Memorias del Quijote



Releo en el verano el Quijote y recuerdo las veces que lo he leído. La primera tendría diez u once años. Mi padre me llamó un día al estudio y me propuso leer un libro. “Tiene dos partes –explicó–. Cuando acabes cada parte, te regalo lo que quieras”. Recuerdo haberme entusiasmado con la promesa del obsequio; el libro era lo de menos. Acepté, claro. Pero no era tan sencillo: yo debía leer un capítulo cada noche y, al terminar, ir al estudio y hacer un resumen oral de lo que había tratado. Eso hice durante varios meses: leía, resumía, me iba a dormir. El libro me iba gustando, pero pensaba, sobre todo, en la recompensa final. Sin embargo, una noche pasó algo raro. No recuerdo por qué, me desperté a media noche y no pude volver a dormirme. Me levanté de la cama y fui a echarme a un sillón con el libro. Pensaba solo avanzar un capítulo más, pero la lectura me atrapó y leí varios de corrido. Creo que fue la primera vez que ocurrió: que un libro me fascinara así, que perdiera conciencia del tiempo. Sobra decirlo, ya no importaban el regalo ni el resumen, solo existía lo que estaba leyendo. Recuerdo muy bien el sillón, mi cuerpo encogido en él, la sábana en la que estaba envuelto, el libro voluminoso entre las manos, la dicha de leer.

Más adelante, un previsible incidente empañó esa temprana felicidad leedora. Yo sabía que Don Quijote se moría al final, pero al principio no le di mucha importancia. Conforme leía me encariñé con el personaje y, ya bien entrada la segunda parte, me salté algunos capítulos y leí el último. Tuve una crisis lectora: su muerte me pareció inaceptable, lloré y maldije a Cervantes. Después volví al punto en donde me había quedado y seguí leyendo, pero aquella primera vez ya no volví a leer el capítulo final.

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