Baudelaire vs los nuevos inquisidores

El bicentenario de Baudelaire (1821-2021) llega en un momento especialmente álgido de las relaciones entre moral y literatura, entre arte y censura, y quizá uno de los mayores provechos que podamos sacarle sea reflexionar, a la luz baudelairiana (o mejor, a su sombra), sobre estas espinosas cuestiones. Nadie como el autor de Las flores del mal está en mejor posición para recordarnos que ni la literatura ni el arte son un concurso de belleza moral, como tanto se pretende ahora.

Ingenuamente, tras los juicios por inmoralidad a Madame Bovary y Las flores del mal en Francia a mediados del siglo XIX, pensamos que la literatura y el arte no debían someterse a una doctrina moral y menos ser objeto de persecución y censura. Esa era una batalla que el arte parecía tener ganada: la de su autonomía moral. Claro está que a lo largo del siglo XX, desde totalitarismos de distintos signos, aparecieron de nuevo intentos de censurar obras artísticas, pero notablemente a partir de la segunda mitad del siglo, conjurados algunos de esos peligros, la opinión ilustrada occidental coincidía en que la literatura y el arte debían ser completamente libres y no estar sujetos a prohibición o censura. Al que lo intentaba le esperaba, más que una reacción airada, la burla y el ridículo. Ese consenso parece haberse roto (y la ruptura ha comenzado, previsiblemente, en los puritanos Estados Unidos, expandiéndose al resto de Occidente) y he aquí que estamos, en lo que aún es el principio del siglo XXI, censurando obras literarias y artísticas otra vez. Una nueva ola de inquisidores recorre el mundo. Naturalmente, tienen nuevos rostros, no son los adversarios típicos de la libertad artística del siglo XIX (digamos, la iglesia o la moral burguesa), pero a poco de rascar descubrimos que son los mismos, esto es, autoproclamadas autoridades morales, dogmáticas, intransigentes, que, con la excusa de proteger a la sociedad (a la que tratan como a un menor de edad, incapaz de decidir por sí mismo), se arrogan su tutela y proceden a decidir qué sí y qué no debe leer, ver, escuchar, etc. En última instancia, fomentarán la creación y difusión de obras que promuevan únicamente su visión del mundo. La última derrota de la literatura y el arte: no ser un fin en sí mismo, sino un medio de propaganda.

Ya para ellos, en 1857, Baudelaire escribía en “Nuevas notas sobre Edgar Poe”:

 

Ciertas gentes se figuran que el propósito de la poesía es una enseñanza cualquiera, que debe fortalecer la consciencia, o perfeccionar las costumbres, o, en fin, mostrar algo que sea útil… La poesía –por poco que se quiera adentrarse en sí mismo, interrogar su alma, despertar sus recuerdos de entusiasmo– no tiene otra meta que ella misma; no puede tener otra, y ningún poema podrá ser tan grande, tan noble, tan digno del nombre de poema como aquel que ha sido escrito únicamente por el placer de escribir un poema… Si el poeta ha perseguido un fin moral, ha disminuido su fuerza poética; no es imprudente apostar que su obra será mala.

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Diccionario Vila-Matas

 

¿Qué es el Diccionario Vila-Matas?

 

Quizá el indicio más claro de un gran escritor –de un gran artista, en general– sea la creación de un mundo propio. Leemos una página suya y de inmediato sabemos que estamos entrando en ese mundo, su mundo. Es, desde luego, una forma, un estilo, pero también un contenido, o sea, una serie de ideas, términos, temas, personajes, símbolos, referencias, obsesiones… Es, naturalmente, la mezcla indisociable de ambos.

La obra de Enrique Vila-Matas, una de las más originales de la literatura contemporánea, ha construido un mundo así. Abrir cualquiera de sus libros es entrar a un universo único: un universo portátil de shandys, bartlebys, suicidas, solteros, espías y femmes fatales; de capitales lo mismo en París y Barcelona que en Praga y Veracruz; de máscaras y ventrílocuos; de viajes y viajeros lentos; de citas y conferencias; de ficción y crítica; de fiesta y tedio; de vida y literatura. El Diccionario Vila-Matas pretende ser, ante todo, un homenaje a una obra, un tributo que nace de la admiración y el entusiasmo razonados de la crítica. Busca ofrecer al lector, al que apenas se interna en el mundo vilamatiano o al ya más o menos familiarizado con sus caminos, un mapa, una guía o, mejor aún, un compañero de viaje. De “Abismo” a “www.enriquevilamatas.com” es un itinerario personal y hedonista a lo largo de una obra leída y releída con pasión. Puede ser recorrido en orden, de principio a fin, o a salto de mata, según el interés y el humor; en su totalidad o fragmentariamente. Lo único que importa es que al final remita a la obra, que haga volver –con suerte con una comprensión más lúcida o una perspectiva enriquecida– al mundo único de Enrique Vila-Matas.

Siguiendo el ejemplo del autor, que como ningún escritor de lengua española ha sabido aprovechar las ventajas de internet, el Diccionario Vila-Matas comenzó su andadura en la red en 2015, en donde tuvo una favorable acogida por lectores y curiosos (primero en www.diccionariovilamatas.com y luego en www.pablosolmora.com). Se difundió a través de la página de la revista Letras Libres (www.letraslibres.com) y algunas entradas fueron retomadas por el sitio del propio Vila-Matas (www.enriquevilamatas.com), hecho que, por supuesto, honra al Diccionario. Hoy, revisado y enriquecido con algunas voces, aparece en su forma definitiva de libro, a lo que todo, según Mallarmé, tarde o temprano va a parar.

 

Prólogo a Diccionario Vila-Matas (Universidad Veracruzana, 2020), disponible aquí: http://libros.uv.mx/index.php/UV/catalog/book/2487

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Viaje alrededor de mi escritorio de Fernando Fernández

No recuerdo exactamente cómo fue que la marea de internet me llevó por primera vez al blog de Fernando Fernández, Siglo en la brisa (antes en http://oralapluma.blogspot.com/ y ahora en www.sigloenlabrisa.com), cuyo título proviene de unos versos de su admirado Gerardo Deniz (“Ningún mártir podrá / lo que un siglo en la brisa o un periplo de hormigas / llevándose los granos uno a uno”). Creo que fue a propósito de Salvador Elizondo –yo buscaba una imagen de su casa por un texto de Camera Lucida y la encontré ahí en una foto del propio Fernández– o quizá de López Velarde. El caso es que de inmediato reconocí un lector atento, curioso, con una sensibilidad peculiar que lo mismo se detenía en unos versos o una fotografía que en un gato o un árbol. Porque Siglo en la brisa es un blog fundamentalmente de lectura, lectura de textos, pero, más ampliamente, del gran libro del mundo. El internauta –o sea, cualquiera de nosotros– navega diario durante horas: lee noticias, busca información, trabaja, compra, se divierte, pierde el tiempo (mucho), pero al final del día es rara la jornada que reporte un verdadero descubrimiento, una página que verdaderamente valga la pena leer, y la rutina de la red acaba pareciéndose a la rutina a secas. Siglo en la brisa es uno de esos descubrimientos y esas páginas. En el alud de palabras en internet, y más concretamente en los blogs literarios, en donde todo parece igual, no siempre es fácil distinguir la verdadera escritura, la que se asume como un trabajo formal y que dignifica a la palabra y la crítica en medio de tanta palabrería.

Por eso celebro que el autor y Bonilla Artigas –editorial que se suele asociar a los trabajos académicos, pero que en su colección Las Semanas del Jardín, dirigida por Adolfo Castañón, parece buscar una orientación más literaria– hayan decidido hacer el honor de la imprenta al blog y publicado un volumen con sus mejores entradas, este Viaje alrededor de mi escritorio, que remite al clásico Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Maistre.

El libro es representativo de los intereses de Fernández y de Siglo en la brisa: la poesía, por supuesto, pero también la naturaleza, la amistad, la arquitectura, la fotografía, la ciudad, etc. Ajeno a modas y novedades, Fernández es un lector atento y riguroso, alejado de rigideces académicas, de poesía clásica española y moderna hispanoamericana: lo mismo Juan de Mena (el texto “De viaje con María Rosa Lida de Malkiel” es un magnífico ejemplo de su hedonismo lector) o Fernández de Andrada que Neruda o Deniz. Una de las mejores cosas que hace, y que se hace cada vez menos, es tomar un poema y leerlo cuidadosamente, verso por verso, analizándolo detenidamente y al alcance del lector común, como en “La rima número IX”. Hay en Fernández un amor al detalle verbal que revela la vocación poética y filológica (como se evidencia en “Si el oxim[ó]ron es tolerable”), pero esta sensibilidad es parte de una más amplia, no solo literaria, que fija su interés en lo aparentemente nimio: la hoja de un árbol, el retrato de un perro, las posibilidades miméticas de los limones, el uso de los ladrillos, el trinar de un pájaro. Nada hay insignificante, solo es cuestión de mirar con atención. Como la ya mencionada Camera Lucida de Elizondo, Viaje alrededor de mi escritorio revela una estética y una ética, una forma de ver y estar en el mundo.

