Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro

Leo las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro. Me pregunto si no será, de todos sus libros, el llamado a perdurar. Ribeyro es autor de algunos de los mejores cuentos en lengua española del siglo XX. Cultivó ese género con tesón y fidelidad, resistiendo (casi, pues escribió alguna, como Los geniecillos dominicales, de grata lectura, pero inferior a sus relatos) la tentación de la novela. Recuerdo algunos cuentos memorables de Silvio en El Rosedal, Solo para fumadores (el texto indispensable sobre el tabaco, junto a las páginas de Italo Svevo en La conciencia de Zeno) y Relatos santacrucinos. Y, sin embargo, hay en este breve libro (son doscientos fragmentos y no llega a las ciento cincuenta páginas) una perfección, una contundencia, que lo hacen, quizá, su mejor obra. Lástima, en verdad, que no persistió en este tipo de escritura, dejando incluso de escribir algunos cuentos, pues de haberlo hecho estaríamos frente a una especie de Zibaldone o Libro del desasosiegoperuano, hispanoamericano. No me pondré a comentar fragmentos porque acabaría citando el libro entero. Reproduzco solo dos pasajes que dan una idea de los extremos de su atmósfera espiritual:

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Mi gato negro y yo, en esta noche lluviosa de verano. La pieza silenciosa. Uno que otro carro se desliza por la calzada húmeda. El barrio duerme, pero mi gato y yo velamos, nos resistimos a dar por concluida la jornada, sin haber hecho nada, al menos yo, que la justifique, que la dote de significación y la diferencie de otras, igualmente parsimoniosas y vacías. Quizá por eso escribo páginas como ésta, para dejar señales, pequeñas trazas de días que no merecerían figurar en la memoria de nadie. En cada una de las letras que escribo está enhebrado el tiempo, mi tiempo, la trama de mi vida, que otros descifrarán como el dibujo en la alfombra.

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La única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro.… Leer

Raymond Radiguet o de la precocidad

Releo, más de diez años después, Le diable au corps, la precoz obra maestra, escrita a los diecisiete años, de ese meteoro que fue Raymond Radiguet, muerto a los veinte, una edad en la que la mayoría de los narradores apenas empieza a redactar pasablemente. El genio literario precoz es raro en las letras (a diferencia, por ejemplo, de la música), pero es más raro aún en la novela. Ésta requiere madurez, experiencia, años de observación y asimilación (casos paradigmáticos: Cervantes, Stendhal, que con vocación pura de novelistas rindieron sus frutos pasados los cuarenta). Desconfiaría, en principio, de un novelista demasiado joven. Se puede tener un temprano talento narrativo, claro, pero casi necesariamente se carecerá de lo que hace a una gran novela: experiencia transfigurada en arte. Y, generalmente, esa transfiguración toma años. Por eso el caso de Radiguet es aún más asombroso: a los diecisiete era capaz de tomar distancia de unos hechos apenas ocurridos y convertirlos en material novelesco. El propio Radiguet se adelantó a estas objeciones en una nota sobre su obra que apareció en Les Nouvelles Littéraires el mismo año que la novela, 1923: «En consecuencia, es un lugar común, una verdad en lo absoluto desdeñable, que para escribir es necesario haber vivido. Lo que me gustaría saber es a qué edad tiene uno el derecho de decir: he vivido… Yo creo que a cualquier edad, y desde la más temprana, uno a la vez ha vivido y comienza a vivir».… Leer

