En memoria de George Steiner (1929-2020)



No es ninguna novedad observar que la figura del profesor o maestro ha perdido buena parte del prestigio que antes poseía. Enseñar, dar clases, es considerado como una actividad laboral entre otras, no ciertamente la que mayores gratificaciones reporta (y no hablo de las económicas, eso por descontado) y que con demasiada frecuencia tiene que ver más con la resignación que con el entusiasmo. Da clases aquel que no puede hacer otra cosa, el que ha probado su incompetencia para la acción y el mundo real. “El que sabe hacer una cosa, la hace. El que no sabe, la enseña”, como reza la cruel sentencia que se recuerda en estas páginas.

George Steiner –crítico literario, humanista y profesor– dedica este libro, compuesto por las célebres Charles Eliot Norton Lectures de la Universidad de Harvard que impartió hace algunos años, a reflexionar sobre el acto de enseñar y las complicadas relaciones entre quienes dan el conocimiento y quienes lo reciben. Maestro en un sinnúmero de universidades, el magisterio de Steiner se ha extendido alrededor del mundo a través de sus libros y conferencias. Pocos seguramente se encontrarán en mejor posición para examinar este tema.

Lecciones de los maestros, que toma su título del famoso relato de Henry James, va desde los presocráticos hasta los maestros modernos. En la primera etapa de este recorrido sobresale el análisis de dos figuras que han sido el modelo del maestro en occidente: Sócrates y Jesús. En trabajos anteriores (los memorables ensayos “Dos cenas” y “Dos gallos” incluidos en Pasión intacta) Steiner había estudiado ya algunos paralelismos entre ambos personajes. El siguiente capítulo trata de eminentes maestros y discípulos como Plotino, San Agustín o Dante. La obra de este último es leída como una “epopeya del aprendizaje”. En la relación de Dante con Virgilio, en su encuentro con Brunetto Latini, la Comedia plantea aspectos centrales de la relación entre el maestro y el discípulo. Es en partes como esta, en el comentario de textos, que el autor despliega su personal maestría, pues Steiner, ante todo, es en efecto un “maestro de lectura” (véase sus conversaciones con Ramin Jahanbegloo). Para descubrir y explicar los sentidos de una obra, no precisa recurrir a una jerga abstrusa y pseudocientífica o a una serie de esquemas, blancos favoritos de sus frecuentes críticas al estado actual de los estudios literarios; su acercamiento a los textos se basa en una amorosa sensibilidad, una inteligencia aguda y una sobria erudición (su premisa crítica quedó enunciada desde el inicio de su primer libro, Tolstoi o Dostoievski: “La crítica literaria debería surgir de una deuda de amor”). Al finalizar este capítulo, a propósito de la relación entre Flaubert y Maupassant, el autor aprovecha para cuestionar seriamente la idea de las clases de “Escritura Creativa” y los talleres de creación literaria, ese curioso invento norteamericano que como la fast-food se ha extendido al resto del mundo.

Más adelante, Steiner se ocupa de otras célebres relaciones maestro-discípulo en la ficción o en la realidad: Fausto y sus acólitos; Tycho Brahe y Kepler. No podía faltar Heidegger –presencia inevitable en su obra, baste recordar su Heidegger– en su doble papel de alumno y maestro, primero en su feroz relación con Husserl, luego con Hannah Arendt. Después, pasa a maîtres à penser tan disímiles como el ahora frecuente e injustamente olvidado Alain (¿cuántos lectores tienen hoy, fuera de Francia, los Propos?) y Nietzsche, y dedica todo un capítulo a la tradición del magisterio en Estados Unidos. No podía ser menos, tomando en cuenta el origen de la obra; sin embargo, no deja pasar la oportunidad de criticar la sombra que cubre desde hace años la relación entre maestro y alumno y, en general, toda la vida académica norteamericana: la corrección política. En un ambiente en el que el comentario o el gesto más inofensivos corren el riesgo de ser malinterpretados, se imponen el silencio, la simulación y la hipocresía.

Ser profesor, enseñar, es ciertamente una actividad llena de riesgos, de luces y sombras. Una buena clase, una lección magistral, requiere no menos de inspiración que de una preparación adecuada y depende, además, de un conjunto de factores de enorme fragilidad. Por cientos de horas grises en un aula habrá, quizá, una luminosa. Esa basta, sin embargo, para redimir ese viejo oficio, el más modesto, el más alto al que podemos aspirar: “Despertar en otros seres humanos poderes, sueños que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos: ésta es una triple aventura que no se parece a ninguna otra… Es una satisfacción incomparable ser el servidor, el correo de lo esencial, sabiendo perfectamente que muy pocos pueden ser creadores o descubridores de primera categoría. Hasta en un nivel humilde –el del maestro de escuela–, enseñar, enseñar bien, es ser cómplice de una posibilidad trascendente”.

Las gratificaciones, en efecto, son enormes, pero no son menores los riesgos, pues si todo trabajo mal hecho tiene consecuencias, las de un mal profesor (torpe, mal preparado, perezoso, aburrido; las formas de enseñar mal son innumerables) pueden ser letales para el espíritu: “Una enseñanza deficiente, una rutina pedagógica, un estilo de instrucción que, concientemente o no, sea cínico en sus metas meramente utilitarias, son destructivas. Arrancan de raíz la esperanza. La mala enseñanza es, casi literalmente, asesina, y, metafóricamente, un pecado… Instila en la sensibilidad del niño o del adulto el más corrosivo de los ácidos, el aburrimiento, el gas metano del hastío”. Sería deseable que todo aquel que da clases –desde el preescolar hasta el posgrado– reflexionara detenidamente sobre estas palabras.

 

Reseña de Lecciones de los maestros publicada originalmente en La Jornada Semanal, 527 (10 de abril, 2005).

1 comentario en “En memoria de George Steiner (1929-2020)

  1. Recuerdo un aula, una nebulosa de palabras y sentidos que me rebasaban… Asombro, súbito entendimiento de que se sabe muy poco o nada… Y después (en un abrir y cerrar de ojos): pasar del pupitre al escritorio junto al pizarrón, deseando desesperadamente volver el tiempo atrás… Gracias por estas palabras y por aquellas sesiones en donde me sentí alternadamente la más ignorante y la más feliz del mundo! (Este teclado está en inglés y no me permite poner adecuadamente los signos, perdón por eso:)

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