Miseria y dignidad del hombre en los Siglos de Oro



O Asclepi, magnum miraculum est homo”. Las palabras de Hermes Trismegisto en el Asclepio resuenan aún en nuestros oídos, gracias, sobre todo, al célebre Discurso de Giovanni Pico de la Mirándola (otros, antes y después, las citaron, pero ninguno con la fortuna del Princeps Concordiae, a cuyo nombre quedaron unidas desde entonces). Para su anónimo autor, siguiendo la tradición hermética, el hombre es un gran milagro por ocupar un lugar intermedio en la jerarquía de los seres y estar vinculado a los dioses, por ser capaz de superar su parte meramente humana y ascender a la divina. Lo afirmaron también, a su manera, Sófocles y el salmista. El primero, en el famoso primer estásimo de Antígona: “Muchos son los portentos, / pero nada más portentoso que el hombre”; el segundo, con referencia a Dios, en el salmo 139, 14: “prodigio soy, prodigios tus obras”.

La noción general de que el hombre encierra en sí cierta grandeza, de que sobresale entre los demás seres y posee algo que le da una excelencia particular es, por supuesto, antigua y común a diferentes culturas, como lo es también la de que en realidad es un ser miserable, el más infeliz y desvalido de todos. A decir verdad, ambas, más que excluyentes, son complementarias: representan dos extremos de la visión de lo humano, las dos caras de una sola moneda. En la tradición occidental, estas nociones hallaron forma en una serie de ideas que, devenidas algunas de ellas lugares comunes, identificamos como miseria y dignitas hominis. Éstas tienen sus orígenes en la Antigüedad clásica y en la Biblia, fueron desarrolladas por los Padres de la Iglesia y alcanzaron su mayor esplendor en la Edad Media y el Renacimiento, respectivamente. De las dos, la segunda ha sido sin duda la que mayor atención ha atraído y la que se ha beneficiado de más estudios, al punto de que a veces se ha ignorado por completo a la primera, pero a poco de reflexionar sobre ellas queda claro que es imposible separarlas. A lo largo de la historia ha habido periodos en que una parece prevalecer sobre la otra, pero aun en los momentos en que esta preponderancia es mayor, la contraparte nunca desaparece del todo. Es por esto que cualquier intento de acercamiento general debe tomar en cuenta ambas como una unidad.

Escribir la historia de la miseria/dignitas hominis plantea varias dificultades de índole teórico y metodológico. En ella conviven elementos filosóficos, religiosos y literarios que exigen que su estudio no se limite a una sola perspectiva y considere su diversidad. Así, la antigua filología, en su sentido clásico, y la moderna historia intelectual, por su carácter interdisciplinario, parecen ofrecer una víaparticularmente útil para aproximarse al tema.

Habría, quizá, que empezar por las palabras mismas. Una historia estrictamente semántica de las expresiones miseria y dignitas hominis sería un valioso instrumento en la comprensión general de esta doble noción e iluminaría la cultura de las épocas en que alguno de sus elementos ha sobresalido. Consideremos en principio la palabra dignitas y su descendiente “dignidad” (o, para el caso, “dignité”, “dignità” o “dignity”). Dignitas proviene del adjetivo dignus, derivado del verbo decet, ‘convenir a’, y significaba, generalmente en un contexto social y político, ‘mérito’, ‘alto rango’, y era inseparable de los conceptos de autoridad y honor que éste implicaba. Así, por ejemplo, César, en la Guerra civil (I, 8-9), refiere cómo Pompeyo le pide que, por su propia ‘dignitas’, deponga en su ira en beneficio de la república, y cómo le responde que ésta ha sido siempre lo primero y más importante en su vida. En Cicerón abundan los ejemplos de este tipo, pero también él, en Sobre los deberes (I, 106-107), habla de la ‘excellentia’ y la ‘dignitas’ de la naturaleza humana y la vincula con la razón, común a todos los hombres y que nos hace superiores a los animales. Éste es uno de los orígenes de la dignitas hominisque encontraría su auge en el Renacimiento. La dignitas, en cualquier caso, implicaba una afirmación de excelencia, una orgullosa conciencia de grandeza y superioridad. La transformación que sufrió ese concepto se ve claramente en lo que en la actualidad se entiende por “dignidad”. Ésta suele significar hoy poco menos que el mínimo respeto que cada uno se debe a sí mismo y por el que se hace o deja de hacer algo; en circunstancias adversas de algún tipo, se apela a la “dignidad” como último elemento de resistencia. Y en qué consista exactamente, en un mundo secular, la “dignidad del hombre”, expresión que conserva su prestigio e invocada aquí y allá a la menor provocación, no es pregunta de fácil respuesta.

