Los minutos. Monólogo de Ramón López Velarde

Quizá la muchacha de aquella noche tenía razón. ¡Qué criatura tan encantadora! Me miró con asombro, casi horrorizada, cuando le respondí exaltado que no tenía hijos ni quería tenerlos. Soy un bruto; creo que la asusté. Era una pregunta inofensiva, perfectamente normal. La mayoría de los hombres que la visitan están casados y tienen hijos, correctos padres de familia en busca de una distracción. ¿Debía yo sorprenderme y reaccionar como reaccioné? Cualquiera habría dicho que me había insultado. Me avergoncé de inmediato y le pedí disculpas. Sin embargo, apenas se recuperó de la sorpresa, replicó con vehemencia: “¡No! Tú tienes que tener un hijo.” “Un hijo que sea igual a ti”, agregó dulcemente, acariciándome la cara.

https://www.letraslibres.com/mexico/revista/los-minutos

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Reseña de Diccionario Vila-Matas

No hay lector verdadero si no es lector apasionado y, en el caso de Pablo Sol Mora cuando lee a Enrique Vila-Matas, no solo es apasionado, sino devoto. La devoción, ya se sabe, no es obligada, sino asistida por la simpatía y la atracción. Sol Mora nos revela en Diccionario Vila-Matas a un autor que es en sí mismo una literatura. Baste decir que estamos ante un libro tan único e inclasificable como cualquiera de los del barcelonés. Apenas recorra el lector este volumen como si fuera un flipbook, y suspenda el pulgar a donde el capricho lo llame, no se detendrá hasta terminar la entrada de “Abismo”, “Alcohol, “Dandi”, “Locura”, “Portátil” o “Shandy”. Cada autor aspira —así sea disimuladamente— a tener un lector ideal, incluso a uno que supere sus propias expectativas. Con Diccionario Vila-Matas, a partir de hoy, cualquier ferviente lector de Bartleby y compañía, por ejemplo, se remitirá a este libro.

 

El resto, aquí: http://www.criticismo.com/diccionario-vila-matas/

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Baudelaire vs los nuevos inquisidores

El bicentenario de Baudelaire (1821-2021) llega en un momento especialmente álgido de las relaciones entre moral y literatura, entre arte y censura, y quizá uno de los mayores provechos que podamos sacarle sea reflexionar, a la luz baudelairiana (o mejor, a su sombra), sobre estas espinosas cuestiones. Nadie como el autor de Las flores del mal está en mejor posición para recordarnos que ni la literatura ni el arte son un concurso de belleza moral, como tanto se pretende ahora.

Ingenuamente, tras los juicios por inmoralidad a Madame Bovary y Las flores del mal en Francia a mediados del siglo XIX, pensamos que la literatura y el arte no debían someterse a una doctrina moral y menos ser objeto de persecución y censura. Esa era una batalla que el arte parecía tener ganada: la de su autonomía moral. Claro está que a lo largo del siglo XX, desde totalitarismos de distintos signos, aparecieron de nuevo intentos de censurar obras artísticas, pero notablemente a partir de la segunda mitad del siglo, conjurados algunos de esos peligros, la opinión ilustrada occidental coincidía en que la literatura y el arte debían ser completamente libres y no estar sujetos a prohibición o censura. Al que lo intentaba le esperaba, más que una reacción airada, la burla y el ridículo. Ese consenso parece haberse roto (y la ruptura ha comenzado, previsiblemente, en los puritanos Estados Unidos, expandiéndose al resto de Occidente) y he aquí que estamos, en lo que aún es el principio del siglo XXI, censurando obras literarias y artísticas otra vez. Una nueva ola de inquisidores recorre el mundo. Naturalmente, tienen nuevos rostros, no son los adversarios típicos de la libertad artística del siglo XIX (digamos, la iglesia o la moral burguesa), pero a poco de rascar descubrimos que son los mismos, esto es, autoproclamadas autoridades morales, dogmáticas, intransigentes, que, con la excusa de proteger a la sociedad (a la que tratan como a un menor de edad, incapaz de decidir por sí mismo), se arrogan su tutela y proceden a decidir qué sí y qué no debe leer, ver, escuchar, etc. En última instancia, fomentarán la creación y difusión de obras que promuevan únicamente su visión del mundo. La última derrota de la literatura y el arte: no ser un fin en sí mismo, sino un medio de propaganda.