El género de Siglo en la brisa y el Viaje es, por supuesto, el ensayo y no por nada se rinde el debido homenaje a Montaigne en sus páginas, a propósito de una visita a la célebre Torre. La cuestión que siempre me ha parecido crítica del ensayo en la red y específicamente en los blogs es la extensión. Reconozcámoslo, el lector de internet tiene prisa y, aun el que con un libro entre las manos es capaz de hacer una lectura pausada, a la hora de leer en una pantalla se resigna menos fácilmente a un texto largo y acelera el ritmo de lectura. Por eso siempre he pensado que el blog debe privilegiar los textos cortos y evitar asestarle al hipócrita lector un ensayo de varias páginas que tendría mejor recepción en otros espacios. La brevedad debe ser la premisa del ensayo literario en forma de blog (lo he intentado yo mismo en El Leedor, en  www.pablosolmora.com). Aunque en Siglo en la brisa hay textos de distintas extensiones, Viaje alrededor de mi escritorio ha privilegiado los ensayos de formato más clásico, de libro, aunque ninguno es demasiado largo. Un grato complemento del volumen son las imágenes, que desde luego el blog permite usar más libremente (en el antiguo http://oralapluma.blogspot.com/ había incluso, a mi juicio, un exceso de imágenes, cuyo uso parece ahora más sobrio en www.sigloenlabrisa.com y es el justo en el Viaje).

Fernández es un amante de los árboles y coleccionista de sus hojas (dos de los textos más felices del libro son “Mi cuaderno botánico” y “Árboles comunes de la Ciudad de México”), que ha ido recogiendo en diversos paseos. Tengo la impresión de que lee y escribe como pasea y junta las muestras para su colección: en primer lugar, por el placer de hacerlo, sin una meta fija ni un fin ulterior; en segundo, con amorosa atención al detalle. En esa tesitura, la hoja del arce romano recogida en el lungotevere no es menos digna de interés que la rima de Bécquer en la hoja de papel. Un Viaje alrededor de mi escritorio parecería, de entrada, un viaje no muy variado, más modesto aun que su modelo alrededor de un cuarto, pero, como el lector podrá comprobar, siendo el espacio de la escritura, en el escritorio cabe el mundo entero.

 

Originalmente publicado en http://www.criticismo.com/viaje-alrededor-de-mi-escritorio/

 

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Decálogo del imperfecto reseñista

I. Reivindica la reseña como género literario.

La reseña es la forma básica e indispensable de la crítica literaria. Es un género literario menor, pero un género en sí mismo, con sus formas y características propias. Es preciso darle esa dignidad y practicarla con miramiento y consideración.

II. Cuida la prosa: escribe lo mejor posible.

Corolario del anterior, si la reseña es un género literario, debe estar escrita con la misma exigencia y esmero formales que cualquier otro género. Si está excelentemente escrita, será literatura ella misma.

III. Investiga sobre el autor, su obra y su tradición literaria: contextualiza.

No basta leer el libro reseñado en cuestión. Es preciso hacer una mínima investigación sobre el autor, el resto de su obra, sus influencias, sus parentescos literarios, su mundo histórico y cultural. Las mejores reseñas son un pequeño ensayo sobre el escritor y su obra.

IV. Cita el libro.

Es fundamental ofrecer al lector pasajes de la obra para que tenga una impresión directa de su contenido y su estilo. Hazlo selectivamente, buscando fragmentos clave. No cites sin ton ni son.

V. Argumenta y ejemplifica lo que afirmes respecto al libro.

Sea positivo o negativo lo que escribas, fundaméntalo. Si afirmas que el autor es un gran constructor de personajes, explica cómo están construidos; si dices que su estilo es ampuloso y grandilocuente, pon ejemplos.

VI. Critica, o sea, examina, explica, comenta, juzga, no solo parafrasees o resumas, elogies o vituperes.

Criticar es, ante todo, comprender, dilucidar, analizar y, en última instancia, emitir un juicio. No solo repitas lo que ya dice el libro o lo cubras de elogios o denuestos sin justificación.

VII. Sé equilibrado.

Pondera las virtudes y los defectos.

VIII. Cultiva un estilo personal.

Es la marca del gran crítico o del maestro de lectura, un gusto y una voz propios, pero no se adquieren fácilmente. Es preciso irlos construyendo con tiempo y paciencia.

IX. Revisa y corrige.

Cada palabra, cada frase, cada párrafo, la reseña completa. La buena escritura es reescritura. No te conformes con la primera versión. Relee cada cosa que escribas y pregúntate si no puede quedar mejor. Haz el esfuerzo.

X. Relee este decálogo.

I. Reivindica la reseña como género literario…

 

Publicado originalmente en http://www.criticismo.com/editorial-decalogo-del-imperfecto-resenista/

 

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Johnsoniana

Si un hombre no hace nuevas amistades conforme avanza en la vida, pronto se encontrará solo. Un hombre debe mantener su amistad en constante reparación.

 

La pereza es un mal que debe ser combatido, pero yo no aconsejaría una rígida adherencia a un plan de estudios en particular. Yo mismo no he persistido en un plan más de dos días seguidos. Un hombre debe leer según su inclinación; lo que lea por obligación le aprovechará poco.

 

Resuélvete y mantén tus resoluciones; elige y persiste en tu elección. Si pasas el día de hoy estudiando, te encontrarás en mejor disposición de estudiar mañana; no debes esperar alcanzar la victoria de una sola vez. La relajación no se supera fácilmente. La resolución a veces se afloja y la diligencia algunas veces se interrumpe, pero no permitas que ninguna desviación o sorpresa accidental, larga o corta, te desalienten. Considera estos fracasos un incidente común a toda la humanidad. Comienza de nuevo donde lo dejaste y esfuérzate en rechazar las tentaciones que te vencieron antes.

 

La vida no es larga y no hay que pasarse mucho tiempo deliberando cómo la vamos a emplear. La deliberación, que comienza como prudencia y se prolonga como sutileza, concluye, tras mucho pensar, en la suerte.

 

Sea lo que sea que la filosofía determine sobre la naturaleza material, es verdad que a la naturaleza intelectual le repugna el vacío; nuestras mentes no pueden estar vacías y el mal irrumpirá en ellas si no están ocupadas con el bien.

 

Un hombre prefiere que se digan cien mentiras sobre él que una verdad que no desea que sea dicha.

 

El patriotismo es el último refugio de un canalla.

 

No esperes razonar por completo todos tus problemas; no los alimentes con la atención y se diluirán imperceptiblemente. Fija tus pensamientos en tus ocupaciones, llena tus intervalos con compañía y volverá a brillar el sol en tu mente.

 

No hay nada contra lo que un viejo deba ponerse tanto en guardia como dejarse cuidar como un niño.

 

Lo que leemos por gusto causa una impresión más fuerte. Si leemos sin gusto, la mitad de la mente se emplea en fijar la atención, así que no queda sino la mitad para emplearse en lo que leemos.

 

La vida es una carrera de deseo en deseo, no de gozo en gozo.

 

La vida no admite demoras; cuando el placer puede ser alcanzado, hay que tomarlo. Cada hora se lleva parte de las cosas que nos causan placer y quizá parte de nuestra capacidad de sentirlo.

 

Cuidémonos de pensar que se acaba la felicidad sobre la tierra cuando somos nosotros los que nos volvemos viejos o somos infelices.

 

Cuando un ataque de ansiedad, de melancolía u otro tipo de perversión mental se apodere de ti, oblígate a no hacerlo público quejándote y esfuérzate en esconderlo; así se alejará. Mantente siempre ocupado.

 

El clarete es un licor para niños; el oporto, para hombres, pero aquel que aspira realmente a ser un héroe debe tomar brandy.

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The Life of Samuel Johnson de James Boswell

Contra mi costumbre, termino un año y empiezo otro leyendo el mismo libro; en este caso, The Life of Samuel Johnson, que me pareció un buen cierre para un año en el que leí varias biografías. Debo admitir que sus más del mil páginas me han costado más trabajo del que parecía en un principio. Con cierto hábito de leer, es difícil elegir una lectura que se vuelva fatigosa y se prolongue demasiado, pero esto es precisamente lo que me ha pasado con la obra de Boswell, lo que no deja de ser una lección de humildad lectora.

En realidad, The Life of Samuel Johnson no es tanto un libro para leerse de corrido, sino para abrirlo en cualquier página y hallar una anécdota o un dicho memorables. ¿A qué se debe la fatiga que causa? En primer lugar, a la falta de autoedición, de selección. Boswell pone todo lo que le escuchó al Dr. Johnson y la mera acumulación de historias y conversaciones se vuelve árida y monótona. En general, estoy en contra de versiones abreviadas de clásicos, pero este es uno que se beneficiaría mucho de una selección. Sin embargo, habría que recordar primero lo que en las letras inglesas del siglo XVIII se entendía por a life, no una biografía moderna, sino las memorias de una persona sobre cierto individuo. Para esto, era indispensable haberlo conocido personalmente o, en su defecto, hacerse de la mayor cantidad de anécdotas y frases a través de gentes que sí lo hubieran tratado. No había la intención psicológica de la biografía moderna de explicar al biografiado a partir de unas cuantas experiencias claves, sino de acumular el mayor número de testimonios de sus acciones y palabras.

