La escuela del aburrimiento de Luigi Amara



Varios años esperó en mi librero La escuela del aburrimiento (2012) de Luigi Amara. Me alegra haberlo postergado porque ahora lo leo en mejores condiciones para comprenderlo y disfrutarlo. Amara es uno de los pocos autores mexicanos que entiende realmente lo que es un ensayo (entendimiento que no puede nacer de otra parte que de una profunda y detenida lectura de Montaigne, cosa que, paradójicamente, no todos los autores de ensayo han hecho). La escuela del aburrimiento –uno de los mejores ensayos de la literatura mexicana, llamado a ser un clásico minoritario– es uno de esos libros que, por tratar de un tema que ha sido objeto de nuestra propia reflexión, provoca un diálogo constante, concitando el acuerdo o la diferencia.

La escuela del aburrimiento podría leerse como una larga amplificatio de la famosa frase de Pascal sobre el hombre en la habitación, que, a fin de cuentas, es el problema de saber estar en uno mismo. Amara, conejillo de Indias de sí mismo, decide enclaustrarse una temporada para confrontar al monstruo del aburrimiento. Dicha confrontación, como bien señala, “es lo más personal, lo más formativo e intransferible, lo que en primer lugar desencadena la avalancha de la vida. En la forma en que cada quien se las arregla para escapar de las cuatro paredes de Pascal, pero especialmente en la forma en que a veces conseguimos permanecer en reposo dentro de ese encierro, con la arena de la inmovilidad hasta el cuello, amenazados por la inmensidad del hastío. Allí, en el centro de esa habitación que tanto se parece a la materialización del bostezo, se juega la totalidad de la vida… el aburrimiento es la ocasión de tomar distancia frente a uno mismo; una oportunidad, con todo lo incómoda y desasosegante que pueda ser, de replantearse la propia situación en el mundo, de girar sobre el propio eje y quizás dar un salto”.

La experiencia del aburrimiento o el tedio (Amara no hace mayor distinción entre uno y otro, aunque podría hacerse, entendiendo, como Pessoa, que el aburrimiento puede ser simplemente no tener nada que hacer y el tedio una condición más profunda que nos hace sentir que no hay nada que valga la pena hacer) es ciertamente una experiencia límite que nos obliga a confrontarnos con nosotros mismos y examinar nuestra autosuficiencia. Para muchos, no hay peor infierno que estar abandonados a sí mismos. De ahí la desesperada necesidad de divertirse, como la entendían y criticaban moralistas del siglo XVII tan diferentes como Pascal o Quevedo. Naturalmente, la condición previa del aburrimiento es el tiempo libre y, en principio, la soledad, aunque sea posible aburrirse acompañado. Es la situación ideal para el tedio: solo y sin necesidades básicas inmediatas que satisfacer. Porque, a partir de ahí, todo está por hacer.

Salvo que el tedio vaya a convertirse en condición vital –a lo Des Esseintes de Huysmans o Soares de Pessoa, lo cual es muy raro–, este suele ser más bien una etapa, una fase (como el experimento planteado en La escuela). Amara recuerda la idea de Nietzsche según la cual, para el pensador o el artista, el aburrimiento no es un hacer nada estéril, sino el periodo –necesario– de maduración o incubación. Mantenerse permanentemente ocupado es la mejor forma de no pensar nunca nada y solo en el tiempo lento del ocio y el tedio es que surgen las ideas que valen la pena. Este puede parecer, al principio, un árido desierto, pero después, una vez acostumbrados a él y cuando hemos aprendido a observarlo, advertimos que no es tal, que está, de hecho, lleno de vida, y que en él tienen lugar descubrimientos y epifanías que de otro modo no ocurrirían. Pero, primero, hay que aprender a estar en sí mismo.

Amara concluye –sin mucho entusiasmo, hay que decirlo– que hay que aceptar el aburrimiento como parte de la vida. Buen ensayista, lo plantea dudando: “¿Qué sucedería si, por el contrario, aceptamos que el aburrimiento es parte del esqueleto de la vida cotidiana, si lo entendemos como las vértebras quebradizas, imposibles y sin embargo efectivas que la mantienen en pie como una momia? ¿Es esta misma constatación el pensamiento de una momia?… ¿Implica necesariamente una claudicación creer que lo repetitivo puede ser la antesala del trance, o que en lo insípido nos aguarda un deleite inesperado y sutil?”.

No poca resignación parece haber en estas palabras, pero quizá la vía de escape se encuentre ya señalada en Montaigne. El Señor de la Montaña, al retirarse a sus dominios del Périgord, choca primero con el muro del tedio: no sabe qué hacer, se desespera, se aflige, se extravía en manías y pensamientos malsanos. Es, básicamente, el hombre de Pascal que no sabe estarse quieto en una habitación. Pero entonces se jala las riendas, se serena, comienza a interrogarse y a escucharse a sí mismo; aprende, poco a poco, a estar en sí, y empieza a escribir los Ensayos. Estos no existirían sin la experiencia previa y alternada del tedio. Son, en cierta forma, sus frutos. La salida del laberinto del tedio es su transfiguración en obra, y es que, hechas todas las cuentas, un verdadero discípulo de Montaigne no puede ser sino un partidario de la acción y el movimiento.

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