Ya para ellos, en 1857, Baudelaire escribía en “Nuevas notas sobre Edgar Poe”:

 

Ciertas gentes se figuran que el propósito de la poesía es una enseñanza cualquiera, que debe fortalecer la consciencia, o perfeccionar las costumbres, o, en fin, mostrar algo que sea útil… La poesía –por poco que se quiera adentrarse en sí mismo, interrogar su alma, despertar sus recuerdos de entusiasmo– no tiene otra meta que ella misma; no puede tener otra, y ningún poema podrá ser tan grande, tan noble, tan digno del nombre de poema como aquel que ha sido escrito únicamente por el placer de escribir un poema… Si el poeta ha perseguido un fin moral, ha disminuido su fuerza poética; no es imprudente apostar que su obra será mala.

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Diccionario Vila-Matas

 

¿Qué es el Diccionario Vila-Matas?

 

Quizá el indicio más claro de un gran escritor –de un gran artista, en general– sea la creación de un mundo propio. Leemos una página suya y de inmediato sabemos que estamos entrando en ese mundo, su mundo. Es, desde luego, una forma, un estilo, pero también un contenido, o sea, una serie de ideas, términos, temas, personajes, símbolos, referencias, obsesiones… Es, naturalmente, la mezcla indisociable de ambos.

La obra de Enrique Vila-Matas, una de las más originales de la literatura contemporánea, ha construido un mundo así. Abrir cualquiera de sus libros es entrar a un universo único: un universo portátil de shandys, bartlebys, suicidas, solteros, espías y femmes fatales; de capitales lo mismo en París y Barcelona que en Praga y Veracruz; de máscaras y ventrílocuos; de viajes y viajeros lentos; de citas y conferencias; de ficción y crítica; de fiesta y tedio; de vida y literatura. El Diccionario Vila-Matas pretende ser, ante todo, un homenaje a una obra, un tributo que nace de la admiración y el entusiasmo razonados de la crítica. Busca ofrecer al lector, al que apenas se interna en el mundo vilamatiano o al ya más o menos familiarizado con sus caminos, un mapa, una guía o, mejor aún, un compañero de viaje. De “Abismo” a “www.enriquevilamatas.com” es un itinerario personal y hedonista a lo largo de una obra leída y releída con pasión. Puede ser recorrido en orden, de principio a fin, o a salto de mata, según el interés y el humor; en su totalidad o fragmentariamente. Lo único que importa es que al final remita a la obra, que haga volver –con suerte con una comprensión más lúcida o una perspectiva enriquecida– al mundo único de Enrique Vila-Matas.

Siguiendo el ejemplo del autor, que como ningún escritor de lengua española ha sabido aprovechar las ventajas de internet, el Diccionario Vila-Matas comenzó su andadura en la red en 2015, en donde tuvo una favorable acogida por lectores y curiosos (primero en www.diccionariovilamatas.com y luego en www.pablosolmora.com). Se difundió a través de la página de la revista Letras Libres (www.letraslibres.com) y algunas entradas fueron retomadas por el sitio del propio Vila-Matas (www.enriquevilamatas.com), hecho que, por supuesto, honra al Diccionario. Hoy, revisado y enriquecido con algunas voces, aparece en su forma definitiva de libro, a lo que todo, según Mallarmé, tarde o temprano va a parar.

 

Prólogo a Diccionario Vila-Matas (Universidad Veracruzana, 2020), disponible aquí: http://libros.uv.mx/index.php/UV/catalog/book/2487

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Viaje alrededor de mi escritorio de Fernando Fernández

No recuerdo exactamente cómo fue que la marea de internet me llevó por primera vez al blog de Fernando Fernández, Siglo en la brisa (antes en http://oralapluma.blogspot.com/ y ahora en www.sigloenlabrisa.com), cuyo título proviene de unos versos de su admirado Gerardo Deniz (“Ningún mártir podrá / lo que un siglo en la brisa o un periplo de hormigas / llevándose los granos uno a uno”). Creo que fue a propósito de Salvador Elizondo –yo buscaba una imagen de su casa por un texto de Camera Lucida y la encontré ahí en una foto del propio Fernández– o quizá de López Velarde. El caso es que de inmediato reconocí un lector atento, curioso, con una sensibilidad peculiar que lo mismo se detenía en unos versos o una fotografía que en un gato o un árbol. Porque Siglo en la brisa es un blog fundamentalmente de lectura, lectura de textos, pero, más ampliamente, del gran libro del mundo. El internauta –o sea, cualquiera de nosotros– navega diario durante horas: lee noticias, busca información, trabaja, compra, se divierte, pierde el tiempo (mucho), pero al final del día es rara la jornada que reporte un verdadero descubrimiento, una página que verdaderamente valga la pena leer, y la rutina de la red acaba pareciéndose a la rutina a secas. Siglo en la brisa es uno de esos descubrimientos y esas páginas. En el alud de palabras en internet, y más concretamente en los blogs literarios, en donde todo parece igual, no siempre es fácil distinguir la verdadera escritura, la que se asume como un trabajo formal y que dignifica a la palabra y la crítica en medio de tanta palabrería.

