Montaigne en cuarentena



Pocas circunstancias más propicias para releer a Montaigne que esta, en la que todos nos vemos obligados –quien más, quien menos– a aislarnos y retirarnos en nosotros mismos. El Señor de la Montaña era un maestro de la soledad constructiva, aquella que sabe aprovecharse y no consumirse en un tedio inútil. Aclaremos de una vez, para no perpetuar malentendidos, que la imagen de Montaigne como un solitario obcecado, aislado del mundo en su torre, es, por supuesto, falsa. Amaba y disfrutaba la compañía y la conversación, pero cultivaba su interioridad y sabía estar consigo mismo.

En su ensayo “De la soledad”, Montaigne inicia descartando el viejo debate, muy favorecido en las letras de su tiempo, entre vita activa y vita contemplativa (la entregada al mundo y la que buscaba la salvación del alma), que se había vuelto un tópico. No le interesa la retórica; quiere realmente discutir la esencia del tema de la soledad. No basta, dice, abstenerse de las ocupaciones inútiles de la vida pública, pues aun retirándose a la vida privada se es perfectamente capaz de perder el tiempo y languidecer entre el ocio y las pasiones. Hay que hacer algo más: “no basta con cambiar de sitio; debemos apartarnos de las disposiciones populares que están en nuestro interior; hay que separarse y retirarse de sí”.

La soledad de Montaigne no es solo una soledad constructiva, sino una soledad dichosa, algo muy difícil de entender para la sociedad moderna, obsesionada por la compañía y el contacto permanentes y que ha buscado por todos los medios que nunca se esté realmente solo. La condición para lograrla es clara y ya estaba en el estoicismo, en Séneca y Marco Aurelio: bastarse a sí mismo y saber estar en sí. Montaigne dio la fórmula en uno de sus párrafos más justamente famosos:

 

Debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad. En ella debemos mantener nuestra habitual conversación con nosotros mismos, y tan privada que no tenga cabida ninguna relación o comunicación con cosa ajena… Poseemos un alma que puede replegarse en sí misma; puede hacer compañía, tiene con qué atacar y con qué defender, con qué recibir y con qué dar. No temamos, en esta soledad, pudrirnos en el tedio del ocio.

 

Sin embargo, y Montaigne lo sabe, pues a él mismo le costó trabajo, saber estar solo no es fácil. Es un arte, un aprendizaje, cuyo dominio requiere voluntad, tiempo y hasta, diría yo, vocación. Cuando, como en la situación actual, millones de personas se ven obligadas de golpe a aislarse y replegarse en sus casas y en sí mismas, no son raros el tedio y la desesperación. La advertencia final de Montaigne tiene una resonancia especial estos días: “retírate en tu interior, pero primero prepárate a recibirte; sería una locura confiarte a ti mismo si no te sabes gobernar”.

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