La parte inventada de Rodrigo Fresán

Hace casi cien años, en 1919, un joven ansioso por publicar mezcló una serie de textos –el borrador de una novela, una obra de teatro, cuentos, poemas, cartas– para dar origen a su primer libro. La obra se llamaba A este lado del paraíso; el joven, Francis Scott Fitzgerald. Algo semejante, sospecho, sucedió con La parte inventada. No tanto por ser una combinación de diferentes géneros ni por la urgencia de darse a conocer, sino por fundir en una sola obra materiales heterogéneos (argumentos para varias novelas, tramas de cuentos, divagaciones, etc.).

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El Microcosmos de Magris

Leo Microcosmos de Claudio Magris, ensayo y libro de viaje sobre Trieste y sus alrededores, donde lo italiano, lo alemán y lo eslavo se han mezclado a lo largo de los siglos, creando una de las más ricas encrucijadas culturales y literarias de Europa. Las descripciones de paisajes, de tan recurrentes y minuciosas, acaban por volver la lectura algo árida (paradójicamente, una descripción extensa suele más bien dificultar la imaginación de un lugar, precisamente por el exceso de observaciones y detalles; dos o tres pinceladas, bien hechas, suelen funcionar mejor; compárese las escuetas descripciones de Stendhal con las interminables de Balzac o Flaubert), pero todo lo compensa la agudeza de ciertas reflexiones encerradas en alguna frase memorable. Ejemplos, casi al azar:

Viajar, como contar –como vivir–, es omitir.

La corrección lingüística es la premisa de la claridad moral y de la honestidad.
Tal vez sea eso el pecado original, ser incapaces de amar y de ser felices, de vivir a fondo el tiempo, el instante, sin la manía de quemarlo, de hacer que acabe pronto.

El gato no hace nada, simplemente es, como un rey. Está sentado, acurrucado, tumbado. Está persuadido, no espera nada y no depende de nadie, se basta… Es un dios de la hora, indiferente, inalcanzable.

En este remolino inextricable del deseo, nunca sublimado ni reprimido, coexisten y a menudo coinciden amor y desatino, el azul más terso y el barrizal más enfangado; el Eros como entrega y el Eros como violencia.… Leer

Tríptico de Monterroso

Redescubro a Augusto Monterroso leyendo el Tríptico formado por Movimiento perpetuoLa palabra mágica y La letra e, publicado hace años por el Fondo de Cultura Económica. A Monterroso (Tito, como medio mundo se tomaba la confianza de llamarlo, como si hubieran ido juntos al kinder), a su posteridad, le terminó haciendo más mal que bien, me temo, su fama de humorista y narrador breve. Para muchos, para la mayoría, es solo el simpático autor de fábulas y cuentos cortos y, más precisamente, de un cuento corto de cuyo nombre no quiero acordarme. Sin embargo, un libro como Movimiento perpetuo (1972), con su mezcla de cuento, ensayo y citas, anticipa la hibridez genérica y la intertextualidad tan comunes y celebradas hoy. Es un libro único, singular, como el Juan de Mairena de Machado o el Manual del distraído de Alejandro Rossi. De las tres partes que conforman Tríptico, la que prefiero, sin duda, es La letra e (fragmentos de un Diario). No costará mucho trabajo imaginar por qué. El diario en cuestión es, ante todo, un diario de lectura, una serie de notas en las que Monterroso practica la crítica breve, ocasional, a vuelo de pájaro, pero que abunda en juicios agudos y frases memorables: “un escritor no es nunca él mismo hasta que comienza a imitar libremente a otros” (“Ser uno mismo”); “entre más tontos, más audaces” (“Seguro”).… Leer

