El Hombre-Libro de Elías Canetti

Termino de leer –no sin dificultades– Auto de fe, la singular obra maestra de Elías Canetti. Es una novela monumental, excéntrica, densa, germánica hasta la médula. No es, sin embargo, una Gran Novela, como sí lo son, digamos, La montaña mágica o Doctor Faustusde Thomas Mann (Canetti, por cierto, se la envió a éste apenas terminó de escribirla, convencido de que merecería su atención; Mann se la mandó de vuelta con una nota diciendo que no tenía tiempo de leerla, sumiéndolo en una profunda desazón e involuntariamente retrasando su publicación varios años). En éstas, las ideas, los símbolos, la especulación abstracta, armonizan con los personajes y la acción, lo propiamente novelesco; en Auto de fe, no, y en varios capítulos la novela se diluye entre el pensamiento abstracto y simbólico. Se nota, también, cierta falta de oficio novelístico (que le sobraba a Mann), pues la narración se repite y alarga a ratos innecesariamente (no hay que olvidar que fue la primera y última tentativa novelística de su autor). Naturalmente, éste es el tipo de objeciones menores que se le hacen a una obra que de entrada se reconoce como excepcional. Su gran logro, creo, es la construcción del modelo, el arquetipo, del Hombre-Libro, el tragicómico Doctor Peter Kien. Su tragedia es la que se encuentra latente en todo genuino hombre de letras o, más precisamente, erudito: ser “una cabeza sin mundo”, aislarse en un gélido universo intelectual sin ningún contacto con la vida, ser un idiota cercado de libros. No es un riesgo que corran muchos, también hay que decirlo, pues es necesario ser un individuo intelectualmente extraordinario para estar expuesto a él. Es imposible, sin embargo, no sentir en algún momento compasión por el pobre Kien, l’idiot savant, el hombre que prefiere prenderse fuego en medio de su biblioteca antes que volver a exponerse a las fuerzas salvajes de la vida.… Leer

La Dorotea de Lope

Leo finalmente La Dorotea y me reconcilio con Lope de Vega. De los principales autores del Barroco (digamos Cervantes, Góngora, Quevedo y Calderón), Lope me había parecido siempre el menos atractivo y el más sobrevalorado. La mayor parte de sus comedias son mero entretenimiento (nada comparable a La vida es sueño); su abundante lírica tiene poemas memorables, pero lejos de las cumbres de Góngora o Quevedo. Su habilidad para componer versos, su fecundidad dramática, lo terminaron perjudicando: era un genio –sin duda lo era– demasiado fácil y algo superficial. Pero La Dorotea –ahora me queda claro que su obra maestra– es otra cosa. Estás ahí el Lope ligero y divertido de las comedias (también el trágico de El castigo sin venganza), pero hay algo más: una visión compleja y conflictiva de la vida que brilla por su ausencia en sus otras obras. No en balde es una de las últimas, publicada prácticamente a los setenta años, tres antes de morir. En ella Lope vuelve a su gran obsesión por Elena Osorio, actriz con la que mantuvo una relación tormentosa en su juventud que acabó con el destierro del poeta a causa de unos furiosos libelos escritos contra ella (“una dama se vende a quien la quiera”, etc.,) y su familia. Acabó es un decir porque Lope, que mientras tanto no dejó de acostarse con media España, no dejó de pensar nunca en ella. Varias veces intentó poetizar la experiencia y escribir una obra al respecto (en una primera versión en verso, en pasajes de La hermosura de AngélicaEl peregrino en su patria, etc.,), pero no fue sino hasta cuarenta años después de los hechos que logró la distancia suficiente para recrearlos y convertirlos en literatura.

