Cyril Connolly



Leí hace tiempo la Obra selecta de Cyril Connolly que Lumen publicó años atrás (Lumen, en donde, como en tantos otros sellos editoriales antes de un prestigio inmaculado, hoy, gracias a los grandes consorcios de que forman parte, los buenos autores conviven con la basura más deplorable). Me confirmó una de mis íntimas convicciones: el crítico literario, para sobrevivir, debe ser algo más que un crítico; debe, por lo menos, hacer crítica de otra forma. Enemigos de la promesa es buen libro, un libro original en su mezcla de crítica y autobiografía (quizá habría que haberlas imbricado más y no separarlas tanto en dos secciones), pero La tumba sin sosiego –traducción más afortunada que La tumba inquieta– es una obra maestra, la obra que justificó y seguirá justificando a Connolly.

¿Qué es La tumba sin sosiego? Un ensayo escrito en fragmentos (ya desde aquí bastante moderno), un cuaderno de notas, un diario sin fechas, un libro de aforismos, una obra de crítica, pero no solo de crítica… una obra única. En Connolly, cosa hoy rarísima, convivían una formación académica clásica (clásica en serio: ¿cuántos críticos hoy leen a Horacio o Virgilio en latín?) y un lector absolutamente moderno y contemporáneo. Poseía una completísima consciencia histórica de la literatura, otro rasgo hoy poco común. Palinuro, su alter ego, es un hombre que combina la fe en el hombre y el hedonismo con el pesimismo y la ansiedad. La tumba sin sosiego es la obra de la crisis del mezzo cammin, una obra de la sabiduría, algo desesperada, de la madurez y la experiencia. Me dan ganas de citarla entera, pero escojo algunos fragmentos:

“Cuantos más libros leemos, antes nos damos cuenta de que la verdadera misión de un escritor es crear una obra maestra, y que ninguna otra tarea tiene la menor importancia”.

“Solo hay dos maneras de ser un buen escritor (el único tipo de escritor que merece la pena ser): una manera es, como Homero, Shakespeare o Goethe, aceptar la vida por completo; la otra (la de Pascal, Proust, Leopardi o Baudelaire) es negarse a perder de jamás de vista sus horrores. Hay que ser Próspero o Calibán”.

“¿Acaso los solitarios, los castos, los ascéticos, que a estas alturas llevan viviendo entre nosotros tres mil años, han demostrado alguna vez tener razón?”

“Dentro de todo hombre obeso hay uno delgado que gesticula violentamente para que le dejen salir”.

“Debo tanto mi felicidad como mi tristeza al amor del placer; del sexo, los viajes, la lectura, la conversación (oírme hablar a mí mismo), la comida, la bebida, los habanos y los baños de agua caliente. La realidad es lo que queda cuando estos placeres, junto a la esperanza del futuro, el arrepentimiento del pasado, la vanidad del presente y todo lo que compone el aroma del yo son extraídos de la burbuja de aire en la que vivo”.

“Diez de septiembre: Magnificencia plena del otoño; las tiras verdes y doradas de los plátanos ondean transparentes contra el alto cielo radiante. Resolución de cumpleaños: De ahora en adelante, especializarme: nunca más hacer concesión alguna al noventa y nueve por ciento de ti que es igual que todos los demás a expensas del uno por ciento que es único. No escuchar nunca al falso Yo cuando habla”.

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