Aparte de esa falta de selección, me temo que el propio personaje de Johnson acaba por volverse cansado y algo irritante. Johnson, que dominó la literatura inglesa del siglo XVIII, se hizo célebre principalmente por su Diccionario, su edición de Shakespeare, sus ensayos en The Rambler y sus Vidas de poetas. Fue, ante todo, un crítico, un lexicógrafo, un filólogo, un biógrafo. En el mismo siglo en que, en Francia, despuntaba la Modernidad filosófica, Johnson era un cristiano (anglicano) conservador e intransigente que pertenecía más al pasado que al futuro. Fue un gran conversador y polemista y The Life es principalmente la reproducción de su conversación, pero pronto el lector advierte que era de esos conversadores algo sofistas que a veces buscan más el brillo o el triunfo que la verdad y que argumentan en contra de lo que escuchan solo por el gusto de discutir. En sus peores momentos, se convertía en un auténtico bully verbal, a lo que contribuían su corpulencia física y el volumen de su voz. A pesar de estos defectos, la imagen moral de Johnson que lega Boswell –que no es el menor misterio de la obra, el hombre con vocación de devoto que bebe las palabras del Maestro y al que este no deja de maltratar alguna vez– es positiva: un hombre temperamental, polémico, a veces iracundo o injusto, pero fundamentalmente noble y generoso. Lo supo ver bien Goldsmith, que también fue su admirador y su víctima: “Johnson, seguro, tiene algo de rudeza en sus modales, pero ningún hombre vivo tiene un corazón más tierno. Del oso no tiene más que la piel”.

Dejo para la siguiente entrada –esta ya se extendió demasiado– algunas sentencias y bons mots del célebre Doctor.

 

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Lo que fue presente de Héctor Abad Faciolince

Leo Lo que fue presente, los diarios del colombiano Héctor Abad Faciolince. No es usual que los escritores hispanoamericanos lleven un diario y menos que lo publiquen en vida. Hay que decir que hace falta valor, sobre todo tratándose de uno tan íntimo como este. Abad Faciolince es autor de varias novelas que no he leído (y que, por las descripciones, no creo leer) y de una memoria que es, al parecer, su mejor obra, El olvido que seremos, sobre su padre, Héctor Abad Gómez, médico y activista asesinado por los paramilitares en 1987, hecho evidentemente decisivo en la vida del hijo. Tenía la impresión –algo injusta, pero que la lectura no desmiente del todo– de que era un autor típicamente alfaguaresco: exitoso, comercial, fácil, más bien light (el sello editorial, que mezcla autores consagrados con basura que intenta hacer pasar por literatura seria, se ha ganado la desconfianza a pulso). Lo que fue presente tal vez no pase a la historia de los grandes diarios –nada qué ver, digamos, con Los diarios de Emilio Renzi de Piglia, publicados también hace poco–, pero es un diario interesante, chismoso, bien escrito, que muestra realmente la intimidad de un hombre y que acaso sea mejor que esas novelas que no leeré.

A propósito de un libro del venezolano Antonio López Ortega, Abad anota hacia el final del diario: “toda lectura es un pretexto, uno en el libro se lee a sí mismo, se refleja”. Si eso es cierto de todos los libros, lo es aún más en el caso de los diarios. Es imposible leer un diario y no confrontar la experiencia leída con la propia: leernos a contraluz. Esto es lo que ocurre con Lo que fue presente, que abarca de 1985 al 2006, o sea, entre los veintisiete y los cuarenta y siete años del autor. No es un mérito literario menor, por cierto, llevar un diario durante veinte años (y doy por hecho que Abad nos ahorró prudentemente los diarios de adolescencia y primera juventud, pero que seguramente existen).

Por un lado, Lo que fue presente da cuenta parcial de cómo el autor se hizo escritor, pese a no pocos obstáculos (la violencia, el exilio, la vida familiar, las penurias económicas, etc.); más frívolamente, cómo se hizo un escritor reconocido y exitoso. Incomoda un poco, a ratos, esa ambición. En alguna ocasión, una amante furibunda le espeta a Abad (y hay que reconocerle la valentía de contarlo) que lo que él realmente busca es la fama y el éxito; tal vez no andaba tan desencaminada. Por otro lado, narra la vida amorosa y familiar del escritor y este es, creo, el mejor aspecto del diario porque se lee como una novela tragicómica de amores y desamores que da una idea clara de los dilemas eróticos del hombre latinoamericano de finales del siglo XX o, más precisamente, del hombre latinoamericano de clase media aspirante a escritor de finales del siglo XX. Esta nota se centra en ese aspecto.

Al principio encontramos a Abad prácticamente casado (a los veintisiete, la cosa no pinta bien) y con una hija pequeña. Literalmente en la segunda y tercera páginas del diario sale a relucir ya el que será uno de sus grandes motivos: la tentación, la infidelidad, el engaño. A los cinco años, y con otro hijo en camino, Abad escribe esta demoledora estampa de la vida doméstica:

 

Al entrar a la casa se me salieron las lágrimas. Como si toda mi vida real, la vida que llevo, fuera un completo error. Daniela e Irene (la cárcel del amor conyugal), la incipiente barriguita de Irene, los tapetes persas de la abuela Tecla, la trucha cultivada, el puré de papas en polvo, la obsesiva persecución del noticiero, los albañiles que trabajan en el piso de arriba y martillan sobre mi conciencia.

 

Comienza entonces un círculo vicioso en el que el hartazgo, el ansia de fuga y una que otra infidelidad alternan con los remordimientos y la culpa. El diarista se denigra a sí mismo, pero no es difícil ver en esa denigración una suerte de autoexpiación complaciente no exenta de melodrama: “no me siento mal, me siento peor, me siento un monstruo que no es capaz de no serlo… Vivir con un tipo como yo es la peor tortura. Vivir con verdugo. Con tu verdugo”. Al final de ese mismo año, apunta: “Hoy me voy para Colombia. Enamorado de Irene otra vez. Totalmente enamorado de mis hijos. Esposo y padre sereno, otra vez”. Pero la serenidad no dura mucho… (antes de ponerse demasiado irónico, debo decir que da la impresión de que Abad ha sido un excelente padre, uno de esos progenitores amorosos, cálidos, hasta bonachones).

Tras algunos affaires irrelevantes, Abad conoce al segundo (¿o sería tercero?) amor de su vida. Comienza entonces una relación gratificante y tormentosa que, previsiblemente, se convertirá en una segunda cárcel. Antes de eso, otra vez la culpa: “El virus terrible de estar enamorado de otra. Un monógamo se ha enamorado de otra, y no es capaz de no sentir ese amor, no es capaz de no renunciar a la monogamia que había decidido, así sepa que al hacerlo le rompe, más que el corazón, la vida a otra persona. Me convenzo de lo peor que puede sentir una persona ética: me convenzo de que soy un asesino y que no bastará treinta años de cárcel para sanar mi culpa”. Sobra decir que el protagonista de Lo que fue presente no es un frívolo casanova que seduce una mujer tras otra: él se enamora sinceramente y se apasiona (y la respuesta a cuál de los dos puede hacer más daño es menos obvia de lo que parece).

Uno de los grandes dilemas de Abad que recorre el diario es: ¿cómo dedicarse a escribir en medio de las responsabilidades de la vida familiar, con esposa e hijos, pañales, tareas y juguetes regados en el piso? Tras haberse sacudido, no sin dolor propio y ajeno, los obstáculos de la escritura, reflexiona:

 

Mi mayor suerte como escritor son mis largas horas de ocio despreocupado. Es ahí donde puedo ver algo distinto. Lo otro, la vida real, es mero ajetreo. Para empezar a escribir me bastan pocos estímulos: soledad, silencio, no música, cero interrupciones, nada de distracciones: ni TV, ni periódicos, ni amigos, ni hijos, ni esposa… La escritura exige una especie de monogamia absoluta: conmigo y nadie más. Por eso Irene me ha acusado siempre de que me interesa más la escritura que mis hijos. No, me interesan más mis hijos; pero con mis hijos no puedo escribir.

 

Hacia el final, y con el protagonista en una nueva etapa erótica (ya sin compromisos y de un libertinaje inocente), se va abriendo paso una sabiduría desencantada para la que acaso no era necesario pasar y hacer pasar tantas miserias. Tres muestras, a manera de conclusión:

 

Es la tragedia de la humanidad domesticada: el cansancio de hacer siempre el amor con la misma persona, la tragedia de que lo familiar se nos vaya volviendo asexual.

 

Los matrimonios, como las cajas de las medicinas, deberían venir con una fecha de caducidad: “No consumar después del 15.01.2009”.

 

El matrimonio está sometido a la tragedia biológica de la costumbre. Detrás del agobio de la convivencia está esa nube negra. Cuando veo a las parejas pelear de cierta forma, siempre pienso lo mismo: han perdido la atracción entre ellos; uno de los dos, o los dos, ya no tienen ganas de hacer el amor, y tampoco se ha resignado a que no lo harán más.

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Sombras en el campus de Malva Flores

A Sombras en el campus lo preside un epígrafe del recientemente desaparecido George Steiner: “si es honrado consigo mismo, el crítico literario sabe que sus juicios no poseen validez duradera, que pueden almacenarse mañana. Solo una cosa puede dar a su obra la medida de la permanencia: la fuerza o la belleza de su estilo. En virtud del estilo, la crítica puede convertirse en literatura”. El hecho es significativo porque el libro postula una idea –mejor, una poética– de la crítica y la enseñanza que mucho tiene en común con la del autor de Tolstoi o Dostoievski.