El idealismo amoroso de Michel Houellebecq

Leo Plataforma de Houellebecq. Michel, típico antihéroe houllebequiano (parisino, cuarentón, desencantado, indiferente, cínico), conoce en un viaje a Tailandia, donde practica ligeramente el turismo sexual, a Valérie, joven mujer que vive una sexualidad libre y natural con la que establece una relación a su regreso a París, una relación como Michel no había conocido hasta entonces: sincera, entregada, placentera, afectuosa, de un amor genuino (el personaje femenino es algo pálido, casi un fantasma y acaba por ser casi inverosímil; a diferencia de sus neuróticos protagonistas masculinos, que el autor conoce y describe muy bien, una mujer feliz y sin complejos parece estar casi fuera de su mundo y es incapaz de hacerlo real). Confirmo que, a pesar de las apariencias, Houllebecq es en el fondo un moralista conservador. Como en aquellas disertaciones sobre el amor y el libertinaje en Ampliación del campo de batalla, aquí también hay párrafos que si llevaran la firma de Francisco I o Benedicto XVI resultarían perfectamente creíbles. Por boca de sus personajes, el autor condena las depravadas costumbres sexuales de occidente, el sadomasoquismo, por ejemplo: “me parece totalmente repugnante –dice Valérie–… no creo que se pueda consentir libremente en la humillación y el sufrimiento… no consigo meterme en la cabeza que un ser humano pueda preferir el sufrimiento al placer. No sé, habría que reeducarlos, amarlos, enseñarles el placer” (ella, por lo demás, practica sin problemas la bisexualidad y el intercambio de parejas, que otro moralista podría objetar igual).

A pesar de sus inconsistencias y sus contradicciones, a Houellebecq no le falta razón en su diagnóstico de los malestares sexuales de occidente: “Eso es lo maravilloso de ti –dice Michel a su amante–: te gusta dar placer. Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural… La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es un terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo estamos obsesionados con la salud y con la higiene: ésas no son las condiciones ideales para hacer el amor”.

En última instancia, Houllebecq cree (o al menos quiere creer) en la posibilidad del amor real (utiliza una fórmula para expresarlo en Ampliación, que ahora no tengo a la mano, pero que dice, más o menos, que el amor es posible porque podemos ver sus efectos, observación hecha al contemplar una pareja de ancianos que se cuidan mutuamente): “Valérie fue una radiante excepción. Se contaba entre esos seres capaces de dedicar su vida a la felicidad de otra persona, de convertir esa felicidad en su objetivo. Es un fenómeno misterioso. Entraña la dicha, la felicidad y la alegría; pero sigo sin saber por qué o cómo se produce”. Michel, a diferencia de otros de sus personajes, por lo menos ha tenido la fortuna de experimentarlo una vez. Houellebecq, en este aspecto, está en las antípodas del cinismo: el idealismo, la fe.… Leer

El teatro de Philip Roth

Encarrerado con Roth, me sigo con The facts. A novelist’s autobiography (ya el subtítulo es una advertencia para el lector). Como autobiógrafo o memorialista, Roth es más bien tradicional; ni en la forma ni en el contenido se aparta mucho de las convenciones del género. Una infancia protegida y feliz, una juventud independiente y ambiciosa marcada por una relación desastrosa (novelada en My life as a man), el inicio de una madurez en la que alcanzará el éxito y se afirmará su voluntad de no tener ningún lazo que lo ate. Dando por sentado que ningún autobiógrafo puede ser completamente sincero, aunque lo pretenda, tampoco hace falta compartir la extrema desconfianza moderna de que cualquier intento de hablar de uno mismo es necesariamente falso o indigno de confianza. Es posible, a veces, dar una relación más o menos fidedigna de nuestra vida. Sin embargo, lo más interesante es, sin duda, el epílogo firmado por Nathan Zuckerman, que pone en tela de juicio todo lo escrito por Roth. El personaje da la clave del autor: “My guess is that you have written metamorphoses of yourself so many times, you no longer have any idea what you are or ever were. By now what you are is a walking text”. Leyendo o viendo entrevistas con Roth, escuchándolo hablar con absoluta modestia o sencillez, siempre he tenido esa impresión al preguntarme quién es el ventrílocuo, quién se esconde detrás de todas las personificaciones (de los Zuckerman, los Kepesh, los “Roth”): una persona vaciada por sus personajes, un rostro borrado por la sucesión de máscaras, un teatro vacío, pero él –no hay que olvidarlo– es el teatro, el autor, la obra, el director, los actores y los personajes.… Leer

