Camera lucida de Salvador Elizondo



Nunca fui buen lector de Elizondo. Farabeuf me exasperaba (me exaspera), aunque disfruté Elsinore, algunos ensayos y me sorprendió gratamente en su momento la aparición de los Diarios. Siempre preferí a sus compañeros de generación: García Ponce, Alejandro Rossi o Sergio Pitol. Es una cuestión, a fin de cuentas, de afinidades electivas. Los lectores de Elizondo son pocos, pero muy devotos y suelen compartir sus gustos y obsesiones literarios (Joyce, Pound, Bataille, el Nouveau Roman, la escritura pura, etc.).

Ahora, puesto a releer su narrativa completa, me obligo a comprender mejor un mundo literario ajeno al mío, pero descubro, además, zonas comunes. Aparte de redescubrir estupendos relatos como “Narda y el verano” o “El Desencarnado”, el libro que más me ha sorprendido y que es ya oficialmente mi favorito es Camera lucida (1983). Este era originalmente el título de la columna de Elizondo en Vuelta (algún día se escribirá un estudio, si no se ha escrito ya, sobre los libros surgidos de la revista, no poca cosa, como este o el Manual del distraído de Rossi). Libro híbrido, (pos)moderno, está hecho de cuentos, ensayos, textos autobiográficos, discursos… Sin embargo, no es una miscelánea compuesta al azar, sino cuidadosamente dispuesta, un auténtico mecanismo o dispositivo, como la original camera lucida (aparato óptico que permitía al dibujante, mediante la superposición de la imagen del objeto dibujado sobre la superficie en la que se trabaja, una reproducción más fiel). Es una especie de laboratorio literario, un acercamiento a la mente del escritor. Él mismo lo explica en “Aparato”: “visto en la camera lucida el libro revela en acto el movimiento, la operación técnica del poeta, por los que esa trasmutación se realiza y por los que se sintetizan, como en el prisma, los tres planos de la sensibilidad: el real, el ideal y el crítico”. Divida en dos partes, “Antecamera” y “Camera lucida”, va alternando los diversos textos que al final forman una obra única, un libro que es su propio y exclusivo género. Están aquí algunos de los mejores textos de Elizondo: “Anapoyesis”, “Ein Heldenleben”, “Los museos de Metaxiphos”, “La luz que regresa”, “Desde la verandah”, etc. No sé si, hechas todas las cuentas, no acabe siendo esta su obra maestra.

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