Pale fire

Leo Pale fire de Nabokov. Cómica, sofisticada, archiliteraria, es un gran divertimento, en el sentido más noble de esa palabra. El lector se divierte leyéndola, pero sospecha que Nabokov se debe haber divertido más escribiéndola. Como Lolita, está llena de chistes literarios, juegos lingüísticos, guiños para el iniciado. Cuando el autor declaró que escribía, sobre todo, para otros artistas y compañeros de escritura, debió haber estado pensando, sobre todo, en esta obra. Como se sabe, la novela son las notas al poema “Pale fire” de John Shade, que ocupa apenas las primeras páginas del libro. Poco a poco, el lector va adivinando que el comentarista, el misterioso Charles Kinbote, calla más de lo que dice y manipula y tergiversa a su antojo. La novela es una gran parábola de las relaciones entre el autor y el crítico y, más precisamente, entre el autor y el editor crítico. Conciente de que éste siempre viene después y requiere del primero para existir, el crítico desquita su resentimiento y su envidia en las notas porque “para bien o para mal, es el comentarista el que tiene la última palabra”. Aunque, en última instancia, toda vida humana no sea, quizá, más que “una serie de notas al pie de una vasta, oscura e inconclusa obra maestra” (o, lo más probable, una obra fallida y mediocre).… Leer

Leer y escribir según Malte Laurids Brigge

Leo, tardíamente (suele ser lectura de adolescencia, junto a las Cartas a un joven poeta), Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke. No sé si pueda considerársele realmente una novela; es, en todo caso y de manera evidente, la novela de un poeta. ¿Lo confesaré? A ratos casi se me caía de las manos. Ese lirismo narrativo, que Rilke tanto admiraba en el Niels Lyhne de J. P. Jacobsen (leído el año pasado sin mucho entusiasmo, aunque mucho más legible como novela que Los cuadernos), acaba por cansar. Naturalmente, el genio de Rilke no puede estar ausente de sus páginas. Me quedo, particularmente, con las observaciones sobre la lectura y la escritura:

Lo que a menudo he experimentado más tarde, lo presentía entonces en cierto modo, a saber: que no se tiene derecho a abrir un libro si no se compromete uno a leerlo todo. En cada libro se sondea el mundo.

¡Pero los versos significan tan poco cuando se los ha escrito joven! Se debería esperar y saquear durante toda una vida, de ser posible durante una vida muy larga; y después, por fin, recién más tarde, quizá se sabrían escribir las diez líneas que serían buenas. Porque los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen demasiado pronto), son experiencias.… Leer

El sadismo según Sade

Ahora que se ha puesto de moda una versión light y romántica del sadismo (véase Fifty shades of Grey), no está de más volver a las fuentes. Habrá que reconocer que Justine, como novela, es más bien un fracaso. Sade no estaba muy versado en el sutil arte de la construcción novelesca. Tampoco le importaba demasiado; buen philosophe, lo que le interesaba realmente era exponer sus ideas sobre el hombre y la naturaleza. Como cualquiera que la haya hojeado sabe, Justine usa una y otra vez el mismo esquema: la heroína cae en las garras de un perverso libertino que la somete a todas las torturas imaginables (esto, en realidad, es lo de menos, apenas la condición necesaria para la disquisición filosófica); después, se enzarzan en una discusión en la que el libertino expone lo que genuinamente podríamos llamar el sadismo (la amoralidad de la naturaleza, los derechos del más fuerte, el ateísmo, etc.,). Una o dos aventuras de Justine habrían bastado para aclarar el punto, pero el Marqués se empeña en machacárselo al lector –en una muestra de auténtico sadismo narrativo– una y otra vez. Nada qué ver con la economía narrativa de otras novelas libertinas del XVIII (pienso, por ejemplo, en Vivant Denon) o de la magistral construcción de Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclos.

El gran malentendido moderno sobre Sade, su lamentable simplificación, comenzó quizá con Krafft-Ebing, el psiquiatra alemán que en 1876, en su célebre Psychopathia sexualis, utilizó por primera vez el término sadismo para referirse al hecho de obtener placer sexual a través del maltrato y la humillación. Así, una singular visión del mundo comenzó a convertirse en una mera patología sexual.… Leer

