuelve aborrecimiento.… Leer