El último Realista



Bueno, de vez en cuando la Academia Sueca acierta. Luego de haber premiado últimamente a escritores francamente medianos, por decir lo menos, su elección de este año es incuestionable. Por mucho que les pese (y les pesa) a los compañeros progresistas y bienpensantes latinoamericanos, si algún escritor de lengua española merecía hace rato el premio era Vargas Llosa. De los escritores del Boom, el más consistente y el único que ha sabido mantener un nivel a lo largo de los años (confróntese con los casos de García Márquez y Fuentes). Pienso en Vargas Llosa como en el último gran Realista de la literatura. Él es el heredero directo y legítimo de una tradición que empezó, digamos, con Stendhal y que perfeccionó su admirado Flaubert; él es, también, su último eslabón. Por supuesto que se siguen y se seguirán escribiendo novelas apegadas a las convenciones del Realismo (como se siguieron escribiendo epopeyas mucho después de muerto el género), pero la novela más moderna busca desde hace tiempo otros caminos, una mezcla de ficción, ensayo y escritura autobiográfica (piénsese en Roth, Kundera, Coetzee, Naipaul); se aparta de los cánones realistas y busca, en sus mejores momentos, rescatar su herencia cervantina y sterniana. La grandeza del novelista Vargas Llosa consiste en lo que tiene que decirnos acerca de la dimensión política y social del hombre; en pocas palabras, el hombre entre los hombres. Poco tiene que decirnos del hombre frente a sí mismo y no se diga de su dimensión metafísica. En su riguroso Realismo (y no lo digo como una censura, sino como una observación) radica su grandeza y su miseria.

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