Precisamente Steiner, en un ensayo escrito a mediados de los turbulentos sesenta, cuestionaba el estado de la enseñanza y el aprendizaje de las letras en la universidad, comparándolo desfavorablemente con el de las ciencias o la economía: “Hay que ser un optimista incorregible o poseer el don de engañarse a sí mismo para sostener que todo está bien en el estudio y enseñanza de la literatura… Hay un visible malestar en ese campo, el sentimiento de que algo no va bien o de que algo hace falta”. El ensayo en cuestión, titulado “La formación de nuestros caballeros” (incluido en Lenguaje y silencio) no era particularmente optimista y concluía categóricamente: “Enseñar literatura como si se tratara de un oficio superficial, un programa profesional, es peor que enseñarla mal. Enseñarla como si el texto crítico fuera más importante, más provechoso que el poema, como si el examen final fuera más importante que la aventura del descubrimiento privado, la digresión apasionada, es lo peor de todo”.

A Steiner no le faltaban entonces motivos de preocupación, pero quizá apenas habría podido barruntar lo que se vendría porque, de hecho, las cosas para la enseñanza de las letras en la universidad iban a ponerse peor, mucho peor. Se extendía ya por entonces, sobre todo en la academia norteamericana, la ola de hiperteorización de los estudios literarios que volvería al poema o la novela apenas un pretexto para usar tal o cual teoría y, no menos importante, se sembraban las semillas de las llamadas “guerras culturales” que cuestionarían los fundamentos mismos de lo que Steiner entendía por literatura y crítica. Hoy nos seguimos debatiendo en los lodos de aquellos polvos.

Fundamentalmente poeta, diversas circunstancias han llevado a Malva Flores al mundo académico, pero nunca ha perdido su esencia literaria, razón por la que se sigue sorprendiendo e indignando por cuestiones a las que otros académicos se resignan sin mayor problema o, peor aún, no pueden concebir de otra forma. Entre ellas, por ejemplo, la despersonalización del ensayo de crítica literaria, la ausencia del yo crítico. Por eso escribe en “Atila o las fronteras del ensayo”: “no podemos, yo no puedo, escribir sobre un asunto que no nos competa de manera personal. En cada una de las palabras que ensayamos existe ese elemento íntimo que nos conecta con lo que hacemos, así nuestro ensayo hable de las moscas, de la literatura, del futbol, la política o de las variadas formas de escribir un soneto. Hacer lo contrario es simular. Solo si en el tubo de ensayo incluimos la sal y la pimienta de nuestras aversiones, deseos o admiraciones, podremos de allí obtener un elemento nuevo cuyo único propósito será compartir una charla por escrito y hacernos pensar”.

En el fondo se encuentra la convicción –que debería ser obvia, pero que la prosaica realidad escolar se empeña en desmentir una y otra vez– de que dedicarse a la crítica y la enseñanza de la literatura no es una carrera entre otras, no es una mera opción profesional o laboral, sino una cuestión vital. Un verdadero crítico o profesor de literatura no tiene una simple “área de interés”, una “línea de investigación” o un “marco teórico”: tiene una forma de vida y una visión del mundo o debería dedicarse a otra cosa. Steiner, por cierto, consagró a este tema –el de la enseñanza– uno de sus libros más punzantes, Lecciones de los maestros, donde escribió: “Despertar en otros seres humanos poderes, sueños que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos: esta es una triple aventura que no se parece a ninguna otra… Es una satisfacción incomparable ser el servidor, el correo de lo esencial, sabiendo perfectamente que muy pocos pueden ser creadores o descubridores de primera categoría”.

A Malva Flores preocupan e irritan dos aspectos de esta malaise que recorre los estudios literarios: uno tiene que ver con el lenguaje y otro con el juicio. El primero salta a la vista. Basta abrir casi al azar una tesis de doctorado o de maestría, hojear el trabajo final de un curso o un artículo en una revista académica de literatura: ¿así enseñamos a escribir, en serio?, ¿así queremos que escriban nuestros estudiantes?, ¿esa prosa hinchada, pretenciosa y hueca va a pasar por crítica literaria? Las primeras cosas que debería respetar alguien que se dedica a la literatura son el lenguaje, la forma y el estilo Si no vamos a cuidar las palabras, ¿qué vamos a cuidar? El segundo, tratado en “Apuntes sobre el juicio literario”, presenta hoy una situación paradójica. Por un lado, cierta academia promueve una asepsia crítica, una casi extinción del juicio intelectual, en aras de una malentendida noción de respeto (esto puede llegar a extremos delirantes en el aula en los que un profesor debe tener mucho cuidado con señalar un error porque la clase parte de la premisa de que “todas las opiniones son válidas” y, claro, cuando todo puede ser verdadero, nada es verdadero). Malva Flores advierte: “desde la academia hemos ocultado la verdad con ‘palabras’ feas, insípidas, quirúrgicas. Todo sea por el bien común. Pero hay allí una simulación que debería aterrorizarnos como individuos, como sociedad y como especie”. Por otro lado, y este es el núcleo de la paradoja, se promueve activamente el juicio –no intelectual, estético o literario– de la obra de un autor, sino el moral de su persona (¿fue un buen padre?, ¿cómo trataba a sus novias?, ¿le pegaba a su gato?) y se procede a juzgarlo sumariamente a partir de esto. Malva se pregunta: “¿Así leemos? ¿La literatura se ha convertido en documento, materia sociológica o presentación de cargos judiciales solamente?”.

Una de las inquietudes centrales de Sombras en el campus tiene que ver con el lugar que ocupa –o, me temo, ocupaba– la crítica literaria en la vida pública. Malva Flores tiene claro que una crítica confinada al campus, sin contacto con el exterior, prácticamente ha perdido su razón de ser. Es lógico y hasta encomiable que la crítica literaria académica se ocupe de autores y obras que no son del interés mayoritario y que produzca obras especializadas y eruditas que necesariamente habrán de interesar a muy pocos. El problema empieza cuando pierde todo contacto con la vida pública y renuncia a tener algo qué decir al lector común y al ciudadano de a pie. Ya lo advertía, a fines del siglo pasado, un crítico tan agudo como Ricardo Piglia: “la crítica literaria es la más afectada por la situación actual de la literatura. Ha desaparecido del mapa. En sus mejores momentos –en Yuri Tiniánov, en Franco Fortini o en Edmund Wilson– fue una referencia en la discusión pública sobre la construcción de sentido en una comunidad. No queda nada de esa tradición. La lectura de los textos pasó a ser asunto del pasado o del estudio del pasado”.

Este retraimiento de la crítica representa un auténtico suicidio y una traición a su vocación. Los críticos literarios –los humanistas, en general– no deberíamos sorprendernos e indignarnos de que se cuestione nuestro papel y aportación en la universidad si despreocupadamente renunciamos a nuestra presencia social. Malva Flores lo había señalado en otro de sus libros, Viaje de Vuelta: “¿para quién se escribe? o ¿para quién se habla? La simpleza de la respuesta no invalida su veracidad: el profesor habla para sus pupilos, el teórico para sus colegas. El crítico, el hombre de letras, el intelectual, habla para nosotros: los ciudadanos”.

La crítica literaria que defiende Malva Flores asume plenamente su subjetividad y hasta su –palabra maldita hasta hace no mucho en la jerga académica– impresionismo. Toda crítica, en realidad, está hecha de impresiones (siempre y cuando no se entienda por ellas ocurrencias o juicios superficiales). El lector que lee un texto va formándose una serie de impresiones sobre el mismo que están determinadas por su inteligencia y su atención, su horizonte intelectual, sus lecturas previas, el conocimiento que pueda tener del autor y su contexto, su capacidad de establecer relaciones, etc. Cuando nosotros leemos el Primero sueño o el Ulises tenemos una serie de impresiones; cuando Antonio Alatorre o Richard Ellmann leen esos mismos textos tienen otra serie de impresiones. Lo más probable, sin embargo, es que por su capacidad y experiencia lectoras, sus impresiones sean infinitamente más inteligentes, más profundas, más completas que las nuestras, pero no dejan de ser impresiones. La autora aboga por lo que denomina, con una metáfora que se puede malinterpretar fácilmente, la crítica selfie, o sea, aquella que se afirma personal y hasta autobiográfica, y no teme hacer de la crítica literaria un ejercicio de entusiasmo o admiración, a contracorriente del que piensa que la crítica debe ser esencialmente negativa o un análisis frío y aséptico. Por eso previene al lector: “seguiré escribiendo elogios, admiraciones críticas, confiando ilusamente en que aún existe una rara comunidad, conocida antiguamente como ‘los lectores’ ”.

Nosotros confiamos –estamos seguros– de que lo seguirá haciendo.

 

Publicado en http://www.criticismo.com/sombras-en-el-campus-notas-sobre-literatura-critica-y-academia/

 

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Perseguir la noche de Rafael Pérez Gay

Leo de un tirón Perseguir la noche de Rafael Pérez Gay. Cuando apareció en las mesas de novedades en 2018 me llamó la atención porque la contraportada anunciaba que trataba de Julio Ruelas, pero entonces no me animé a comprarlo; ahora, apenas dos años después, aparece en las de saldos (este es, me temo, el ciclo de vida estándar de un libro de una editorial comercial en la actualidad: unas cuantas semanas en la mesa de novedades, algunos meses en los estantes, última oportunidad en saldos y trituración).