Contravida

Leo The counterlife, novela de Philip Roth que había estado postergando (lo bueno, dicho sea de paso, de una obra tan amplia como la de Roth es que, salvo que quiera uno agotarla en unos cuantos meses, lo que también sería comprensible, parece inacabable y, tras haber leído la que haya sido la última, uno sabe que quedan varias más, que hay Roth para rato). Aquí lleva al extremo lo que, en última instancia, quizá sea el rasgo más esencialmente rothiano, la clave de toda su obra: el enmascaramiento, la ventriloquía, la suplantación, el juego de las identidades (siempre me he preguntado, por cierto, si Roth habrá leído a Pessoa, y que opinará de él). Roth, magistral en prácticamente cada aspecto de la construcción novelesca, tiene un don particular para los finales, que se van construyendo poco a poco, in crescendo, y que cuando llegan a sus últimas líneas tienen la contundencia de un golpe. Aquí, el final es la carta de Zuckerman a Maria, la mujer con la fantaseó casarse y tener un hijo. Comienza con el conmovedor recuerdo de la agonía de Balzac y la puntualización (cierta para cualquier verdadero novelista e incluso para cualquier lector, leedor, de novelas) acerca de la verdadera naturaleza de un personaje: “When Balzac died he called out for his characters from his deathbed. Do we have to wait for that terrible hour? Besides, you are not merely a character, or even a character, but the real living tissue of my life”. Uno piensa no solo en Balzac, sino en Flaubert, desesperado en su lecho de muerte: “yo me muero, y la puta de Bovary se queda”. Claro. Para un auténtico novelista, un personaje no es un nunca solo un personaje.

Poco a poco, Zuckerman va develando su poética (la poética que en este caso no es exagerado atribuir al propio Roth): “It’s all impersonation –in the absence of a self, one impersonates selves, and after a while impersonates best the self that best goes one through… All I can tell you with certainty is that I, for one, have no self, and that I am unwilling to perpetrate upon myself the joke of a self… What I have instead is a variety of impersonations I can do, and not only of myself… But I certainly have no self independent of my imposturing, artistic efforts to have one. Nor I would want one. I am a theater and nothing more than a theater”. Pessoa habría sonreído.

Las líneas finales concentran toda la grandeza y miseria de la ficción, el doloroso misterio de aquellos para los que lo inventado, lo irreal, lo que pudo haber sido, ocupa la mayor parte de sus vidas. El personaje de Maria no quiere acabar en una novela de Zuckerman, quiere escapar, pero no hay alternativa: “To escape into what, Marietta? It may be as you say that this is no life, but use your enchanting, enrapturing brains: this life is as close to life as you, and I, and our child can ever hope to come”.… Leer

Principios de crítica literaria

Primero, lo elemental, pero que a veces se pierde de vista: en la jerarquía de la literatura, la crítica literaria ocupa el nivel más bajo. El texto crítico –a diferencia de la novela, el cuento, el poema o el ensayo– no existe per se, es un derivado, requiere de otro texto para ser, viene siempre después de. Como categoría abstracta, la crítica es inferior a las otras formas de escritura literaria. Para subrayar el carácter subordinado de la filosofía a la teología, los pensadores medievales solían denominarla ancilla theologiae, o sea, la sierva de la teología. La crítica es la sierva de la literatura.

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Ahora bien, desde su posición ancilar, la crítica puede y debe aspirar a ser parte de la literatura. La crítica literaria –a diferencia de la crítica de otras artes: la música, la pintura o el cine– está hecha del mismo material que su objeto, el lenguaje. En su modo más alto, lo que hará será precisamente crear una literatura sobre la literatura. ¿Cómo? A través del único medio que se construye una obra de arte: la forma.