Por eso celebro que el autor y Bonilla Artigas –editorial que se suele asociar a los trabajos académicos, pero que en su colección Las Semanas del Jardín, dirigida por Adolfo Castañón, parece buscar una orientación más literaria– hayan decidido hacer el honor de la imprenta al blog y publicado un volumen con sus mejores entradas, este Viaje alrededor de mi escritorio, que remite al clásico Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Maistre.

El libro es representativo de los intereses de Fernández y de Siglo en la brisa: la poesía, por supuesto, pero también la naturaleza, la amistad, la arquitectura, la fotografía, la ciudad, etc. Ajeno a modas y novedades, Fernández es un lector atento y riguroso, alejado de rigideces académicas, de poesía clásica española y moderna hispanoamericana: lo mismo Juan de Mena (el texto “De viaje con María Rosa Lida de Malkiel” es un magnífico ejemplo de su hedonismo lector) o Fernández de Andrada que Neruda o Deniz. Una de las mejores cosas que hace, y que se hace cada vez menos, es tomar un poema y leerlo cuidadosamente, verso por verso, analizándolo detenidamente y al alcance del lector común, como en “La rima número IX”. Hay en Fernández un amor al detalle verbal que revela la vocación poética y filológica (como se evidencia en “Si el oxim[ó]ron es tolerable”), pero esta sensibilidad es parte de una más amplia, no solo literaria, que fija su interés en lo aparentemente nimio: la hoja de un árbol, el retrato de un perro, las posibilidades miméticas de los limones, el uso de los ladrillos, el trinar de un pájaro. Nada hay insignificante, solo es cuestión de mirar con atención. Como la ya mencionada Camera Lucida de Elizondo, Viaje alrededor de mi escritorio revela una estética y una ética, una forma de ver y estar en el mundo.

El género de Siglo en la brisa y el Viaje es, por supuesto, el ensayo y no por nada se rinde el debido homenaje a Montaigne en sus páginas, a propósito de una visita a la célebre Torre. La cuestión que siempre me ha parecido crítica del ensayo en la red y específicamente en los blogs es la extensión. Reconozcámoslo, el lector de internet tiene prisa y, aun el que con un libro entre las manos es capaz de hacer una lectura pausada, a la hora de leer en una pantalla se resigna menos fácilmente a un texto largo y acelera el ritmo de lectura. Por eso siempre he pensado que el blog debe privilegiar los textos cortos y evitar asestarle al hipócrita lector un ensayo de varias páginas que tendría mejor recepción en otros espacios. La brevedad debe ser la premisa del ensayo literario en forma de blog (lo he intentado yo mismo en El Leedor, en  www.pablosolmora.com). Aunque en Siglo en la brisa hay textos de distintas extensiones, Viaje alrededor de mi escritorio ha privilegiado los ensayos de formato más clásico, de libro, aunque ninguno es demasiado largo. Un grato complemento del volumen son las imágenes, que desde luego el blog permite usar más libremente (en el antiguo http://oralapluma.blogspot.com/ había incluso, a mi juicio, un exceso de imágenes, cuyo uso parece ahora más sobrio en www.sigloenlabrisa.com y es el justo en el Viaje).

Fernández es un amante de los árboles y coleccionista de sus hojas (dos de los textos más felices del libro son “Mi cuaderno botánico” y “Árboles comunes de la Ciudad de México”), que ha ido recogiendo en diversos paseos. Tengo la impresión de que lee y escribe como pasea y junta las muestras para su colección: en primer lugar, por el placer de hacerlo, sin una meta fija ni un fin ulterior; en segundo, con amorosa atención al detalle. En esa tesitura, la hoja del arce romano recogida en el lungotevere no es menos digna de interés que la rima de Bécquer en la hoja de papel. Un Viaje alrededor de mi escritorio parecería, de entrada, un viaje no muy variado, más modesto aun que su modelo alrededor de un cuarto, pero, como el lector podrá comprobar, siendo el espacio de la escritura, en el escritorio cabe el mundo entero.

