
El momento actual no es alentador para el liberalismo, ni en el extranjero ni en México. En el primero -como lúcidamente señaló el liberal Mark Carney, Primer Ministro de Canadá, en un discurso ya famoso en Davos- porque los acuerdos básicos de convivencia internacional -de naturaleza liberal- están rotos, habiendo el mundo entrado a una etapa en la que parece que prevalecerá la ley del más fuerte (América Latina acaba de tener un ejemplo brutal de este nuevo orden de cosas con la invasión de Venezuela, cuya execrable dictadura nadie justificaría, pero que no debe servir de pretexto para una nueva época de intervencionismo norteamericano); en el segundo, porque el régimen actual está empeñado en desaparecer cualquier contrapeso (incluido el más importante en términos republicanos, la división de poderes, y particularmente un poder judicial independiente, que ya cooptó y cuya autonomía tomará años recobrar) y concentrar todo el poder.
En este contexto, no le viene mal a los alicaídos liberales mexicanos, donde los haya, la lectura de la magna biografía de Eric Van Young -historiador norteamericano fallecido en 2024, autor del clásico historiográfico La otra rebelión. La lucha por la independencia de México, 1810-1821– de la bestia negra del liberalismo nacional, Lucas Alamán. La historia oficial mexicana, ya se sabe, tiende a la caricatura maniquea: los buenos son muy buenos (Hidalgo o Juárez) y los malos, muy malos (Iturbide o Díaz). En ese sentido, sobra decir en qué grupo ha caído históricamente Alamán. La biografía de Van Young, como en su momento la de José C. Valadés (Alamán: estadista e historiador), hace ver hasta qué punto ese lugar común es una injusticia y, sobre todo, una imprecisión.
Experto en la Independencia mexicana y en la primera mitad del siglo XIX, Van Young estaba en una posición inmejorable para emprender esta biografía de Alamán, uno de esos libros que coronan la trayectoria de un historiador. Las casi novecientas páginas del volumen denotan, por cierto, que estamos más frente a la obra justamente de un historiador que de un biógrafo. El protagonista a ratos se pierde entre tanta información y la abrumadora solidez documental y de investigación historiográfica ahoga un poco la agilidad narrativa que sería deseable en toda biografía, pero entiendo que estos son reparos menores a una obra monumental. Incluso los capítulos dedicados a temas aparentemente áridos, como la economía minera o el Banco de Avío, acaban resultando interesantes.
Al concluir el libro, el lector tiene algo claro: Lucas Alamán fue el principal estadista mexicano de la primera mitad del siglo XIX. Estadista: alguien versado y experto en los asuntos de Estado, que mira por este (no solo por su facción o partido) y que tiene una visión global. No abundaban en el México de principios del siglo XIX (ni, me temo, del XXI). Como se sabe, no fue nunca Presidente, pero fue quien efectivamente dirigió las políticas de gobierno. Alamán pertenecía a esa clase de político sin mayor carisma que, más que el cargo o los reflectores, busca realmente el poder y ser quien toma las decisiones (que los listones los corten otros).
Alamán fue uno de los mejores ejemplos de lo que una élite -una minoría rectora- puede producir. Hijo de la aristocracia minera de Guanajuato, tuvo una infancia y una juventud privilegiadas. A los veintidós años partió a Europa y permaneció ahí más de seis años, estudiando en Madrid, París y Londres (no se fue de shopping a Houston o Tokyo), aprendiendo las lenguas, comparando a México con el mundo, pensando cómo este podría integrarse al concierto de las naciones desarrolladas. En 1821, rondando apenas los treinta, fue representante de la Nueva España en las Cortes españolas, donde intentó hacer ver infructuosamente que, de no cambiar las políticas hacia los virreinatos, las independencias serían inevitables. Alamán nunca renegaría de España y una parte de él siempre se quedó pensando en las posibilidades de un orbe hispánico unido políticamente (ese orbe, dicho sea de paso, tendría hoy alrededor de 12 millones de km² y 500 millones de habitantes, frente a los 9.8 km² y 350 millones de Estados Unidos, evidente razón de por qué estos últimos fueron de los más interesados en fragmentar la unidad hispánica), pero, con el pragmatismo que siempre lo caracterizó, una vez consumada la Independencia, de inmediato se aplicó a pensar en cómo la joven nación podría prosperar. Primero, claro, había que sobrevivir. Los mexicanos de hoy no suelen tener consciencia de hasta qué punto, en los primeros años de vida independiente, se corrió el riesgo de que México se dividiera y acabara corriendo un destino centroamericano, desmembrado en pequeñas repúblicas. Ya en el gobierno, en 1823, Alamán fue en buena medida el artífice de que eso no ocurriera. Desde esa perspectiva histórica, su famoso centralismo y su antifederalismo adquieren un cariz muy diferente. Ese año, por cierto, escribió a las autoridades oaxaqueñas que buscaban separarse: “sería el mayor absurdo destruir lo que ya está construido para posteriormente reconstruirlo”, consejo que también serviría doscientos años después.
