El idealismo amoroso de Michel Houellebecq



Leo Plataforma de Houellebecq. Michel, típico antihéroe houllebequiano (parisino, cuarentón, desencantado, indiferente, cínico), conoce en un viaje a Tailandia, donde practica ligeramente el turismo sexual, a Valérie, joven mujer que vive una sexualidad libre y natural con la que establece una relación a su regreso a París, una relación como Michel no había conocido hasta entonces: sincera, entregada, placentera, afectuosa, de un amor genuino (el personaje femenino es algo pálido, casi un fantasma y acaba por ser casi inverosímil; a diferencia de sus neuróticos protagonistas masculinos, que el autor conoce y describe muy bien, una mujer feliz y sin complejos parece estar casi fuera de su mundo y es incapaz de hacerlo real). Confirmo que, a pesar de las apariencias, Houllebecq es en el fondo un moralista conservador. Como en aquellas disertaciones sobre el amor y el libertinaje en Ampliación del campo de batalla, aquí también hay párrafos que si llevaran la firma de Francisco I o Benedicto XVI resultarían perfectamente creíbles. Por boca de sus personajes, el autor condena las depravadas costumbres sexuales de occidente, el sadomasoquismo, por ejemplo: “me parece totalmente repugnante –dice Valérie–… no creo que se pueda consentir libremente en la humillación y el sufrimiento… no consigo meterme en la cabeza que un ser humano pueda preferir el sufrimiento al placer. No sé, habría que reeducarlos, amarlos, enseñarles el placer” (ella, por lo demás, practica sin problemas la bisexualidad y el intercambio de parejas, que otro moralista podría objetar igual).

A pesar de sus inconsistencias y sus contradicciones, a Houellebecq no le falta razón en su diagnóstico de los malestares sexuales de occidente: “Eso es lo maravilloso de ti –dice Michel a su amante–: te gusta dar placer. Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural… La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es un terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo estamos obsesionados con la salud y con la higiene: ésas no son las condiciones ideales para hacer el amor”.

En última instancia, Houllebecq cree (o al menos quiere creer) en la posibilidad del amor real (utiliza una fórmula para expresarlo en Ampliación, que ahora no tengo a la mano, pero que dice, más o menos, que el amor es posible porque podemos ver sus efectos, observación hecha al contemplar una pareja de ancianos que se cuidan mutuamente): “Valérie fue una radiante excepción. Se contaba entre esos seres capaces de dedicar su vida a la felicidad de otra persona, de convertir esa felicidad en su objetivo. Es un fenómeno misterioso. Entraña la dicha, la felicidad y la alegría; pero sigo sin saber por qué o cómo se produce”. Michel, a diferencia de otros de sus personajes, por lo menos ha tenido la fortuna de experimentarlo una vez. Houellebecq, en este aspecto, está en las antípodas del cinismo: el idealismo, la fe.

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