En realidad, Ruelas figura poco en el libro –junto con otros modernistas: Tablada, Couto, Ceballos–, en el esbozo de una novela que planea el narrador, y este trata más bien de la experiencia de Pérez Gay con la enfermedad y el dolor. Por esto, sobre todo, es que vale la lectura. Es la crónica del calvario del cáncer; del infierno de los hospitales, los análisis, las esperas, los diagnósticos, las sondas, las operaciones, etc. Las descripciones de ciertos procedimientos hacen que el lector se remueva en su asiento con un escalofrío.

El autor, afortunadamente, logró salir de ese infierno (léase otra experiencia similar en Morir más de una vez de Álvaro Uribe, escritor de la misma generación de Pérez Gay), aunque uno tiene la impresión de que quien se recupera de una enfermedad grave nunca se recupera del todo, nunca vuelve a ser el mismo, vive prevenido y como a la espera. Lo dice el narrador: “no sé que quedó de mí después del cáncer. Para empezar, un sobreviviente, un coleccionista de dudas a la espera de una cita, un rendez-vous, dirían los decadentes”.

La noche del título es la que perseguían los modernistas en sus correrías por bares y burdeles a fines del siglo XIX, es la que persigue el narrador emulándolos y la de su insomnio durante la enfermedad, pero quizá sea más exacto su revés: la noche lo persigue a uno, a todos.

 

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Victorianos eminentes de Lytton Strachey

Hace años tenía la costumbre de anotar la fecha en que compraba un libro en la parte superior de la página legal. Por eso sé que Victorianos eminentes de Lytton Strachey lo compré en abril de 1996. Lo leo ahora, veinticuatro años después. Que pase tanto tiempo entre la adquisición de un libro y su lectura no escandaliza al que lee y compra libros regularmente. Todos son una lectura en potencia. Diría que a cada libro adquirido le llega su momento, pero sé que hay muchos a los que no les llegará nunca. Lo dijo mejor Borges: “y del alto de libros que una trunca / sombra dilata por la vaga mesa, / alguno habrá que no leeremos nunca”.

En fin, que Victorianos eminentes sí lo he leído. Por Strachey sentía simpatía desde que vi la película Carrington de Christopher Hampton –que debió haberse llamado Strachey– donde tiene un papel preponderante y es magistralmente interpretado por Jonathan Pryce. Aunque autor de varios libros, Strachey es fundamentalmente el de Victorianos eminentes, con el que reformó el género biográfico. En el prefacio, critica el estado de la biografía en su tiempo: “Aquellos dos gruesos volúmenes, con los que es nuestra costumbre recordar a los muertos. ¿Quién no conoce su masa de información mal digerida, su estilo descuidado, su tono panegírico tedioso, su lamentable falta de selección, de independencia de criterio, de construcción?”. Strachey reconoce haber aprendido mucho de ellos por vía negativa, o sea, haciendo lo contrario. En primer lugar, compactando, reduciendo los dos volúmenes a cincuenta cuartillas; esto lo lograba seleccionando, eligiendo lo significativo y haciendo a un lado lo trivial. En segundo lugar, criticando, negándose a componer hagiografías.

Al lector que se acercara a Victorianos eminentes sin mayor idea del tono o la intención del libro, le aguardaría una sorpresa. Comenzaría esperando leer la vida más o menos ilustre de cuatro personajes distinguidos (el cardenal Manning, Florence Nightingale, Thomas Arnold y el general Gordon) de uno de los periodos más brillantes de la historia inglesa. Poco a poco se iría dando cuenta de que los eminentes victorianos no eran tan eminentes o, mejor dicho, que su eminencia no excluía la eminente ambición, la eminente hipocresía, la eminente neurosis, el eminente fanatismo y el eminente ridículo, y que el verdadero propósito del biógrafo es desmitificarlos y desnudar a la sociedad que los encumbró. Para esto se vale principalmente de la ironía y el humor. En el trasfondo de la biografía, se deja ver una concepción de la historia como un amasijo caótico de contradicciones, malentendidos, disparates, equivocaciones y casualidades.

Strachey concibe el género como una pieza literaria –que lo es– y parece importarle más la consecución de una narración y un personaje redondos que el rigor histórico. Actualmente pensaríamos que se toma demasiadas libertades. El gran reto de la biografía moderna, mezcla indisoluble de historia y literatura, es conjugar la fidelidad histórica con la construcción literaria.

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Virginia a los 44

Leo Virginia Woolf. Vida de una escritora de Lyndall Gordon. Coherente con la crítica al género hecha por Woolf, no es una biografía convencional, saturada de fechas y cambios de domicilio. Más bien trata de desentrañar la vida interior de la escritora y encontrar ahí las claves de la obra (dicho sea de paso, escribir la biografía de un escritor solo tiene sentido si nos permite comprender mejor la obra, que es la razón por la que se hizo biografiable en primer lugar).

El género biográfico estuvo ligado a Woolf desde su infancia, cuando fue testigo de cómo su padre componía las decenas de pequeñas biografías del Dictionary of National Biography. Ella misma escribiría después la biografía del pintor Roger Fry, que no la dejó satisfecha, y varias de sus novelas adoptan la forma de la biografía ficticia (Orlando y hasta Flush, donde el biografiado es un cocker spaniel). Aunque nunca emprendió una gran biografía y era ante todo una novelista, Woolf pensó muy agudamente sobre el género. Por eso escribió: “el arte de la biografía se encuentra en su infancia”.

Sin embargo, el motivo de esta nota no es su crítica al arte biográfico ni la obra de Gordon, sino algo más trivial y personal: sus reflexiones a los cuarenta y cuatro años, que no pudieron sino llamarme la atención. El 23 de noviembre de 1926, escribió en su Diario:

 

La vida, como llevo diciendo desde que tenía diez años, es increíblemente interesante –y si en algún sentido cambia, es para hacerse más vivaz, más intensa, a los cuarenta y cuatro años que a los veinticuatro– más desesperada, supongo, a medida que el río se acerca al Niágara –esa es mi nueva visión de la muerte. «La única experiencia que jamás describiré», le dije ayer a Vita.

 

Amén, Virginia.

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«Franco ha muerto, trabajo normal»

Leo la columna de hoy de Ignacio Martínez de Pisón en La Vanguardia (que tiene un estupendo equipo de columnistas, dicho sea de paso, que concibe el género como una pieza literaria más que solo periodística: Joaquín Luna, Sergi Pàmies, Quim Monzó, Martínez de Pisón, etc.). Se titula “La Barcelona de anteayer” y trata de los diarios que un barcelonés de a pie de nombre Hilari, empleado de Telefónica, llevó toda su vida y que fueron descubiertos en un mercado por Albert Forns. Hilari era un hombre ordinario, pero que se dedicó a registrar minuciosamente durante años sus días laborales, comidas, salidas al cine, compras, amores y consignar de vez en cuando los acontecimientos históricos: el diario de una persona normal.

Lo traigo a colación aquí porque, sin saberlo, Hilari repite un gesto, comentado en la entrada anterior, que lo emparienta con Kafka y Joyce. El día que murió Franco (20 de noviembre de 1975), anotó: “Franco ha muerto, trabajo normal”. Kafka y, sobre todo, Joyce, que tanto amor sentía por el hombre común y corriente, lo habrían aprobado. Más allá de la coincidencia, llama la atención ese cotejo entre los grandes acontecimientos, la Historia, y la vida personal, con claro saldo a favor de esta última. ¿No es siempre así?, ¿no, en el fondo, lo que importa son los pequeños acontecimientos de las vidas personales y no el ruido de los Hechos Históricos?

La columna, aquí: https://www.lavanguardia.com/opinion/20201009/483947782566/la-barcelona-de-anteayer.html

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Kafka, Joyce y la Gran Guerra

Archicitada por Vila-Matas, es bien conocida la entrada del diario de Kafka del 2 de agosto de 1914 sobre lo que después se conocería como la I Guerra Mundial: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, fui a nadar” (en realidad, la cita original dice: “por la tarde, Escuela de Natación”). Suele leerse como una muestra del desdén de Kafka por la guerra –en realidad sí le preocupaba– y, más ampliamente, de la suprema indiferencia del artista hacia la historia.

Pensaba que era insuperable hasta que, leyendo el James Joyce de Richard Ellmann, me encuentro la siguiente anécdota: Joyce –a quien la historia contemporánea nunca importó demasiado– acababa de regresar a Trieste tras el conflicto, en 1919, y se topó con un ex alumno suyo de inglés, un tal Oscar Schwarz. Este le preguntó: “¿Cómo pasó usted los años de la guerra, profesor?”. Joyce contestó: “Ah, sí, me dijeron que había una guerra en Europa”.