On Chesil Beach de Ian McEwan

Leo On Chesil beach de Ian McEwan. El incipit sintetiza todo el conflicto de la novela, luego magistralmente desarrollado: “They were young, educated, and both virgins on this, their wedding night, and they lived in a time when a conversation about sexual difficulties was plainly impossible”. Los protagonistas son Edward y Florence, dos jóvenes ingleses cuya noche de bodas, a principios de los sesenta (en los albores de la revolución que poco después haría su dilema casi inconcebible, casi ridículo), sale mal y que se separan definitivamente a partir de ese momento: detestándose a sí mismos y al otro, malinterpretándose, arruinándose de forma irremediable. Vista a principios del siglo XXI, la trama se antoja a ratos casi cómica, tragicómica. Me consta que los lectores jóvenes corren el riesgo de acabar genuinamente perplejos: ¿por qué pasó esto?, qué absurdo, ¿así era, en verdad, antes? Pero, en realidad, no hace tanto tiempo que la sociedad occidental, en mayor o menor medida, vivía ferozmente reprimida en términos sexuales. Novelistas como Updike, Roth, McEwan rinden cuenta exacta de ese fenomenal cambio en las costumbres y sus obras serán un documento invaluable para los historiadores futuros.

Las dotes narrativas de McEwan alcanzan su punto más alto, quizá, en la discusión en la playa luego del prosaico incidente en la cama. Reflexivos, lúcidos, agudos, elocuentes, Edward y Florence poseen todos los recursos intelectuales y verbales para infligirse el mayor daño posible y que éste sea absolutamente irreparable. Frases aceradas como un puñal: una vez dichas, no hay marcha atrás (incluso la violencia física puede ser más fácil de perdonar y olvidar que una palabra hiriente dicha con frialdad). El lector no puede evitar sentir compasión por ellos porque toda su inteligencia les resulta inútil para enfrentar el problema (de hecho lo agudiza) y, sobre todo, porque en el fondo no es culpa suya, sino de algo mucho más grande y poderoso que ellos, una sociedad puritana y opresiva de la quieran o no forman parte y que los acaba convirtiendo en víctimas.… Leer

Criticismo. Revista de Crítica

Criticismo, como se desprende de su nombre, pretende ser ante todo una revista de crítica (literaria y cinematográfica, fundamentalmente). No hace falta repetir aquí los consabidos y justificados lamentos sobre la histórica ausencia de crítica en la cultura hispánica. Pródiga en otros géneros, no lo ha sido en la crítica, que palidece frente a nuestra poesía o nuestra narrativa. Ésta es una de las razones por las que Criticismo quiere dedicarse exclusivamente a ella.

Criticismo entiende la crítica como el ejercicio lúcido y apasionado de la inteligencia frente a la obra de arte; comprender, aclarar, juzgar y orientar son las tareas básicas del oficio. Cree que, aunque subsidiario (pues requerirá siempre de la obra para existir), es un género literario en sí mismo y como tal no debe ser menos exigente en cuanto a la forma que otros. En la edad del imperio de la imagen, la información atropellada y la opinión fácil y desechable –fenómenos que se agudizan en la red, cuyas ventajas, por lo demás, sería absurdo ignorar, y es por esto que se presenta en formato electrónico–, Criticismo reivindica el poder de la palabra escrita, la lectura lenta y la reflexión detenida y fundamentada. Solo exigiéndose más a sí misma y distinguiéndose por sus ideas y su prosa de la avalancha de opiniones publicadas por doquier, podrá la crítica seguir teniendo un lugar en nuestra cultura.

Criticismo, publicación trimestral, constará principalmente de reseñas y ensayos. Sus colaboradores son jóvenes que, de gustos e intereses diversos, tienen en común la pasión por la lectura y la crítica. Como toda empresa de este tipo, Criticismo está en busca de cómplices, hombres y mujeres que compartan con quienes lo integran esa misma pasión. Ojalá sean ustedes, lectores, parte de ellos; ojalá Criticismo sea parte de ustedes.