Subtitulada “acción en prosa”, La Dorotea es una “novela” dramática, hecha de diálogos, a la manera de La Celestina, a la que mucho debe. Narra los amores de Dorotea y Fernando, ambos jóvenes, apasionados, orgullosos. El amor ha durado ya varios años a pesar (o, en parte, más bien gracias) de la oposición de la familia de Dorotea, pero la pasión flaquea a ratos; los obstáculos, antes estimulantes, comienzan a volverse pesados. Los amantes se cansan, se pelean, se separan, pero no pueden olvidarse. Comienza entonces el juego de las idas y venidas, los pleitos y las reconciliaciones, los entusiasmos y los hartazgos, pero la pareja ya no está en la misma sintonía; cuando uno desespera de amor y busca al otro, éste no tarda en cansarse y mostrarse frío, y viceversa. Invariablemente (sobre todo en el caso de él), la certidumbre de la posesión engendra de inmediato el aburrimiento y la posibilidad de la pérdida atiza la pasión. Aquí es donde entra el indispensable tercero (Don Bela para Fernando, Marfisa para Dorotea) y el factor de los celos, esos “bastardos de amor”, el gran tema de la obra. El deseo de Fernando renace ante la amenaza de perder a Dorotea frente al indiano Don Bela. El personaje de Ludovico lo ve con lucidez: “Yo pienso que esta rabia de Fernando no es amor, ni este contemplar en Dorotea efeto suyo, sino que, como tocando la imán a la aguja de marear siempre mira al Norte, así la pasada voluntad tocada en los celos deste indiano, le fuerza a que con viva imaginación la contemple siempre”. Naturalmente, cuando Fernando reconquista a Dorotea, inmediatamente después su pasión languidece: “no me pareció que era Dorotea la que yo imaginaba ausente, no tan hermosa, no tan graciosa, no tan entendida… Lo que me abrasaba era pensar que estaba enamorada de Don Bela, lo que me quitaba el juicio era imaginar la conformidad de sus voluntades. Pero en viendo… que me llamaba su verdad, su pensamiento, su dueño y su amor primero, así se me quitó del alma aquel grave peso que me oprimía”.

El final –entre el destierro, la soledad y la muerte– es trágico y la conclusión de Lope sobre el amor no menos sombría que la de La Celestina:

Este fin a tus desvelos,
Loca juventud, alcanza,
Porque amor engendra celos,
Celos, envidia y venganza:
Así marchitan los cielos
La más florida esperanza
Cuanto el ejemplo es mayor.
Provoca a más escarmiento.
Todo deleite es dolor,
Y todo placer tormento;
Que el más verdadero amor
Se vuelve aborrecimiento.… Leer

La parte inventada de Rodrigo Fresán

Hace casi cien años, en 1919, un joven ansioso por publicar mezcló una serie de textos –el borrador de una novela, una obra de teatro, cuentos, poemas, cartas– para dar origen a su primer libro. La obra se llamaba A este lado del paraíso; el joven, Francis Scott Fitzgerald. Algo semejante, sospecho, sucedió con La parte inventada. No tanto por ser una combinación de diferentes géneros ni por la urgencia de darse a conocer, sino por fundir en una sola obra materiales heterogéneos (argumentos para varias novelas, tramas de cuentos, divagaciones, etc.).

http://www.letraslibres.com/revista/libros/este-lado-del-estiloLeer

El Microcosmos de Magris

Leo Microcosmos de Claudio Magris, ensayo y libro de viaje sobre Trieste y sus alrededores, donde lo italiano, lo alemán y lo eslavo se han mezclado a lo largo de los siglos, creando una de las más ricas encrucijadas culturales y literarias de Europa. Las descripciones de paisajes, de tan recurrentes y minuciosas, acaban por volver la lectura algo árida (paradójicamente, una descripción extensa suele más bien dificultar la imaginación de un lugar, precisamente por el exceso de observaciones y detalles; dos o tres pinceladas, bien hechas, suelen funcionar mejor; compárese las escuetas descripciones de Stendhal con las interminables de Balzac o Flaubert), pero todo lo compensa la agudeza de ciertas reflexiones encerradas en alguna frase memorable. Ejemplos, casi al azar:

Viajar, como contar –como vivir–, es omitir.

