La guerra amorosa de Jean-Marie Rouart



En una tarde lluviosa en Burdeos, me refugio en una librería y salgo de ahí con un par de novedades de la benemérita nrfLa guerre amoreuse de Jean-Marie Rouart (de quien nada sé, pero cuya contraportada me convence) y Trésor d’amour de Philippe Sollers. Inmediatamente comienzo a leer la primera. Los primeros capítulos me entusiasman: un crítico literario y director de una revista de arte viaja desganadamente a Finlandia a impartir una conferencia y allí conoce a una joven estudiante de origen ruso con la que inicia una tormentosa relación. La obsesión erótica del protagonista recuerda a la del Humbert Humbert nabokoviano o a la del Dino de Moravia (El tedio). Al narrador no le falta sentido del humor y consigue en sus mejores momentos verse con cierta distancia irónica. Al final, la novela se derrumba estrepitosamente: se pone grave, seria, sentenciosa (habría concluido bien al terminar la segunda parte, pero el autor se empeñó en contar toda la historia; buena lección sobre cómo una buena narración puede echarse a perder si no se sabe cuándo acabar). Me quedo con las primeras partes y con las reflexiones sobre la escritura, que mal traduzco:

No se sale indemne de haber querido escribir. Es como para un cura dejar el sacerdocio. La sotana abandonada, queda como alguien que ha colgado los hábitos. Ya no es más lo que quiso ser y, sin embargo, tampoco puede volver a ser lo que era. Su rechazo tiene algo de inefable; siente su ofrenda frustrada; lleva en su alma la cicatriz del sacerdocio. Aparte de esta vergüenza de no haber estado a la altura de lo que se había propuesto. Escribir, no hay que dejarse engañar por las palabras, es querer ser amado, amado porque comprendido, por lo tanto verdaderamente amado por lo que se tiene de único debajo de las apariencias, las mentiras y los malentendidos.

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