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Lectura de la empresa 84 de las Empresas políticas de Diego Saavedra Fajardo

No es novedad observar que el pensamiento y la obra de Diego Saavedra Fajardo (1584-1648) son profundamente representativos de la crisis social, ética e intelectual del Barroco y de aquello que José Antonio Maravall, en un artículo clásico de la bibliografía saavedriana, denominó la “moral de acomodación”. Dividido entre las exigencias reales de la política y los ideales morales del cristianismo, entre el pesimismo antropológico –“y si bien se hallan en el hombre, como en sujeto suyo, todas las semillas de las virtudes y las de los vicios, es con tal diferencia, que aquellas ni pueden producirse ni nacer sin el rocío de la gracia sobrenatural, y estas por sí mismas brotan y se estienden, efecto y castigo del primer error del hombre”– y la convicción de que es posible actuar sobre los hombres y sus circunstancias, entre la conciencia de la adversidad del mundo y la naturaleza y la capacidad humana para modificarlos, Saavedra Fajardo da cuenta de una inteligencia escindida, eminentemente moderna, entre extremos a veces irreconciliables, pero en permanente búsqueda de adaptación. El propósito de este artículo es llevar a cabo una lectura detenida de la empresa 84 de las Empresas políticas (1642), articulada alrededor de los binomios dignitas hominis-técnica y prudentia politica-diplomacia, que examine esta tensión que caracteriza la obra de don Diego.

 

https://www.ehumanista.ucsb.edu/sites/default/files/sitefiles/ehumanista/volume45/ehum45.sol.pdf

 

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El triunfo de Novo

Casualmente, en fechas recientes leí un par de libros sobre Novo: el ensayo-poema dramático Escribir con caca de Luis Felipe Fabre y la crónica biográfica de Monsiváis, Salvador Novo. Lo marginal en el centro. A diferencia de otros Contemporáneos, fijos en el canon de la literatura mexicana y un poco fosilizados por la crítica, Novo no deja de sorprender, no se deja encasillar, sigue escapando a cualquier intento de definición total.

Fabre insiste en el Novo escéptico de la poesía, el poeta moderno y hasta posmoderno, irónico, que se niega a la Gran Obra y a la Posteridad, pero que igual se cuela a esta en virtud precisamente de esa negación: “El mundo ya está lleno de grandes poemas, Novo lo sabe y mejor arriesga otra cosa que aún ahora, tantos años después, es difícil precisar porque ahora sigue estando después: una escritura que, a falta de un nombre mejor, seguimos llamando poema pero que se sitúa después de la poesía”. Por su parte, Monsiváis –genuino admirador de Novo, pero insobornable testigo de su decadencia e “institucionalización”– narra el increíble proceso que lo llevó de joven heterodoxo e irreverente a inverosímil monumento de la buena sociedad y el establishment político. Aunque esta última etapa fuera más bien ignominiosa, no deja de ser una suerte de triunfo de Novo el hecho de haberse logrado imponer –sin esconderse ni disimular, sino, al contrario, exagerando los rasgos que lo hacían marginal– a una sociedad que reunía todos los elementos para abominarlo. Novo fue, a la par, nuestro Wilde y nuestro antiWilde. Aunque sea en el Mictlán imaginado por Fabre, no debe dejar de reírse.

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Camino de Montaigne

Conforme el tren se aleja de Burdeos, un gris y monótono paisaje suburbano va dando lugar a uno más amable de bosques y viñedos. Como el devoto que por lo menos una vez en la vida visita el santuario, he aprovechado un viaje a Poitiers para descender un poco más, pasar el fin de semana en Burdeos y cumplir la cita largamente planeada y postergada: conocer Montaigne, el lugar donde nacieron los Ensayos, y rendir tributo a su Señor. En el trayecto a Castillon-la-Bataille, donde, según me informé, debo bajar para ir al chateau, apenas hay nombre o lugar que no tenga gusto a vino: Libourne, St. Emilion, Montravel… No es un mérito menor, para una pequeña porción de tierra como esta, haber engendrado el vino y el ensayo.

A juzgar por el asombro de una de las empleadas de la oficina de Turismo de Burdeos, a la que pregunté cuál era la forma más fácil de llegar y que apenas pudo informarme algo,  la torre de Montaigne no es uno de los destinos favoritos de los viajeros. Sin embargo, tomé como buen augurio el hecho de que en mi primer paseo por la ciudad el Señor de la Montaña me saliera literalmente al paso en una placa colocada en el piso de la plaza de la mairie con la cita del ensayo en el que cuenta cómo fue llamado a ocupar el cargo: Los regentes de Burdeos me eligieron alcalde de su ciudad cuando me hallaba lejos de Francia, y todavía más lejos de tal pensamiento. Me excusé. Pero me comunicaron que cometía un error; además, se interponía la orden del rey. Es un cargo que debe parecer mucho más hermoso porque no comporta otro salario ni ganancia que el honor de su desempeño… A mi llegada me descubrí, fiel y escrupulosamente, tal como siento que soy –sin memoria, sin atención, sin experiencia y sin vigor; también sin odio, sin ambición, sin avaricia y sin violencia–, para que estuvieran informados e instruidos de lo que podían esperar de mi servicio (X, III). Montaigne, ya se sabe, encareció siempre su amor a la privacidad y a la libertad; con tanto éxito que luego la posteridad crearía una imagen, falsa, de hombre recluido en su torre, desapegado, casi indiferente a los asuntos públicos. Pero ni uno ni otra pueden engañarnos ya: Montaigne, el hombre que mejor supo vivir para sí, supo también en su momento vivir para los demás.

Estuve en Burdeos por primera vez en el 2000, a los veinticuatro años, y en aquella ocasión, cuando la verdad apenas había leído algunos ensayos sin entender demasiado, me topé en la plaza Quinconces con la estatua de mármol de Montaigne de Domenico Maggesi, esculpida a mediados del siglo XIX, y en un impulso más turístico que literario me tomé una foto con ella que aún conservo (fue antes de las cámaras digitales, en realidad no hace tanto, aunque hoy parezca la prehistoria). Ahora quiero pensar que aquella fue una pequeña señal de la importancia que Montaigne iba a tener en el futuro y el preludio de este, el verdadero encuentro.

 

El resto, aquí https://www.letraslibres.com/mexico/revista/camino-montaigne

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Por la tangente de Jesús Silva-Herzog Márquez

Jesús Silva-Herzog Márquez escribe, desde hace tiempo, una de nuestras mejores prosas. Esto no suele reconocerse del todo porque tiene la etiqueta, ante todo, de “analista político” y este no suele ser el gremio donde se espere encontrar el cultivo artístico de la prosa o el estilo personal consumado. Eso se esperaría de los escritores literarios –críticos, ensayistas, narradores– en donde, por cierto, con frecuencia tampoco se encuentra. La mayoría de los comentaristas políticos redacta y, si hay suerte, expone clara y concisamente sus ideas (la virtud básica del periodismo). Las mejores columnas de Silva-Herzog Márquez –publicadas desde hace años en Reforma– son pequeñas piezas literarias, textos retóricamente redondos. La columna periodística, sobra decirlo, puede ser un género literario –exigente, condicionante, cruel, lleno de trampas, como aparecen agudamente señaladas en un texto sobre Camus incluido en Por la tangente: “los editorialistas pueden parecer los más insípidos integrantes de la clase escribidora. Dedicados a compactar los lugares comunes de su tiempo trabajan con lo inmediato para denunciar sin pizca de imaginación. Asalariados del lugar común”– y es allí donde ha encontrado su mejor expresión. Hoy, Silva-Herzog Márquez ocupa un lugar destacado y definido en el no siempre admirable paisaje del análisis político nacional y los medios de comunicación –no solo en la prensa, sino la radio y la televisión– y es parte fundamental de lo que podríamos llamar nuestra consciencia liberal (de liberalismo en serio, culto y reflexionado, no de esa caricatura que parece extraída del más elemental libro de texto de historia de primaria y que actualmente, desde el poder, pretende hacerse pasar por liberalismo cuando, de hecho, es francamente antiliberal en muchos aspectos).

El Silva-Herzog Márquez político es inseparable del Silva-Herzog Márquez literario y, más concretamente, ensayista. Su liberalismo lo ha conducido de manera natural al género, que es casi intrínsecamente liberal desde sus orígenes; Montaigne, su fundador, es pionero de muchas actitudes que hoy consideramos liberales: la importancia atribuida al individuo, la tolerancia, la duda, el pluralismo, etc. La libertad, formal y temática, es la esencia del ensayo y, por supuesto, el corazón de la doctrina política. Todo verdadero ensayista tiene una pizca de liberal, lo sepa o no. No que no haya ensayistas conservadores, y extraordinarios (desde Burke a Gómez Dávila, que por cierto aparece en las páginas de Por la tangente), o que el ensayo no pueda exponer ideas conservadoras, pero desde el momento en que un autor recurre al género está asumiendo algunos presupuestos liberales: un individuo, el autor, se dirige a otro, el lector, al que busca convencer de sus puntos de vista mediante una argumentación razonada. El dogmático o el fanático –lo verdaderamente contrario al liberal, en este caso, más que el conservador– no siente la necesidad de ensayar nunca, no tiene por qué y, además, está impedido para hacerlo: él es el dueño absoluto de la verdad y la verdad no se negocia, los demás deben rendirse ante ella y punto. No le interesa persuadir racionalmente a nadie; el que no piensa como él está radicalmente errado y se acabó. El corolario es evidente: hay dos clases de personas, las que piensan como yo y poseen la verdad, y las que no piensan como yo y están equivocadas. El siguiente paso de esta lógica, sobre todo en la política, conduce naturalmente al enfrentamiento: ¿estás con la verdad y el bien, o sea, conmigo, o estás con el error y el mal, o sea, contra mí? Defínete. Sobra abundar, en estos tiempos, en los peligros que entraña para la vida pública una mentalidad que solo puede concebir el mundo en términos maniqueos.