Sin dejar de tener en cuenta, entonces, la semántica, la historia de la miseria/dignitas hominis debe ir más allá de ella, pues la historia de las palabras que componen la expresión en la que se ha consagrado una idea no agota la historia de esa idea. Por ejemplo, en el mencionado Discurso de Pico, la expresión dignitas hominis no aparece de hecho ni una sola vez (y menos que en otra parte en el título, invento de la posteridad), pero es clara su trascendencia para la historia de la idea. Dicho esto, subrayemos que la historia intelectual no debe pasar por alto nunca los recursos lingüísticos y retóricos utilizados para expresar una idea determinada, pues las ideas no viven, incorpóreas, en el cielo platónico, sino encarnadas en el lenguaje.

En la literatura de los Siglos de Oro, la miseria/dignitas hominis aparece por todas partes. Apenas hay género en el que no figuren: poesía, teatro, novela, diálogo, discurso, tratado religioso y un prolongado etcétera. No es mi intención, claro está, componer su historia exhaustiva. En muchas, demasiadas ocasiones, la miseria/dignitas hominis es ciertamente sólo un ornamento retórico, un recurso utilizado al paso con la ayuda de alguna poliantea, pero en otras es algo más: no un mero accesorio, sino asunto central; no elemento secundario, sino estructural. Son esos los casos que me interesan. Es fundamental, en un estudio como éste, tener claro qué proviene de la tradición y cuáles son sus orígenes, pero no menos –y, para nuestros fines, de hecho, más– explorar las diferencias, hallar lo particular dentro del patrimonio común, las orientaciones individuales en medio de la corriente general.

Con este propósito, he elegido obras específicas de seis autores (tres del Renacimiento y tres del Barroco) en las que la miseria/dignitas hominis ocupa un lugar preponderante. La primera, el Diálogo de la dignidad del hombre de Fernán Pérez de Oliva, no necesita justificación: es el texto canónico de la dignitas hominisen castellano, la primera obra escrita en cualquier lengua vulgar sobre ella y su mejor síntesis en la literatura española; la segunda, prolija continuación de la anterior, fue compuesta por Francisco Cervantes de Salazar, quien buscó deshacer cualquier posible ambigüedad respecto a la primacía de la dignitas que pudiera haber quedado en la obra de Pérez de Oliva, marcando así una evolución importante en la historia de la idea; la tercera, en el otoño del Renacimiento español, es la magna obra de fray Luis de León, De los nombres de Cristo, clave de la espiritualidad de la época de Felipe II, en la que el cristocentrismo luisiano subraya los caracteres específicamente religiosos de la miseria/dignitas hominis y se observa un prudente distanciamiento del optimismo que imperaba a principios del periodo; en cuarto lugar, ya en el Barroco, he escogido dos obras religiosas de la madurez de Quevedo (si bien la primera es la refundición de un opúsculo juvenil), La cuna y la sepultura y Providencia de Dios, representativas de la crisis de la época y en las que aunque en última instancia el autor se esfuerza en favorecer la dignitas, su pesimismo característico parece indicar otra cosa; en quinto, me ocupo de La vida es sueño (tanto la comedia como el auto sacramental), en la que Calderón lleva a escena el permanente conflicto entre la miseria y la dignitas hominis e intenta salvaguardar el delicado equilibrio entre ambas; por último, he elegido El criticón de Gracián, monumental suma barroca en la que el autor acaba haciendo una apología de la dignitas hominis en términos de un humanismo casi secular. Apenas hace falta decir que el examen de la miseria/dignitas hominis en cualquiera de estas obras bastaría, por sí solo, para un estudio independiente, pero lo que me interesa justamente es la evolución a largo plazo del binomio y ofrecer una visión de conjunto, histórica, que permita examinar su desarrollo general en los Siglos de Oro.

Del prólogo a Miseria y dignidad del hombre en los Siglos de Oro
https://elfondoenlinea.com/Detalle.aspx?ctit=009209R

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