El triunfo de Novo



Casualmente, en fechas recientes leí un par de libros sobre Novo: el ensayo-poema dramático Escribir con caca de Luis Felipe Fabre y la crónica biográfica de Monsiváis, Salvador Novo. Lo marginal en el centro. A diferencia de otros Contemporáneos, fijos en el canon de la literatura mexicana y un poco fosilizados por la crítica, Novo no deja de sorprender, no se deja encasillar, sigue escapando a cualquier intento de definición total.

Fabre insiste en el Novo escéptico de la poesía, el poeta moderno y hasta posmoderno, irónico, que se niega a la Gran Obra y a la Posteridad, pero que igual se cuela a esta en virtud precisamente de esa negación: “El mundo ya está lleno de grandes poemas, Novo lo sabe y mejor arriesga otra cosa que aún ahora, tantos años después, es difícil precisar porque ahora sigue estando después: una escritura que, a falta de un nombre mejor, seguimos llamando poema pero que se sitúa después de la poesía”. Por su parte, Monsiváis –genuino admirador de Novo, pero insobornable testigo de su decadencia e “institucionalización”– narra el increíble proceso que lo llevó de joven heterodoxo e irreverente a inverosímil monumento de la buena sociedad y el establishment político. Aunque esta última etapa fuera más bien ignominiosa, no deja de ser una suerte de triunfo de Novo el hecho de haberse logrado imponer –sin esconderse ni disimular, sino, al contrario, exagerando los rasgos que lo hacían marginal– a una sociedad que reunía todos los elementos para abominarlo. Novo fue, a la par, nuestro Wilde y nuestro antiWilde. Aunque sea en el Mictlán imaginado por Fabre, no debe dejar de reírse.

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