Sobre el centralismo alamanista, Van Young, no sin razón, argumenta:
«Si el poder estuviese suficientemente concentrado en el Estado, razonaba, y, así, se redujera la disputa de la competencia y el conflicto entre las facciones, aunque no se lograra eliminarlos, la probabilidad de mantener la estabilidad política y económica aumentaría en el mismo grado. Ese modelo era intrínsecamente incompatible con el concepto de ciudadanía liberal y todo lo que implicaba: el sufragio generalizado, elecciones frecuentes, una prensa libre y derecho individuales garantizados; en otras palabras, democracia en un marco republicano. De lo anterior surge la interrogante sobre si el impulso de Alamán hacia las formas centralizadas del poder y la autoridad surgió de consideraciones estrictamente prácticas o si tuvo una base ideológica […] Según mi interpretación, no obstante, Lucas Alamán fue, ante todo, un hombre práctico en la política y en los negocios, incluso en la escritura de la historia, un hombre que quería hacer las cosas con el menor ruido y la menor energía posibles. En ese sentido, su afinidad con Burke era muy comprensible».
En el plano económico, Alamán tuvo claro anticipadamente que el futuro de México dependía, no de la agricultura o la minería, sino de la industrialización. En una carta de 1843 a Santa Anna, que por supuesto no hizo ningún caso, escribió: “preciso es recurrir al fomento de la industria como única fuente de una prosperidad universal […] solo ella puede dar impulso a la agricultura, proporcionando el consumo de sus productos y multiplicando los usos de ellos; solo ella puede aumentar la riqueza de los propietarios, dando valor a las fincas que ahora casi no lo tienen, sino en uno que otro punto algo más rico y poblado; solo ella hará crecer la población proporcionando medios de subsistencia, y con esto mejorando la suerte de los habitantes, y ella solo estimulará más que ningún otro resorte todos los adelantos sociales. Con la industria vendrá la paz, la abundancia, la moralidad, la libertad, fundada sobre las bases del orden, de la propiedad y de la ilustración, y sin ella no habrá más que miseria, desorden y servidumbre”.
Alamán, muy consciente de la importancia del conocimiento estadístico y técnico, fue una suerte de pretecnócrata (tecnócrata: “profesional especializado en alguna materia económica o administrativa que, en el desempeño de un cargo público, aplica medidas eficaces que persiguen el bienestar social al margen de consideraciones ideológicas”, Diccionario de la lengua española). Sobre el primero, escribió: “la base del gobierno económico debe ser una estadística exacta […] [de ella] depende la conveniente división de nuestro territorio, la justa repartición de las contribuciones, el arreglo de la representación nacional que a cada provincia corresponde, y el conocimiento de nuestros recursos y nuestras fuerzas”. Sobra recordarlo, buena parte de nuestros infortunios actuales provienen del menosprecio ignorante y populista del conocimiento, la experiencia, la técnica y la especialización.
Culturalmente, Alamán reivindicó siempre la herencia hispánica de México y la naturaleza mestiza del país: “¿Acaso es la nación actual la que fue despojada por los conquistadores? ¿No se compone esta de los descendientes de los conquistadores mismos amalgamados con los conquistados? No necesitamos más que echar una mirada a todo cuanto nos rodea, y nuestra religión, nuestro idioma, nuestro traje, la variedad de color y aspecto de los habitantes, nuestras costumbres, todo, todo nos dirá que no somos la nación despojada por los españoles, sino una nación nueva en la que todo reconoce su principio en la conquista misma”. Una de las taras más lamentables del actual régimen mexicano es su hispanofobia (aparejada a la delirante invención de un edénico pasado prehispánico), heredada de los resentimientos y complejos de quien presidió el gobierno anterior. Recordemos una vez más las generosas palabras de Alfonso Reyes en “México en una nuez”: “La verdadera independencia no existe mientras quedan resabios de rencor o de pugna. La verdadera independencia es capaz de amistad, de reconocimiento, de comprensión y de olvido […] No era todavía independiente el hispanoamericano que aún maldecía del español”. Lo que, en todo caso, faltó a Alamán fue la justa valoración del plural pasado indígena de México, cuyo reconocimiento, como el de lo hispánico, es indispensable para una idea cabal del país, que no niegue ninguna de sus raíces y se reconcilie plenamente con toda su historia.