La corrección lingüística es la premisa de la claridad moral y de la honestidad.
Tal vez sea eso el pecado original, ser incapaces de amar y de ser felices, de vivir a fondo el tiempo, el instante, sin la manía de quemarlo, de hacer que acabe pronto.

El gato no hace nada, simplemente es, como un rey. Está sentado, acurrucado, tumbado. Está persuadido, no espera nada y no depende de nadie, se basta… Es un dios de la hora, indiferente, inalcanzable.

En este remolino inextricable del deseo, nunca sublimado ni reprimido, coexisten y a menudo coinciden amor y desatino, el azul más terso y el barrizal más enfangado; el Eros como entrega y el Eros como violencia.… Leer

Tríptico de Monterroso

Redescubro a Augusto Monterroso leyendo el Tríptico formado por Movimiento perpetuoLa palabra mágica y La letra e, publicado hace años por el Fondo de Cultura Económica. A Monterroso (Tito, como medio mundo se tomaba la confianza de llamarlo, como si hubieran ido juntos al kinder), a su posteridad, le terminó haciendo más mal que bien, me temo, su fama de humorista y narrador breve. Para muchos, para la mayoría, es solo el simpático autor de fábulas y cuentos cortos y, más precisamente, de un cuento corto de cuyo nombre no quiero acordarme. Sin embargo, un libro como Movimiento perpetuo (1972), con su mezcla de cuento, ensayo y citas, anticipa la hibridez genérica y la intertextualidad tan comunes y celebradas hoy. Es un libro único, singular, como el Juan de Mairena de Machado o el Manual del distraído de Alejandro Rossi. De las tres partes que conforman Tríptico, la que prefiero, sin duda, es La letra e (fragmentos de un Diario). No costará mucho trabajo imaginar por qué. El diario en cuestión es, ante todo, un diario de lectura, una serie de notas en las que Monterroso practica la crítica breve, ocasional, a vuelo de pájaro, pero que abunda en juicios agudos y frases memorables: “un escritor no es nunca él mismo hasta que comienza a imitar libremente a otros” (“Ser uno mismo”); “entre más tontos, más audaces” (“Seguro”).… Leer

El idealismo amoroso de Michel Houellebecq

Leo Plataforma de Houellebecq. Michel, típico antihéroe houllebequiano (parisino, cuarentón, desencantado, indiferente, cínico), conoce en un viaje a Tailandia, donde practica ligeramente el turismo sexual, a Valérie, joven mujer que vive una sexualidad libre y natural con la que establece una relación a su regreso a París, una relación como Michel no había conocido hasta entonces: sincera, entregada, placentera, afectuosa, de un amor genuino (el personaje femenino es algo pálido, casi un fantasma y acaba por ser casi inverosímil; a diferencia de sus neuróticos protagonistas masculinos, que el autor conoce y describe muy bien, una mujer feliz y sin complejos parece estar casi fuera de su mundo y es incapaz de hacerlo real). Confirmo que, a pesar de las apariencias, Houllebecq es en el fondo un moralista conservador. Como en aquellas disertaciones sobre el amor y el libertinaje en Ampliación del campo de batalla, aquí también hay párrafos que si llevaran la firma de Francisco I o Benedicto XVI resultarían perfectamente creíbles. Por boca de sus personajes, el autor condena las depravadas costumbres sexuales de occidente, el sadomasoquismo, por ejemplo: “me parece totalmente repugnante –dice Valérie–… no creo que se pueda consentir libremente en la humillación y el sufrimiento… no consigo meterme en la cabeza que un ser humano pueda preferir el sufrimiento al placer. No sé, habría que reeducarlos, amarlos, enseñarles el placer” (ella, por lo demás, practica sin problemas la bisexualidad y el intercambio de parejas, que otro moralista podría objetar igual).

