Victorianos eminentes de Lytton Strachey



Hace años tenía la costumbre de anotar la fecha en que compraba un libro en la parte superior de la página legal. Por eso sé que Victorianos eminentes de Lytton Strachey lo compré en abril de 1996. Lo leo ahora, veinticuatro años después. Que pase tanto tiempo entre la adquisición de un libro y su lectura no escandaliza al que lee y compra libros regularmente. Todos son una lectura en potencia. Diría que a cada libro adquirido le llega su momento, pero sé que hay muchos a los que no les llegará nunca. Lo dijo mejor Borges: “y del alto de libros que una trunca / sombra dilata por la vaga mesa, / alguno habrá que no leeremos nunca”.

En fin, que Victorianos eminentes sí lo he leído. Por Strachey sentía simpatía desde que vi la película Carrington de Christopher Hampton –que debió haberse llamado Strachey– donde tiene un papel preponderante y es magistralmente interpretado por Jonathan Pryce. Aunque autor de varios libros, Strachey es fundamentalmente el de Victorianos eminentes, con el que reformó el género biográfico. En el prefacio, critica el estado de la biografía en su tiempo: “Aquellos dos gruesos volúmenes, con los que es nuestra costumbre recordar a los muertos. ¿Quién no conoce su masa de información mal digerida, su estilo descuidado, su tono panegírico tedioso, su lamentable falta de selección, de independencia de criterio, de construcción?”. Strachey reconoce haber aprendido mucho de ellos por vía negativa, o sea, haciendo lo contrario. En primer lugar, compactando, reduciendo los dos volúmenes a cincuenta cuartillas; esto lo lograba seleccionando, eligiendo lo significativo y haciendo a un lado lo trivial. En segundo lugar, criticando, negándose a componer hagiografías.

Al lector que se acercara a Victorianos eminentes sin mayor idea del tono o la intención del libro, le aguardaría una sorpresa. Comenzaría esperando leer la vida más o menos ilustre de cuatro personajes distinguidos (el cardenal Manning, Florence Nightingale, Thomas Arnold y el general Gordon) de uno de los periodos más brillantes de la historia inglesa. Poco a poco se iría dando cuenta de que los eminentes victorianos no eran tan eminentes o, mejor dicho, que su eminencia no excluía la eminente ambición, la eminente hipocresía, la eminente neurosis, el eminente fanatismo y el eminente ridículo, y que el verdadero propósito del biógrafo es desmitificarlos y desnudar a la sociedad que los encumbró. Para esto se vale principalmente de la ironía y el humor. En el trasfondo de la biografía, se deja ver una concepción de la historia como un amasijo caótico de contradicciones, malentendidos, disparates, equivocaciones y casualidades.

Strachey concibe el género como una pieza literaria –que lo es– y parece importarle más la consecución de una narración y un personaje redondos que el rigor histórico. Actualmente pensaríamos que se toma demasiadas libertades. El gran reto de la biografía moderna, mezcla indisoluble de historia y literatura, es conjugar la fidelidad histórica con la construcción literaria.

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