Un liberal mexicano moderno no puede dejar de reconocer, a la distancia, las virtudes de Alamán (y un genuino conservador podría aún encontrar en él a su modelo). Lo separarán de él, en primer lugar, la importancia que atribuía a la fe religiosa (“es lo primero conservar la religión católica, porque creemos en ella y porque aun cuando no la tuviéramos por divina, la consideramos como el único lazo común que liga a todos los mexicanos”, escribió en una carta programática del conservadurismo); su oposición al poder legislativo, las elecciones populares y la prensa libre; su simpatía por la monarquía, entre otros factores, aunque muchos de ellos, como en el caso de su antifederalismo, sean más comprensibles si se les sitúa en su marco histórico. Quizá la principal paradoja alamanista, señalada por Van Young, es que este príncipe del conservadurismo, en su lucha por dotar al país de estabilidad política y desarrollo industrial, era de hecho un moderno y un modernizador:
«El logro de la estabilidad política fue más un cambio progresista que el establecimiento de una utopía reaccionaria y retrógrada. Sin duda alguna, la industrialización de México que se esforzó por fomentar encarnaba una transformación enorme respecto del pasado agrícola y minero del país, así como una nueva ruta tanto en su trayectoria futura como, potencialmente, en sus arreglos sociales. El hecho de que su estilo de gobierno estuviese asociado a la monarquía, con un profundo escepticismo sobre las formas republicanas y una verdadera antipatía por la democracia popular, hizo que se le caracterizara como reaccionario, pero era de naturaleza moderna. Aunque el régimen estatal centralizado que se esforzó en construir fue, en cierta medida, una imitación del régimen colonial tardío de los Borbones, también fue un espécimen muy diferente en sus supuestos básicos y, en realidad, apuntaba hacia el proyecto centralizador de los posteriores constructores del Estado mexicano hasta el presente. Si esa visión hizo de Lucas Alamán un reaccionario, la misma calificación se aplica a muchos de los estadistas que ha buscado guiar el destino de la nación desde su época y en lo sucesivo. Pero, ya fuese un reaccionario, un conservador o un liberal moderado -todas las posiciones que adoptó a lo largo del espectro político en un momento u otro-, Lucas Alamán encontró en la política el gran teatro para representarse a sí mismo».
En otra paradoja histórica, las conservadoras aspiraciones alamanistas de estabilidad política e industrialización se vieron cumplidas parcialmente durante el Porfiriato (cuya hibris política condujo luego a un conflicto armado que las destruyó en buena medida) y durante el régimen de partido de Estado emanado de la Revolución, ambos teóricamente de filiación liberal.
Del 2018 a la fecha, México ha experimentado una polarización política promovida desde el poder que claramente divide entre “ellos y nosotros”. Acaso sea este el mayor defecto moral y la más nociva herencia del actual régimen: el maniqueísmo que presupone que quien no piensa como yo en términos políticos no solo está necesariamente equivocado, sino que es malo, tiene intenciones perversas y es poco menos que un traidor a la patria (cuyo interés genuino solo yo represento, claro). A esa mentalidad le es imposible concebir que alguien, queriendo igualmente el bien del país, disienta de su opinión; si disiente es porque tiene un propósito inconfesable. Otros perjuicios -en salud, en educación, en economía, en seguridad- son cuantificables -igual que el único e innegable beneficio, la reducción de la pobreza, que esperemos no sea temporal-; un estrago moral de este tipo, no, pero por su naturaleza puede ser peor. Enseña a ver, en quien difiere de mí, a un enemigo; divide y envenena la convivencia política y social. Esa misma mentalidad es la que ha machacado un uso caricaturesco de la palabra “conservador” como máxima descalificación (que el principal promotor sea, de hecho, un rancio conservador en muchos aspectos sociales no es la menor de las contradicciones). Curiosa y significativamente, no se reivindica con la misma insistencia la palabra “liberal”, acaso porque en el fondo se tiene la consciencia de que no se es (y porque está demasiado cerca de “neoliberal”, otro de los demonios). Sobra decirlo, no es liberal un régimen que desaparece la división de poderes; no es liberal un régimen que hace del poder que debiera ser más independiente y apartidista un apéndice suyo; no es liberal un régimen que distorsiona la voluntad popular para obtener una mayoría legislativa artificial; no es liberal un régimen que se opone al pluralismo político; no es liberal un régimen que desaparece un órgano autónomo de transparencia y se refugia en la opacidad; no es liberal un régimen que busca controlar las elecciones; no es liberal un régimen que busca concentrar todo el poder; no es liberal un régimen que mediante la coacción o la amenaza busca acallar la crítica; no es liberal un régimen que encarcela sin mayor trámite mientras se averigua si se es culpable o no; no es liberal un régimen que militariza la seguridad; no es liberal un régimen que apoya dictaduras; etcétera.
Al igual que los liberales, los dirigentes y simpatizantes del régimen actual harían bien en leer la obra de Van Young y examinar lo que un genuino conservador hizo por México. Admitirían, quizá, que, difiriendo en mucho, es posible reconocer en alguien que piensa distinto a nosotros a alguien que quiere tanto como nosotros el bien del país, que no pertenece al “basurero de la historia”, que no somos dueños absolutos de la razón moral y política, que de hecho es deseable que haya quien piense diferente porque esa es la base del pluralismo, que la convivencia política armónica de un país no puede basarse en la lógica de “ellos y nosotros”, los buenos y los malos, los puros y los impuros. Entre tanto, sea este un mínimo reconocimiento liberal a Lucas Alamán, conservador.
Publicado en https://criticismo.com/apologia-liberal-de-lucas-alaman-conservador/