A pesar de sus inconsistencias y sus contradicciones, a Houellebecq no le falta razón en su diagnóstico de los malestares sexuales de occidente: “Eso es lo maravilloso de ti –dice Michel a su amante–: te gusta dar placer. Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural… La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es un terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo estamos obsesionados con la salud y con la higiene: ésas no son las condiciones ideales para hacer el amor”.

En última instancia, Houllebecq cree (o al menos quiere creer) en la posibilidad del amor real (utiliza una fórmula para expresarlo en Ampliación, que ahora no tengo a la mano, pero que dice, más o menos, que el amor es posible porque podemos ver sus efectos, observación hecha al contemplar una pareja de ancianos que se cuidan mutuamente): “Valérie fue una radiante excepción. Se contaba entre esos seres capaces de dedicar su vida a la felicidad de otra persona, de convertir esa felicidad en su objetivo. Es un fenómeno misterioso. Entraña la dicha, la felicidad y la alegría; pero sigo sin saber por qué o cómo se produce”. Michel, a diferencia de otros de sus personajes, por lo menos ha tenido la fortuna de experimentarlo una vez. Houellebecq, en este aspecto, está en las antípodas del cinismo: el idealismo, la fe.… Leer

El teatro de Philip Roth

Encarrerado con Roth, me sigo con The facts. A novelist’s autobiography (ya el subtítulo es una advertencia para el lector). Como autobiógrafo o memorialista, Roth es más bien tradicional; ni en la forma ni en el contenido se aparta mucho de las convenciones del género. Una infancia protegida y feliz, una juventud independiente y ambiciosa marcada por una relación desastrosa (novelada en My life as a man), el inicio de una madurez en la que alcanzará el éxito y se afirmará su voluntad de no tener ningún lazo que lo ate. Dando por sentado que ningún autobiógrafo puede ser completamente sincero, aunque lo pretenda, tampoco hace falta compartir la extrema desconfianza moderna de que cualquier intento de hablar de uno mismo es necesariamente falso o indigno de confianza. Es posible, a veces, dar una relación más o menos fidedigna de nuestra vida. Sin embargo, lo más interesante es, sin duda, el epílogo firmado por Nathan Zuckerman, que pone en tela de juicio todo lo escrito por Roth. El personaje da la clave del autor: “My guess is that you have written metamorphoses of yourself so many times, you no longer have any idea what you are or ever were. By now what you are is a walking text”. Leyendo o viendo entrevistas con Roth, escuchándolo hablar con absoluta modestia o sencillez, siempre he tenido esa impresión al preguntarme quién es el ventrílocuo, quién se esconde detrás de todas las personificaciones (de los Zuckerman, los Kepesh, los “Roth”): una persona vaciada por sus personajes, un rostro borrado por la sucesión de máscaras, un teatro vacío, pero él –no hay que olvidarlo– es el teatro, el autor, la obra, el director, los actores y los personajes.… Leer

Contravida

Leo The counterlife, novela de Philip Roth que había estado postergando (lo bueno, dicho sea de paso, de una obra tan amplia como la de Roth es que, salvo que quiera uno agotarla en unos cuantos meses, lo que también sería comprensible, parece inacabable y, tras haber leído la que haya sido la última, uno sabe que quedan varias más, que hay Roth para rato). Aquí lleva al extremo lo que, en última instancia, quizá sea el rasgo más esencialmente rothiano, la clave de toda su obra: el enmascaramiento, la ventriloquía, la suplantación, el juego de las identidades (siempre me he preguntado, por cierto, si Roth habrá leído a Pessoa, y que opinará de él). Roth, magistral en prácticamente cada aspecto de la construcción novelesca, tiene un don particular para los finales, que se van construyendo poco a poco, in crescendo, y que cuando llegan a sus últimas líneas tienen la contundencia de un golpe. Aquí, el final es la carta de Zuckerman a Maria, la mujer con la fantaseó casarse y tener un hijo. Comienza con el conmovedor recuerdo de la agonía de Balzac y la puntualización (cierta para cualquier verdadero novelista e incluso para cualquier lector, leedor, de novelas) acerca de la verdadera naturaleza de un personaje: “When Balzac died he called out for his characters from his deathbed. Do we have to wait for that terrible hour? Besides, you are not merely a character, or even a character, but the real living tissue of my life”. Uno piensa no solo en Balzac, sino en Flaubert, desesperado en su lecho de muerte: “yo me muero, y la puta de Bovary se queda”. Claro. Para un auténtico novelista, un personaje no es un nunca solo un personaje.