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Christopher Isherwood: A single man

Leo A single man (1964) de Christopher Isherwood. La novela narra un día en la vida de George, alter ego del autor: cincuenta y ocho años, inglés, homosexual, profesor de Literatura en una universidad de Los Ángeles. George acaba de sufrir la pérdida en un accidente de su pareja, Jim, y ahora debe enfrentar la vida solo: se levanta, va a dar clase, convive con los estudiantes y sus colegas, visita a una compañera y antigua rival que agoniza en el hospital, va al súper y al gimnasio, cena y se emborracha con una vieja amiga que vive atrapada en el pasado y finalmente intenta –infructuosamente– ligarse a un equívoco estudiante encontrado en un bar. No una gran novela, seguramente, pero sí una pequeña obra maestra en tono menor. Isherwood tenía buenas dotes introspectivas y narrativas. Es notable, por ejemplo, la conciencia del cuerpo del protagonista, su lúcida percepción del inexorable paso del tiempo:

Here’s what it has done to itself, here’s the mess it has somehow managed to get itself into, during its fifty-eight years; expressed in terms of a dull harassed stare, a coarsened nose, a mouth dragged down by the corners into a grimace as if at the sourness of its own toxins, cheeks sagging from their anchors of muscle, a throat hanging limp in tiny wrinkled folds. The harassed look is that of a desperately tired swimmer or runner; yet there is no question of stopping. The creature we are watching will struggle on and on until it drops. Not because it is heroic. It can imagine no alternative.

Más notable aún, su descripción de la vida académica, de la enseñanza y la relación profesor-alumnos, de la que George extrae su fuerza. Sabe, como todo verdadero maestro, que el salón es un teatro y el maestro una suerte de actor:

Meanwhile, he stands there. Slowly, deliberately, like a magician, he takes a single book out of his briefcase and places it on the reading-desk. As he does this, his eyes move over the faces of the class. His lips curve in a faint but bold smile. Some of them smile at him. George finds this frank confrontation extraordinarily exhilarating. He draws strength from these smiles, these bright young eyes. For him, this is one of the peak moments of the day. He feels brilliant, vital, challenging, slightly mysterious and, above all, foreign.

El final, en el que este modesto Sócrates se enfrenta a un provocador Alcibíades, deja al descubierto, conjuntamente, la fragilidad y la sabiduría del maestro:

Let me tell you something, Kenny. For other people, I can’t speak – but, personally, I haven’t gotten wise on anything. Certainly, I’ve been through this and that; and when it happens again, I say to myself, here it is again. But that doesn’t seem to help me. In my opinion, I personally have gotten steadily sillier and sillier and sillier – and that’s a fact. […] You asked about experience. So I told you. Experience isn’t any use. And yet, in quite another way, it might be. If only we weren’t all such miserable fools and prudes and cowards.… Leer

De la crítica ingeniosa

Interesado, como de costumbre, en Montaigne, me cae en las manos y leo Gato encerrado. Montaigne y la alegoría de Antoine Compagnon. Académico, profesor en La Sorbona y Columbia, miembro del Collège de France, Compagnon tiene las virtudes (y los defectos) de una de las mejores críticas literarias académicas (nada que ver, claro está, con esa crítica ideológica e indigesta de teoría que es prácticamente ilegible y que no interesa a nadie fuera de los claustros): ingeniosa, extremadamente sofisticada, peca a veces, precisamente, dedemasiado ingeniosa, enredando brillante e innecesariamente el texto. Él mismo, a ratos, parece tener la conciencia de estarse pasando de sutil. Más que un gato encerrado son los tres pies del gato.… Leer

Brindis por Gabriel Ferrater

Me encuentro de casualidad con F. de Justo Navarro, libro que traza la vida de Gabriel Ferrater. Poeta, traductor, crítico y editor catalán, Ferrater había prometido a los treinta y cinco años no pasar de los cincuenta y lo cumplió suicidándose el 27 de septiembre de 1972. La novela pinta el retrato de un personaje memorable: hombre de letras, gran conversador, encantador, políglota, brillante, irónico, depresivo, neurótico, juerguista infatigable, eterno bebedor de gin, aparente donjuán, pero en el fondo romántico incurable. Es el modelo del hombre inteligente sin obra, o cuya obra (exigua) no le hace justicia: el profesor cuya brillantez se desparrama en el salón de clase, en el bar o en el café. Así lo describe Navarro en sus últimos años:

