Diario de un mal año de J. M. Coetzee



Leí hace poco el Diary of a bad year de J. M. Coetzee, sobre el que he venido posponiendo anotar algo. El libro corre en tres direcciones que se reflejan gráficamente en la división de las páginas: la primera, las opiniones políticas y sociales del narrador escritas a petición de su editor alemán; la segunda, sus notas personales que giran básicamente alrededor de la joven y hermosa vecina a la que contrata para transcribir dichas opiniones, un último saludo de Eros; la tercera, las impresiones de la muchacha y su pareja sobre el excéntrico autor. Mezcla, pues, de diversos géneros (periodismo, ensayo, autobiografía y ficción), como toda novela moderna que se respete. La primera parte es interesante a ratos, aunque acabe por decepcionar y aburrir: las opiniones políticas de un novelista (sobran ejemplos para demostrarlo) no son necesariamente lúcidas ni originales. El mismo narrador lo sospecha cuando afirma sobre Tolstoi y Whitman convertidos en iluminados: “They were poets above all; otherwise they were ordinary men with ordinary, fallible opinions. The disciples who swarmed to them in quest of enlightment look sadly foolish in retrospect”. Y Coetzee es también, ante todo, un poeta. En cambio, está en su elemento en las otras dos partes, las que realmente pertenecen al novelista. La primera, a fin de cuentas, la hace cualquiera con un poco de sentido común, información y una prosa legible; las otras requieren algo mucho más valioso y raro: el genio creador.

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