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La crítica literaria es el arte de leer; el crítico, el artista de la lectura, aquel que con base en un talento innato y mediante el estudio y la práctica, aprende a leer, a interpretar, a relacionar los textos, y que luego comparte con los demás los frutos de su arte (idealmente, puede convertirse en un maestro de lectura, pero puede ser sencillamente un compañero, alguien junto a quien leer).

El resto en http://www.criticismo.com/principios-de-critica-literaria/Leer

Relectura de Kafka II

Penosa relectura de la Carta al padre. No dudo que Hermann Kafka fuera un hombre poco simpático, tosco, zafio, hiriente, uno de esos pequeños tiranos domésticos que pueden hacer de la familia una primera y modesta forma de totalitarismo, pero de ahí a hacerlo el ogro responsable de todas las desdichas del hijo parece haber una gran distancia que éste no vacila en cruzar. Kafka escribió la carta en 1919, cuando tenía treinta y seis años; a ratos, parece escrita por un adolescente de dieciséis. El padre es el culpable de todo: de su debilidad, de la falta de confianza en sí mismo, de su tartamudez, su hipocondría y su incapacidad de casarse y tener hijos. Conforme se van acumulando los reproches, el lector no puede evitar preguntarse: ¿en verdad sería tan monstruoso Hermann Kafka? Por lo demás, las cosas que se le recriminan (el autoritarismo, el mal carácter, el sarcasmo, etc.) pueden ser ciertamente ofensivas, pero nada del otro mundo y poca cosa en verdad frente a un padre realmente insufrible como, digamos, el de Dostoievsky, que puesto a escribirle una carta hubiera tenido dos o tres cosas más que decir.

¿Le resta esta crítica todo valor a la Carta al padre y hace de su autor solo un pobre hombre acomplejado, incapaz de superar un resentimiento más bien adolescente? No necesariamente, claro. Como observa un personaje de la novela Deception de Philip Roth, no es que La metamorfosis o El proceso se deriven de la relación con el padre como aparece descrita en la Carta, sino que más bien la idea de esta relación se deriva de aquellas (esto es, de la visión de mundo que exponen): “para el momento en que un verdadero novelista tiene treinta y seis años, ya no está traduciendo su experiencia en ficción: está imponiendo su ficción a su experiencia”. Así entendidos, Hermann Kafka no es forzosamente un monstruo, sino el catalizador necesario para las ideas sobre el poder y la culpa de su hijo, y la Carta no un fiel testimonio de vida, sino, como todo texto autobiográfico, una ficción.… Leer

Relectura de Kafka

Aprovecho la aparición de la hermosa colección Kafka en Debolsillo (no son propiamente obras completas, pero sí lo más importante en ediciones confiables, lo que contrasta con el desastre editorial que tradicional e increíblemente ha sido Kafka en español) para releerlo. Redescubro algunos textos y descubro otros que me habían eludido o en su momento pasado desapercibidos. En el volumen de Aforismos, reparo en éste, en el que Kafka hace su propia crítica y se explica a sí mismo de manera más clara y contundente de lo que lo harán muchos de sus exégetas futuros:

“Por lo que sé, no he tomado nada prestado de las exigencias de la vida, a excepción de la general debilidad humana, con la cual –y en ese sentido se trata de una fuerza gigantesca– he absorbido hasta el fondo lo negativo de mi tiempo, que me es muy cercano, y que no tengo el derecho de combatir, sino en cierto modo de representar; no me correspondía herencia alguna de lo escaso positivo ni de lo negativo extremo, que ya se vuelve positivo. No he sido traído a la vida, como Kierkegaard, por la mano ya flaqueante del cristianismo, ni he agarrado al vuelo en su huida el último pliegue del manto de oración judío, como los sionistas. Soy fin o principio.”