No cambió la necesidad de no volver a casa, la necesidad de un encuentro callejero más y otro bar siempre antes de llegar a la puerta de la casa, la necesidad de una palabra más y otra palabra que naturalmente exige una respuesta (un ping-pong feliz)… Ferrater prefería una zona intermedia, la terraza del bar o el bar abierto, zona neutral para hablar socráticamente de esas cosas que en el momento parecen inolvidables y esenciales y en seguida no se recuerda que parecieron inolvidables: ni se recuerda que fueron pronunciadas. Había alcanzado una extraordinaria perfección en el arte de interpretarse a sí mismo en los cafés: el instinto de sorprender se había convertido en pura técnica verbal, aunque representarse a sí mismo en solitario le parecía insoportable… Ferrater seducía a los jóvenes, que lo aplaudían en las asambleas estudiantiles y en el café, mientras sus coetáneos empezaban a mirarlo con mortífera benevolencia, condescendencia o desprecio clínico que lo desmaterializaba o lo transformaba en caricatura: el Fenómeno bebedor de gin que se lleva a las mujeres más jóvenes y en un momento te da el nombre inútil del verdugo que no llegó a ejecutar a François Villon…

Un brindis, pues, a la memoria de Gabriel Ferrater.… Leer

El invierno de Paul Auster

Leo el Winter journal de Paul Auster. Recuerdo la viva impresión que me causó, hace años, la lectura de La invención de la soledad, mezcla afortunada, como este último libro, de memoria y ensayo. Eso me hizo leer alguna de sus novelas propiamente dichas, que me decepcionaron (notablemente, El palacio de la luna). El mejor Auster es el autor intimista, el reflexivo que se mueve entre la autobiografía y el ensayo y que, en lugar de seguir la narración continua de la novela, favorece la forma del fragmento. En este Winter journal –las reflexiones de Auster a las puertas de la vejez– hay varios memorables, como los finales, que no pueden leerse sin estremecerse:
Your bare feet on the cold floor as you climb out of bed and walk to the window. You are sixty-four years old. Outside, the air is gray, almost white, with no sun visible. You ask yourself: How many mornings are left?

* * *

A door has closed. Another door has opened.

* * *

You have entered the winter of your life.… Leer

Kafka hace cien años

Hace exactamente cien años, el 23 de septiembre de 1912, Kafka escribió en su diario:

Esta historia, La condena, la he escrito de un tirón durante la noche del 22 al 23, entre las diez de la noche y las seis de la mañana. Casi no podía sacar de debajo del escritorio mis piernas, que se me habían quedado dormidas de estar tanto tiempo sentado. La terrible tensión y la alegría a medida que la historia iba desarrollándose delante de mí, a medida que me iba abriendo paso por sus aguas. Varias veces durante esta noche he soportado mi propio peso sobre mis espaldas. Cómo puede uno atreverse a todo, como está preparado para todas, para las más extrañas ocurrencias, un gran fuego en el que mueren y resucitan. Cómo empezó a azulear delante de la ventana. Pasó un carro. Dos hombres cruzaron el puente. La última vez que miré el reloj eran las dos. En el momento en que la criada atravesó por vez primera la entrada escribí la última frase. Apagar la lámpara, claridad del día. Ligeros dolores cardiacos. El cansancio que desaparece a mitad de la noche… El corroborado convencimiento de que cuando trabajo en mi novela me encuentro en vergonzosos abismos de la escritura. Solo así es posible escribir, solo con esa cohesión, con total tensión del cuerpo y el alma.