El temple del ensayista, del genuino heredero de Montaigne, es exactamente lo opuesto a este maximalismo: esto es lo que yo pienso sobre tal o cual cosa, no pretendo que los demás piensen lo mismo ni busco imponerle nada a nadie, no estoy seguro de tener la razón (es más, muchas veces yo estoy en desacuerdo conmigo mismo), es probable que me esté equivocando, puede ser así y puede no ser así; en todo caso, ¿qué piensas tú? El ensayo es en principio un monólogo, pero aspira siempre al diálogo.

Hay una conexión lógica, entonces, entre el liberalismo de Silva-Herzog Márquez y su vocación literaria por el ensayo, pero hay algo más, claro, porque no basta una cierta orientación política para dominar un género y es, en definitiva, aquello que lo convierte en un verdadero escritor: el cuidado de la forma, la lenta y paciente construcción de un estilo que es el reflejo de una personalidad. Porque lo que define al ensayo y lo separa de una opinión escrita cualquiera es precisamente una cuestión formal, de pulcritud y destreza en la composición de la prosa, de seducción por la escritura que tiene como propósito el placer del lector, como observa el autor a propósito de Virginia Woolf, independientemente del tema que trate. Por esto, el verdadero ensayista se hace un artista, igual que el novelista, el dramaturgo o el poeta.

Dos volúmenes recientes dan cuenta de la inteligencia y la sensibilidad ensayísticas de Silva-Herzog Márquez, uno como autor y otro como editor: el primero, Por la tangente. De ensayos y ensayistas, reúne textos breves sobre diversos practicantes del género; el segundo, La cosa boba. Prosa incidental, es una antología de Alfonso Reyes, patriarca del ensayo en México. La lectura de ambos resulta complementaria para acercarse a su concepción del género.

Los textos que componen Por la tangente –publicados anteriormente en las páginas de Nexos– son pequeños ensayos de crítica literaria (subgénero del ensayo que a veces se confunde con el género entero). Por aquí desfilan autores tan diversos como George Steiner, William Hazlitt, Simone Weil, Czeslaw Milosz, W. H Auden, Unamuno, Rousseau, H. L. Mencken, Julio Torri, Charles Lamb, Pascal, Diderot, María Zambrano, Ortega, Swift, Orwell, Jorge Cuesta, Alfonso Reyes y, por supuesto, Montaigne, la sombra que cobija todo el libro. Una biblioteca portátil de ensayistas. El gusto ensayístico de Silva Herzog-Márquez es amplio: lo mismo frecuenta a los ensayistas más personales, lo que siguen de cerca las huellas de Montaigne, que a los que conciben el género más bien como una exposición de ideas, sin entrar demasiado en intimidades. La brevedad requerida de los textos obliga al autor a ser conciso y condensar –no hay espacio ni tiempo que perder–, lo que deriva en un estilo casi aforístico, y bien podría hacerse una pequeña antología: “Toda idea, cuando es nueva, duele”, “Ahorrarse el dolor es esquivar la lección”, “Quien piensa es siempre más valioso que lo pensado”, “No hay sátira constructiva”, “Las ideas son, en el aforista, plantas de aire. Cápsulas de luz”, “Si el lector no entiende la sentencia, peor para el lector”, etc. En la antigua disyuntiva retórica entre la copia verborum, abundancia de palabras, y la brevitas, el partido de Silva-Herzog Márquez está claro.

A la par que el autor va exponiendo y comentando los ensayos de los otros, va creando unos nuevos, los propios, que no desmerecen de sus referentes en cuanto a la forma (fenómeno rarísimo en la crítica literaria), y delineando una poética del género. Así, comentando a Virginia Woolf, observa que “la valentía del ensayo radica en la confrontación consigo mismo”, pero igual advierte sus peligros: “nutriéndose de perspectiva y de forma, el ensayo puede sucumbir ante ese doble embrujo: el espejo de Narciso y la elegancia vacía”; a propósito de George Steiner, subraya la esencia del ensayo de crítica literaria: “el ensayo es entendido como el servicio postal de la cultura: depositar el mensaje en el buzón correcto, llevar informes de la belleza y del saber a quien los necesite, poner en contacto texto y lector”; repasando a Montaigne, advierte: “de ahí que el género sea, ante todo, escritura antiprofesoral. Montaigne habrá escrito desde una torre pero no nos mira desde arriba. No es el profesor que dicta la lección. No aspira a la autoridad de un venerable, no pretende orden ni coherencia en lo que expone, jamás se imagina poseedor de una verdad que ha de ser memorizada”.

En el libro se cuece aparte el ensayo final, más largo y ambicioso que el resto, “El conversador y el polemista”, sobre Alfonso Reyes y Octavio Paz, uno de los mejores ensayos que he leído sobre cualquiera de los dos y un ejemplo de comparativismo del que mucho podrían aprender los críticos literarios profesionales. Alrededor de su relación con las palabras y el lenguaje, Silva-Herzog Márquez traza el perfil de los dos escritores que definieron el siglo XX mexicano: “la palabra de Reyes levanta la ciudad conversada: no busca la verdad, aspira a la convivencia; no destruye ideas, las enlaza, las concilia. Supone una diversidad de voces, una multiplicidad de tonos y acentos, pero un código común de concordia”, mientras que “el lenguaje paciano tiene otra textura y cumple otra función en la ciudad. Las palabras se hacen y se habitan, pero son, en Paz, residencia en estallido permanente. Su escritura no apacigua: corta; no conforta: carcome”. Quizá no hayamos reflexionado lo suficiente en esto: la prosa ensayística mexicana, después del siglo XX de Reyes y Paz, dejó dos normas de excelencia muy altas, y todo ensayista posterior debe ser consciente de esa tradición –más le vale serlo– y hacer un enorme esfuerzo para no desmerecer de ella, asimilando sus mejores lecciones. Esto es precisamente lo que ha hecho Silva-Herzog Márquez: por temperamento, está más cerca de la polémica y la combatividad de Paz, pero no ha ignorado la cordialidad formal de Reyes. Por esto, es natural que le haya rendido homenaje antologándolo.

Las antologías de Alfonso Reyes son terreno espinoso (véase, en estas mismas páginas, la reseña de la preparada por Javier Garciadiego, http://www.criticismo.com/alfonso-reyes-un-hijo-menor-de-la-palabra/). Lo normal es repetirse, elegir los mismos textos que elige todo el mundo, no hacer una búsqueda original; no armar un libro orgánico sino hacer una mera acumulación de textos. Es todo lo contrario de La cosa boba. Prosa incidental (no sé si el título haya sido muy afortunado, eso sí, a pesar de su prosapia teresiana), una de las mejores antologías que conozco del autor regiomontano. Silva-Herzog Márquez ha frecuentado en serio la obra de Reyes y construido un libro redondo que nos muestra al mejor Reyes ensayista, o sea, el mejor Reyes. Ya recordamos arriba el sitio de  patriarca que ocupa en la tradición del ensayo mexicano (hoy, que cualquier cosa que suene a “patriarcado” se ha cargado de connotaciones negativas y vuelto casi un insulto, no está por demás señalar lo que de genuinamente benévolo y protector puede tener la figura de un patriarca, como sin duda fue Reyes). Diríamos, para repetir un lugar común, que fue “nuestro Montaigne”, salvo que no lo fue propiamente, aunque ningún escritor ha reunido mejor las condiciones para serlo. En la reseña ya mencionada observé que a Reyes le sobró pudor y, como él señaló en su diario, “respeto humano”, para desnudarse y mostrarse entero, que es lo que hay que hacer si se quieren seguir de veras los pasos del Señor de la Montaña. Y, sin embargo, fue un extraordinario ensayista, señero entre nosotros, de ensayos que no son exactamente de los que van al fondo de la condición humana, como sin duda son los de Montaigne, pero que, en su género, son perfectos, verdaderas obras maestras.

Es precisamente esa zona la que ha detectado y sabido aprovechar Silva-Herzog Márquez en su antología. Defendiendo a Reyes de la crítica de Hugo Hiriart, escribe: “Mi impresión es que precisamente la cordialidad de su conversación, la mesura de su gusto es su marca de agua. Y que en ninguna otra región de su vastísimo continente literario puede mostrarse ese genio que en aquellas piezas que podríamos llamar su literatura incidental, su ‘obra menor’… Quiero sugerir que la escritura cotidiana, la prosa doméstica, las letras de solaz sean, tal vez, la expresión más acabada del genio literario de Alfonso Reyes”. No podría estar más de acuerdo. Solo agregaría que la otra cara del genio de Reyes está en el extremo opuesto, las obras que nacen de un verdadero desgarro y en las que logra transfigurar su drama personal en arte, como la Ifigenia cruel, o cuando excepcionalmente muestra su verdadera intimidad, como en la Oración del 9 de febrero.