Poco a poco, Zuckerman va develando su poética (la poética que en este caso no es exagerado atribuir al propio Roth): “It’s all impersonation –in the absence of a self, one impersonates selves, and after a while impersonates best the self that best goes one through… All I can tell you with certainty is that I, for one, have no self, and that I am unwilling to perpetrate upon myself the joke of a self… What I have instead is a variety of impersonations I can do, and not only of myself… But I certainly have no self independent of my imposturing, artistic efforts to have one. Nor I would want one. I am a theater and nothing more than a theater”. Pessoa habría sonreído.

Las líneas finales concentran toda la grandeza y miseria de la ficción, el doloroso misterio de aquellos para los que lo inventado, lo irreal, lo que pudo haber sido, ocupa la mayor parte de sus vidas. El personaje de Maria no quiere acabar en una novela de Zuckerman, quiere escapar, pero no hay alternativa: “To escape into what, Marietta? It may be as you say that this is no life, but use your enchanting, enrapturing brains: this life is as close to life as you, and I, and our child can ever hope to come”.… Leer

Principios de crítica literaria

Primero, lo elemental, pero que a veces se pierde de vista: en la jerarquía de la literatura, la crítica literaria ocupa el nivel más bajo. El texto crítico –a diferencia de la novela, el cuento, el poema o el ensayo– no existe per se, es un derivado, requiere de otro texto para ser, viene siempre después de. Como categoría abstracta, la crítica es inferior a las otras formas de escritura literaria. Para subrayar el carácter subordinado de la filosofía a la teología, los pensadores medievales solían denominarla ancilla theologiae, o sea, la sierva de la teología. La crítica es la sierva de la literatura.

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Ahora bien, desde su posición ancilar, la crítica puede y debe aspirar a ser parte de la literatura. La crítica literaria –a diferencia de la crítica de otras artes: la música, la pintura o el cine– está hecha del mismo material que su objeto, el lenguaje. En su modo más alto, lo que hará será precisamente crear una literatura sobre la literatura. ¿Cómo? A través del único medio que se construye una obra de arte: la forma.

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La crítica literaria es el arte de leer; el crítico, el artista de la lectura, aquel que con base en un talento innato y mediante el estudio y la práctica, aprende a leer, a interpretar, a relacionar los textos, y que luego comparte con los demás los frutos de su arte (idealmente, puede convertirse en un maestro de lectura, pero puede ser sencillamente un compañero, alguien junto a quien leer).

El resto en http://www.criticismo.com/principios-de-critica-literaria/Leer

Relectura de Kafka II

Penosa relectura de la Carta al padre. No dudo que Hermann Kafka fuera un hombre poco simpático, tosco, zafio, hiriente, uno de esos pequeños tiranos domésticos que pueden hacer de la familia una primera y modesta forma de totalitarismo, pero de ahí a hacerlo el ogro responsable de todas las desdichas del hijo parece haber una gran distancia que éste no vacila en cruzar. Kafka escribió la carta en 1919, cuando tenía treinta y seis años; a ratos, parece escrita por un adolescente de dieciséis. El padre es el culpable de todo: de su debilidad, de la falta de confianza en sí mismo, de su tartamudez, su hipocondría y su incapacidad de casarse y tener hijos. Conforme se van acumulando los reproches, el lector no puede evitar preguntarse: ¿en verdad sería tan monstruoso Hermann Kafka? Por lo demás, las cosas que se le recriminan (el autoritarismo, el mal carácter, el sarcasmo, etc.) pueden ser ciertamente ofensivas, pero nada del otro mundo y poca cosa en verdad frente a un padre realmente insufrible como, digamos, el de Dostoievsky, que puesto a escribirle una carta hubiera tenido dos o tres cosas más que decir.