 

Originalmente publicado en http://www.criticismo.com/viaje-alrededor-de-mi-escritorio/

 

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Decálogo del imperfecto reseñista

I. Reivindica la reseña como género literario.

La reseña es la forma básica e indispensable de la crítica literaria. Es un género literario menor, pero un género en sí mismo, con sus formas y características propias. Es preciso darle esa dignidad y practicarla con miramiento y consideración.

II. Cuida la prosa: escribe lo mejor posible.

Corolario del anterior, si la reseña es un género literario, debe estar escrita con la misma exigencia y esmero formales que cualquier otro género. Si está excelentemente escrita, será literatura ella misma.

III. Investiga sobre el autor, su obra y su tradición literaria: contextualiza.

No basta leer el libro reseñado en cuestión. Es preciso hacer una mínima investigación sobre el autor, el resto de su obra, sus influencias, sus parentescos literarios, su mundo histórico y cultural. Las mejores reseñas son un pequeño ensayo sobre el escritor y su obra.

IV. Cita el libro.

Es fundamental ofrecer al lector pasajes de la obra para que tenga una impresión directa de su contenido y su estilo. Hazlo selectivamente, buscando fragmentos clave. No cites sin ton ni son.

V. Argumenta y ejemplifica lo que afirmes respecto al libro.

Sea positivo o negativo lo que escribas, fundaméntalo. Si afirmas que el autor es un gran constructor de personajes, explica cómo están construidos; si dices que su estilo es ampuloso y grandilocuente, pon ejemplos.

VI. Critica, o sea, examina, explica, comenta, juzga, no solo parafrasees o resumas, elogies o vituperes.

Criticar es, ante todo, comprender, dilucidar, analizar y, en última instancia, emitir un juicio. No solo repitas lo que ya dice el libro o lo cubras de elogios o denuestos sin justificación.

VII. Sé equilibrado.

Pondera las virtudes y los defectos.

VIII. Cultiva un estilo personal.

Es la marca del gran crítico o del maestro de lectura, un gusto y una voz propios, pero no se adquieren fácilmente. Es preciso irlos construyendo con tiempo y paciencia.

IX. Revisa y corrige.

Cada palabra, cada frase, cada párrafo, la reseña completa. La buena escritura es reescritura. No te conformes con la primera versión. Relee cada cosa que escribas y pregúntate si no puede quedar mejor. Haz el esfuerzo.

X. Relee este decálogo.

I. Reivindica la reseña como género literario…

 

Publicado originalmente en http://www.criticismo.com/editorial-decalogo-del-imperfecto-resenista/

 

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Johnsoniana

Si un hombre no hace nuevas amistades conforme avanza en la vida, pronto se encontrará solo. Un hombre debe mantener su amistad en constante reparación.

 

La pereza es un mal que debe ser combatido, pero yo no aconsejaría una rígida adherencia a un plan de estudios en particular. Yo mismo no he persistido en un plan más de dos días seguidos. Un hombre debe leer según su inclinación; lo que lea por obligación le aprovechará poco.

 

Resuélvete y mantén tus resoluciones; elige y persiste en tu elección. Si pasas el día de hoy estudiando, te encontrarás en mejor disposición de estudiar mañana; no debes esperar alcanzar la victoria de una sola vez. La relajación no se supera fácilmente. La resolución a veces se afloja y la diligencia algunas veces se interrumpe, pero no permitas que ninguna desviación o sorpresa accidental, larga o corta, te desalienten. Considera estos fracasos un incidente común a toda la humanidad. Comienza de nuevo donde lo dejaste y esfuérzate en rechazar las tentaciones que te vencieron antes.

 

La vida no es larga y no hay que pasarse mucho tiempo deliberando cómo la vamos a emplear. La deliberación, que comienza como prudencia y se prolonga como sutileza, concluye, tras mucho pensar, en la suerte.

 

Sea lo que sea que la filosofía determine sobre la naturaleza material, es verdad que a la naturaleza intelectual le repugna el vacío; nuestras mentes no pueden estar vacías y el mal irrumpirá en ellas si no están ocupadas con el bien.

 

Un hombre prefiere que se digan cien mentiras sobre él que una verdad que no desea que sea dicha.

 

El patriotismo es el último refugio de un canalla.

 

No esperes razonar por completo todos tus problemas; no los alimentes con la atención y se diluirán imperceptiblemente. Fija tus pensamientos en tus ocupaciones, llena tus intervalos con compañía y volverá a brillar el sol en tu mente.