Sobra decirlo, era principio.… Leer

In memoriam JEP (1939-2014)

El gran tema de su obra es el paso del tiempo, su fugacidad, la conciencia de que las cosas –nuestra existencia entera– ocurren una sola vez y no volverán a repetirse (lo dijo en un verso memorable: «todo es jamás para siempre»). Cuando lo advertimos, la vida ha pasado ya:
ÉPOCAS
Uno siente que el mundo ya se acaba porque cuanto termina es su

vida,

su pobre vida tan independiente de él: empezó cuando ella mismo quiso
y concluirá nadie sabe dónde ni cuándo ni de qué manera.

Morimos con las épocas que se extinguen,
inventamos edenes que no existieron,
tratamos de explicarnos el gran enigma
de estar aquí un solo largo instante entre el porvenir y el pasado.

En general, esta conciencia engendra más bien melancolía y pesimismo. Llama la atención que en uno de sus poemas, “Certeza”, haya escrito: “Si vuelvo alguna vez por el camino andado / no quiero hallar ni ruinas ni nostalgia”, porque el paisaje entero de su obra (quizá a su pesar, uno no escoge su temperamento) está lleno precisamente de ruinas y nostalgia. Y, sin embargo, en algunos cuantos poemas, habló otra voz, la de aquel que, precisamente por tener una aguda conciencia del paso del tiempo, exhorta a vivir el presente y a la esperanza:

MAÑANA
El alba está lejana.
No sé qué busca el pájaro
entre la noche densa.

Habla, murmura, insiste.
Se acerca a la ventana.

Dice que el sol no ha muerto
y existe otro mañana.… Leer

Fernando Pessoa: Escritos sobre genio y locura

A su muerte, en 1935, a los cuarenta y siete años, Fernando Pessoa –traductor de una firma comercial en Lisboa y autor de un único libro, el poema Mensaje– dejó un baúl con aproximadamente treinta mil papeles. Entre ellos había cuadernos, hojas sueltas y, literalmente, servilletas de café. Ese laberinto de papeles –el espolio pessoano– constituye una de las máximas obras literarias del siglo XX; editarlo, darle un orden, es quizá el mayor reto ecdótico de la literatura moderna…

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El primer Vila-Matas

Releo los primeros libros de Vila-Matas (reunidos en En un lugar solitario. Narrativa 1973-1984): En un lugar solitarioLa asesina ilustradaAl sur de los párpadosNunca voy al cine e Impostura. Salvo el último, nouvelle bien armada en la que el autor empezaba a encontrar su estilo, los demás deben leerse como libros de aprendizaje, tentativas narrativas en las que el joven y exuberante narrador se busca a sí mismo (esta primera etapa, por cierto, me recuerda a la de otro escritor, caro a Vila-Matas, Adolfo Bioy Casares, que también tuvo una prolífica y extravagante prehistoria antes de La invención de Morel). Interesan en la medida en que anticipan o preludian lo que vendrá después, el Vila-Matas maduro que todos conocemos. Y es que ya está allí, latente en medio de una imaginación desatada, a ratos casi surrealista, y una prosa que avanza a trompicones. La asesina ilustrada(Impostura aparte, el más notable del conjunto), por ejemplo, que narra la historia de un texto cuyos lectores siempre acaban muertos, es ya esencialmente vilamatiano, un libro sobre un libro (metaficcional, diría, poniéndome pedante), una novela en donde el tema central es ya el acto de la lectura y la interpretación. En el arduamente legible Al sur de los párpados (no por nada Vila-Matas se negó a reeditarlo y reconocerlo durante años) hay pasajes casi proféticos, como cuando el narrador presiente otro dentro de sí: “me llegaba la impresión de que mi vida era una variante de la vida de otro escritor más lúcido, inteligente, astuto, elegante y agudo que yo; no le conocía, pero confiaba en hablar y escribir bajo su dictado”, o cuando describe su obra como “el viaje frustrado del narrador o la metáfora de un viaje literario por el país del Autor”, o aquella imagen pesadillesca que cifra la obra futura de Vila-Matas: “la biblioteca volante de mis sueños se extendió, de pronto, como una gigantesca araña, abultando como un tumor monstruoso que oprimió mi cerebro como el mundo en expansión del delirio”.… Leer