Antonio Alatorre (1922-2010)



Durante mucho tiempo, Antonio Alatorre fue para mí básicamente el autor de Los 1001 años de la lengua española y un profesor mítico del que hablaban mis padres, antiguos alumnos suyos en El Colegio de México. Años después, yo mismo tuve oportunidad de asistir a sus seminarios de poesía áurea en la UNAM (para entonces ya no daba clases en el Colegio, donde a la sazón me encontraba, pero si Mahoma no va a la montaña…). El mejor, sin duda, el dedicado al Primero sueño. Allí, a lo largo de un semestre, no hicimos otra cosa que leer, verso por verso, el poema de sor Juana (a Alatorre le gustaba repetir la anécdota del colega que, genuinamente extrañado, le preguntó un día a un alumno suyo: “Oye, y ustedes ¿qué hacen en el seminario de Alatorre?”; “Leemos poesía”, contestaba simplemente el alumno; “¿Y nada más?”, insistía, incrédulo, el profesor; “Pues sí, y nada más”, concluía, orgulloso, Alatorre). Quienes en algún momento asistimos a sus clases tuvimos el raro privilegio de ver en acción a un verdadero maestro de lectura, un filólogo en toda la extensión de la palabra. Alatorre podía ser feroz en sus reprimendas (“Qué curioso ser tan ignorante…”, fulminaba a quien hacía una pregunta obvia), pero era enormemente generoso y, a diferencia de tantos profesores, no tomaba a mal que alguien disintiera razonablemente e incluso, de vez en cuando, le enmendara la plana. Buscaba, ante todo, la lectura correcta, la verdad del texto, no la suya propia. Renuente a publicar libros (prefería, con mucho, los artículos, que periódicamente aparecían en la Nueva Revista de Filología Hispánica), no fue sino hasta los últimos años que se decidió a publicar algunos. Entre ellos, su tan esperada edición de la lírica personal de sor Juana, el Sor Juana a través de los siglos y El sueño erótico en la poesía de los Siglos de Oro. Discípulo de Raimundo Lida (que a su vez lo fue de Amado Alonso, que a su vez lo fue de Menéndez Pidal), Alatorre era el heredero directo de una tradición filológica. Toca ahora a sus alumnos y discípulos, en la medida de lo posible, honrar la lección del maestro.

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