¿Le resta esta crítica todo valor a la Carta al padre y hace de su autor solo un pobre hombre acomplejado, incapaz de superar un resentimiento más bien adolescente? No necesariamente, claro. Como observa un personaje de la novela Deception de Philip Roth, no es que La metamorfosis o El proceso se deriven de la relación con el padre como aparece descrita en la Carta, sino que más bien la idea de esta relación se deriva de aquellas (esto es, de la visión de mundo que exponen): “para el momento en que un verdadero novelista tiene treinta y seis años, ya no está traduciendo su experiencia en ficción: está imponiendo su ficción a su experiencia”. Así entendidos, Hermann Kafka no es forzosamente un monstruo, sino el catalizador necesario para las ideas sobre el poder y la culpa de su hijo, y la Carta no un fiel testimonio de vida, sino, como todo texto autobiográfico, una ficción.… Leer

Relectura de Kafka

Aprovecho la aparición de la hermosa colección Kafka en Debolsillo (no son propiamente obras completas, pero sí lo más importante en ediciones confiables, lo que contrasta con el desastre editorial que tradicional e increíblemente ha sido Kafka en español) para releerlo. Redescubro algunos textos y descubro otros que me habían eludido o en su momento pasado desapercibidos. En el volumen de Aforismos, reparo en éste, en el que Kafka hace su propia crítica y se explica a sí mismo de manera más clara y contundente de lo que lo harán muchos de sus exégetas futuros:

“Por lo que sé, no he tomado nada prestado de las exigencias de la vida, a excepción de la general debilidad humana, con la cual –y en ese sentido se trata de una fuerza gigantesca– he absorbido hasta el fondo lo negativo de mi tiempo, que me es muy cercano, y que no tengo el derecho de combatir, sino en cierto modo de representar; no me correspondía herencia alguna de lo escaso positivo ni de lo negativo extremo, que ya se vuelve positivo. No he sido traído a la vida, como Kierkegaard, por la mano ya flaqueante del cristianismo, ni he agarrado al vuelo en su huida el último pliegue del manto de oración judío, como los sionistas. Soy fin o principio.”

Sobra decirlo, era principio.… Leer

In memoriam JEP (1939-2014)

El gran tema de su obra es el paso del tiempo, su fugacidad, la conciencia de que las cosas –nuestra existencia entera– ocurren una sola vez y no volverán a repetirse (lo dijo en un verso memorable: «todo es jamás para siempre»). Cuando lo advertimos, la vida ha pasado ya:
ÉPOCAS
Uno siente que el mundo ya se acaba porque cuanto termina es su

vida,

su pobre vida tan independiente de él: empezó cuando ella mismo quiso
y concluirá nadie sabe dónde ni cuándo ni de qué manera.

Morimos con las épocas que se extinguen,
inventamos edenes que no existieron,
tratamos de explicarnos el gran enigma
de estar aquí un solo largo instante entre el porvenir y el pasado.

En general, esta conciencia engendra más bien melancolía y pesimismo. Llama la atención que en uno de sus poemas, “Certeza”, haya escrito: “Si vuelvo alguna vez por el camino andado / no quiero hallar ni ruinas ni nostalgia”, porque el paisaje entero de su obra (quizá a su pesar, uno no escoge su temperamento) está lleno precisamente de ruinas y nostalgia. Y, sin embargo, en algunos cuantos poemas, habló otra voz, la de aquel que, precisamente por tener una aguda conciencia del paso del tiempo, exhorta a vivir el presente y a la esperanza:

MAÑANA
El alba está lejana.
No sé qué busca el pájaro
entre la noche densa.

Habla, murmura, insiste.
Se acerca a la ventana.

Dice que el sol no ha muerto
y existe otro mañana.… Leer