 

No hay nada contra lo que un viejo deba ponerse tanto en guardia como dejarse cuidar como un niño.

 

Lo que leemos por gusto causa una impresión más fuerte. Si leemos sin gusto, la mitad de la mente se emplea en fijar la atención, así que no queda sino la mitad para emplearse en lo que leemos.

 

La vida es una carrera de deseo en deseo, no de gozo en gozo.

 

La vida no admite demoras; cuando el placer puede ser alcanzado, hay que tomarlo. Cada hora se lleva parte de las cosas que nos causan placer y quizá parte de nuestra capacidad de sentirlo.

 

Cuidémonos de pensar que se acaba la felicidad sobre la tierra cuando somos nosotros los que nos volvemos viejos o somos infelices.

 

Cuando un ataque de ansiedad, de melancolía u otro tipo de perversión mental se apodere de ti, oblígate a no hacerlo público quejándote y esfuérzate en esconderlo; así se alejará. Mantente siempre ocupado.

 

El clarete es un licor para niños; el oporto, para hombres, pero aquel que aspira realmente a ser un héroe debe tomar brandy.

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The Life of Samuel Johnson de James Boswell

Contra mi costumbre, termino un año y empiezo otro leyendo el mismo libro; en este caso, The Life of Samuel Johnson, que me pareció un buen cierre para un año en el que leí varias biografías. Debo admitir que sus más del mil páginas me han costado más trabajo del que parecía en un principio. Con cierto hábito de leer, es difícil elegir una lectura que se vuelva fatigosa y se prolongue demasiado, pero esto es precisamente lo que me ha pasado con la obra de Boswell, lo que no deja de ser una lección de humildad lectora.

En realidad, The Life of Samuel Johnson no es tanto un libro para leerse de corrido, sino para abrirlo en cualquier página y hallar una anécdota o un dicho memorables. ¿A qué se debe la fatiga que causa? En primer lugar, a la falta de autoedición, de selección. Boswell pone todo lo que le escuchó al Dr. Johnson y la mera acumulación de historias y conversaciones se vuelve árida y monótona. En general, estoy en contra de versiones abreviadas de clásicos, pero este es uno que se beneficiaría mucho de una selección. Sin embargo, habría que recordar primero lo que en las letras inglesas del siglo XVIII se entendía por a life, no una biografía moderna, sino las memorias de una persona sobre cierto individuo. Para esto, era indispensable haberlo conocido personalmente o, en su defecto, hacerse de la mayor cantidad de anécdotas y frases a través de gentes que sí lo hubieran tratado. No había la intención psicológica de la biografía moderna de explicar al biografiado a partir de unas cuantas experiencias claves, sino de acumular el mayor número de testimonios de sus acciones y palabras.

Aparte de esa falta de selección, me temo que el propio personaje de Johnson acaba por volverse cansado y algo irritante. Johnson, que dominó la literatura inglesa del siglo XVIII, se hizo célebre principalmente por su Diccionario, su edición de Shakespeare, sus ensayos en The Rambler y sus Vidas de poetas. Fue, ante todo, un crítico, un lexicógrafo, un filólogo, un biógrafo. En el mismo siglo en que, en Francia, despuntaba la Modernidad filosófica, Johnson era un cristiano (anglicano) conservador e intransigente que pertenecía más al pasado que al futuro. Fue un gran conversador y polemista y The Life es principalmente la reproducción de su conversación, pero pronto el lector advierte que era de esos conversadores algo sofistas que a veces buscan más el brillo o el triunfo que la verdad y que argumentan en contra de lo que escuchan solo por el gusto de discutir. En sus peores momentos, se convertía en un auténtico bully verbal, a lo que contribuían su corpulencia física y el volumen de su voz. A pesar de estos defectos, la imagen moral de Johnson que lega Boswell –que no es el menor misterio de la obra, el hombre con vocación de devoto que bebe las palabras del Maestro y al que este no deja de maltratar alguna vez– es positiva: un hombre temperamental, polémico, a veces iracundo o injusto, pero fundamentalmente noble y generoso. Lo supo ver bien Goldsmith, que también fue su admirador y su víctima: “Johnson, seguro, tiene algo de rudeza en sus modales, pero ningún hombre vivo tiene un corazón más tierno. Del oso no tiene más que la piel”.

Dejo para la siguiente entrada –esta ya se extendió demasiado– algunas sentencias y bons mots del célebre Doctor.

 

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