Sin embargo, qué duda cabe que el Reyes más amable está en esos ensayos breves que tratan temas menores, pero en los que la prosa está pulida hasta la perfección y que constituyen pequeñas joyas verbales. Textos como “La técnica y la imitación”, “Los libros de notas”, “Temperamentos de escritor”, “De las citas”, “La sonrisa”, “Los objetos mosca”, etc. El propio Reyes esbozó muy pronto la poética de este tipo de ensayo. En “Horas áticas de la ciudad (prólogo de un libro)”, texto que justamente encabeza la antología, escribió: “Distínguese la obra menor no por ser menor en calidad propia, pues que puede, en su género, ser tan perfecta como las principales, sino porque supone la elección de fáciles asuntos, de temas sin trascendencia, y el estilo llano y despejado, por oposición a las obras en que los autores claramente dejan registrados sus más altos y ambiciosos esfuerzos”. ¿“Prosa incidental”? Sí, porque nace de cosas menudas, pero prosa mayor, prosa capital, por su perfección formal.

En el citado ensayo sobre Reyes y Paz, y haciéndose eco de Gabriel Zaid, Silva-Herzog Márquez comenta el alto sentido de responsabilidad nacional, política en su sentido original, de estos escritores, y la convicción de que “lo que se escriba puede hacer de México un país más habitable”. Sobra decir que esos son el sentido y la convicción –a los que sin estridencia quiero calificar de patrióticos– que han movido su propia obra. La crítica y la prosa de Jesús Silva Herzog-Márquez han hecho ya, y siguen haciendo, una contribución perdurable a la búsqueda de ese país más habitable.

 

Publicado originalmente en http://www.criticismo.com/por-la-tangente-la-cosa-boba-prosa-incidental/

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Besos quevedianos

El beso no es un tema muy frecuente en la poesía amorosa de Quevedo, sobre todo si la comparamos con algunos de sus modelos italianos. Cuando aparece, se trata casi siempre de un beso aparente o imaginario, que solo tiene lugar en la mente del amante. Este artículo clasifica y comenta filológicamente los poemas en torno al beso en la Musa Erato, cuarta de El Parnaso español, que reúne la mayor parte de la poesía amorosa de Quevedo.

http://www.revistavalenciana.ugto.mx/index.php/valenciana/article/view/507

 

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El crítico de segundo orden

Otra afinidad, por cierto, entre Pessoa y Borges es que los dos, durante varios años, ejercieron fundamentalmente de críticos literarios, es decir, que su actividad visible era la crítica y se presentaban frente al mundo literario en tanto críticos (ambos podían haber suscrito la frase de un personaje de Vila-Matas: “soy alguien que se hace pasar por crítico literario”). Borges había debutado como poeta, pero después, en las décadas de los veinte y los treinta, fue principalmente un crítico; publicaba sus reseñas y ensayos en revistas y luego solía reunirlos en libros (Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos, Discusión, Historia de la eternidad). Pessoa se prodigó en revistas y nunca recopiló su crítica en libro (ni ninguna otra cosa, prácticamente, aunque se la pasaba haciendo planes editoriales).

Una de esas revistas fue Teatro, en donde el joven Pessoa publicó algunas reseñas despiadadas. Entre ellas, una dedicada a una novela del brasileño Manuel de Sousa Pinto, principalmente crítico, que le sirve para disertar sobre el “crítico de segundo orden”. Lógico, esquemático, irónico, el joven reseñista explica:

 

El crítico de segundo orden une la capacidad de apreciación a la incapacidad de comprensión y análisis. Se encuentra razonablemente seguro en la crítica de cosas que no impliquen cambio o novedad. Y, en materia de opiniones por escrito, dispone de un estilo que, cuando es normal, es simple, vivo e interesante, pero las ideas y la formas solo las tiene adaptadas a una especie casi subliteraria, la crónica. De aquí se concluye que el crítico de segundo orden es un buen crítico que es un mal crítico. Hay tres clases de malos críticos: estos, de segundo orden, porque no son de primera; los sectarios (como Brunetière) porque son sectarios, y los que no son críticos porque no son críticos (como gran número de poetas y artistas, e incluso de pensadores por otros caminos)… Hay tres cosas en las que el crítico de segundo orden no debe caer nunca: tener opinión propia, criticar las obras que tengan novedad o complejidad y hacer arte… No debe querer tener opinión propia porque la opinión propia, en la crítica, implica el preestablecimiento razonado o meditado de principios o teorías propias y un crítico de segundo orden tiene, por naturaleza, tanta capacidad de teorizar como un pez o un caracol. No debe criticar novedades y complejidades porque no tiene suficiente individualidad para deshacerse naturalmente de lo ordinario y lo simple, ni inteligencia que le baste para arrancárselo a la fuerza. En el primero de esto errores el señor Sousa Pinto ha caído un poco; en el segundo, algo más que un poco. Pero lo que nos importa es que, llevado por lo que debe ser vanidad, por su imperfecto sentido crítico y, sin duda, por elogios que gente inferior le ha hecho sinceramente, el señor Sousa Pinto se metió, intelectualmente, en el lecho de Procusto de escribir novelas, de donde ha salido sin pies ni cabeza…

 

Y luego empieza la crítica propiamente dicha… Si, como observa João Gaspar Simões, de lo que el crítico de segundo orden no debe hacer se deduce lo que el crítico de primera debería, este debe tener opinión propia, criticar obras innovadoras y complejas y, eventualmente, hacer arte, o sea, ser más que un crítico (o bien, dejar de hacerse pasar solo por uno).

La reseña original, aquí: http://www.pessoadigital.pt/en/pub/Pessoa_Coisas_Estilisticas

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Pessoa y Borges en la burocracia de Babel

Más de una afinidad guardan las vidas y las personalidades de Pessoa y Borges, que nacieron con poco más de diez años de diferencia (1888 y 1899, respectivamente). Ambos nacieron a las orillas, digamos, de las grandes culturas literarias, en dos ciudades, Lisboa y Buenos Aires, que no se contaban entre sus capitales; ambos participaron brevemente en la aventura vanguardista (Borges en el ultraísmo mientras que Pessoa fue prácticamente todas las vanguardias portuguesas) y luego evolucionaron hacia el clasicismo; ambos eran extremadamente tímidos; en la vida de ambos la figura de la madre, en uno por ausencia y en otro por excesiva presencia, tuvo un papel fundamental; ambos eran miopes; ambos desempeñaron empleos humildes y pasaron algunas estrecheces económicas. Notable diferencia: Borges vivió para ver su obra reconocida y experimentar lo que sin exageración podría llamarse la gloria; Pessoa, melancólicamente, no.

Borges, como todo el mundo sabe, fue bibliotecario. Antes, claro, de ser nombrado director de la Biblioteca Nacional, fue un modesto empleado en una modesta biblioteca municipal, la Miguel Cané, en Boedo, que hoy alberga un pequeño museo dedicado al escritor. Allí trabajó casi una década, de 1937 a 1946, años a los que después se referiría como de sólida infelicidad, pero años también en los que escribió sus obras maestras. En ese lugar, en una pequeña oficina, escribió varios de los cuentos de Ficciones. Menos sabido, quizá, es que Pessoa, que toda su vida trabajó como traductor en distintas casas de comercio en Lisboa, intentó ser bibliotecario, sin conseguirlo. En efecto, en 1932, tres años antes de morir, harto de su empleo y buscando tiempo para dedicarse a su obra y finalmente irla publicando (lo que no logró), Pessoa se presentó a un concurso para obtener el puesto de bibliotecario en el Museo Biblioteca Conde de Castro Guimarães, en Cascais. Lo perdió y tuvo que resignarse a seguir traduciendo cartas comerciales de oficina en oficina en Lisboa hasta su muerte.

Lo que me interesa, y el motivo del título de esta nota, es que las burocracias portuguesa y argentina conservan prueba del periplo bibliotecario de ambos escritores. Para concursar, Pessoa tuvo que presentar un curriculum vitae que João Gaspar Simões incluye como apéndice en su Vida y obra de Fernando Pessoa y que dice:

 

Fernando Nogueira Pessoa, soltero, adulto, escritor, residente en Lisboa, en la Rua Coelho de Rocha número dieciséis, primer piso, y provisionalmente en Cascais, en la Rua Oriental del Passeio, puerta dos, viene a presentarse ante V. Exca. por el puesto de Conservador del Museo-Biblioteca Conde de Castro Guimarães… El solicitante cuenta con una vasta obra dispersa entre diferentes revistas portuguesas, de donde le viene el ser hoy conocido en el país, sobre todo entre las nuevas generaciones, en una medida casi injustificable para quien se ha abstenido de reunir en libros dichas colaboraciones. Tal vez importe mencionar las revistas en las que esas colaboraciones fueron más asiduas o señaladas. A Águia (entre los años de 1912 a 1914), Orpheu, Centauro, Contemporánea, Presença, Athena y Descobrimento… En el texto del artículo 6 propiamente dicho del Reglamento, se dice que es necesario que el conservador-bibliotecario sea persona de “reconocida competencia e idoneidad”. Salvo que la competencia y la idoneidad estén implícitas en las aptitudes indicadas como motivos de preferencia en los parágrafos del artículo y por lo tanto se prueben documentalmente con los documentos referidos en las indicaciones de cada parágrafo, la competencia y la idoneidad no son susceptibles de prueba documental. Comprenden, incluso, elementos como el aspecto físico y la educación, que son indocumentables por naturaleza.

 

Borges, por su parte, llenó un formato titulado “Registro Personal de la Administración”. Mi apartado favorito es aquel donde se pregunta al solicitante si sabe leer y escribir. El solicitante contestó: “Sí”.

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