Una reverencia casi religiosa impide cualquier tipo de comentario a un texto y un testimonio como éste. Solo una palabra tendría sentido: amén.… Leer

El engaño de Philip Roth

Leo el fin de semana Deception de Philip Roth, que no había leído. El engaño es, en primer lugar, conyugal (si algún día esa benemérita institución, el matrimonio, es llamada a cuentas, la obra de Roth suministrará más de un alegato en contra, solo Tolstoi, quizá, habrá descrito mejor sus miserias), pero, en un segundo plano, más interesante, tiene que ver con la ficción y sus trampas, el particular engaño de la invención novelesca. En la mezcla de autobiografía y ficción, de vida y literatura, nadie engaña mejor que Roth: “I write fiction and I’m told it´s autobiography, I write autobiography and I’m told it’s fiction, so since I’m so dim and they are so smart, let them decide what it is or it isn’t”, reta el narrador (llamado Philip, naturalmente).… Leer

El tesoro de Philippe Sollers

Leo Trésor d’amour de Philippe Sollers, comprado el año pasado en una lluviosa tarde en Burdeos (y apenas me entero, por cierto, que Sollers es bordelés). Lo compré porque, al hojearlo, vi que era una novela stendhaliana, y estoy bien predispuesto a cualquier cosa que tenga que tenga que ver con Beyle. Me atrajo, también, que estuviera escrita en fragmentos, forma a la que evidentemente tiendo de manera natural. El libro, ambientado en Venecia, gira alrededor de la relación del narrador con Minna Viscontini, supuesta descendiente de Matilde Dembowski, el gran y desdichado amor de Stendhal (frente a mí, a propósito, tengo los dos volúmenes de Le coeur de Stendhal de Henri Martineau, conseguidos hace poco, cuya lectura demoro gustosamente, anticipando el placer que en su momento me darán). En realidad, es mucho más ensayo que novela y vale la pena, más que nada, por las citas de Stendhal que hay a cada paso. Léase, pues, como un florilegio stendhaliano. Me quedo también con el proverbio veneciano del que está tomado el título: douleur d’amour ne dure qu’un moment, / trésor d’amour dure plus que la vie.Leer

Diario de un mal año de J. M. Coetzee

Leí hace poco el Diary of a bad year de J. M. Coetzee, sobre el que he venido posponiendo anotar algo. El libro corre en tres direcciones que se reflejan gráficamente en la división de las páginas: la primera, las opiniones políticas y sociales del narrador escritas a petición de su editor alemán; la segunda, sus notas personales que giran básicamente alrededor de la joven y hermosa vecina a la que contrata para transcribir dichas opiniones, un último saludo de Eros; la tercera, las impresiones de la muchacha y su pareja sobre el excéntrico autor. Mezcla, pues, de diversos géneros (periodismo, ensayo, autobiografía y ficción), como toda novela moderna que se respete. La primera parte es interesante a ratos, aunque acabe por decepcionar y aburrir: las opiniones políticas de un novelista (sobran ejemplos para demostrarlo) no son necesariamente lúcidas ni originales. El mismo narrador lo sospecha cuando afirma sobre Tolstoi y Whitman convertidos en iluminados: “They were poets above all; otherwise they were ordinary men with ordinary, fallible opinions. The disciples who swarmed to them in quest of enlightment look sadly foolish in retrospect”. Y Coetzee es también, ante todo, un poeta. En cambio, está en su elemento en las otras dos partes, las que realmente pertenecen al novelista. La primera, a fin de cuentas, la hace cualquiera con un poco de sentido común, información y una prosa legible; las otras requieren algo mucho más valioso y raro: el genio creador.… Leer

El hombre de los hongos de Sergio Galindo

Sergio Galindo (Xalapa, 1926-Veracruz, 1993) no fue un favorito de la fama. Escritor de provincia, funcionario cultural y universitario, hombre de perfil discreto y ajeno a las modas literarias, no poseía ciertamente los atributos que esta suele favorecer. Fue autor, sin embargo, de una amplia obra narrativa en la que lo mismo hay textos magistrales que otros poco afortunados; fue, ante todo, fiel a su vocación de escritor (creía firmemente que el escritor nace como tal, pero que debe, frente a los obstáculos y distracciones que plantea la vida, luchar por hacer prevalecer su vocación).

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