Miseria y dignidad del hombre en los Siglos de Oro

O Asclepi, magnum miraculum est homo”. Las palabras de Hermes Trismegisto en el Asclepio resuenan aún en nuestros oídos, gracias, sobre todo, al célebre Discurso de Giovanni Pico de la Mirándola (otros, antes y después, las citaron, pero ninguno con la fortuna del Princeps Concordiae, a cuyo nombre quedaron unidas desde entonces). Para su anónimo autor, siguiendo la tradición hermética, el hombre es un gran milagro por ocupar un lugar intermedio en la jerarquía de los seres y estar vinculado a los dioses, por ser capaz de superar su parte meramente humana y ascender a la divina. Lo afirmaron también, a su manera, Sófocles y el salmista. El primero, en el famoso primer estásimo de Antígona: “Muchos son los portentos, / pero nada más portentoso que el hombre”; el segundo, con referencia a Dios, en el salmo 139, 14: “prodigio soy, prodigios tus obras”.

La noción general de que el hombre encierra en sí cierta grandeza, de que sobresale entre los demás seres y posee algo que le da una excelencia particular es, por supuesto, antigua y común a diferentes culturas, como lo es también la de que en realidad es un ser miserable, el más infeliz y desvalido de todos. A decir verdad, ambas, más que excluyentes, son complementarias: representan dos extremos de la visión de lo humano, las dos caras de una sola moneda. En la tradición occidental, estas nociones hallaron forma en una serie de ideas que, devenidas algunas de ellas lugares comunes, identificamos como miseria y dignitas hominis. Éstas tienen sus orígenes en la Antigüedad clásica y en la Biblia, fueron desarrolladas por los Padres de la Iglesia y alcanzaron su mayor esplendor en la Edad Media y el Renacimiento, respectivamente. De las dos, la segunda ha sido sin duda la que mayor atención ha atraído y la que se ha beneficiado de más estudios, al punto de que a veces se ha ignorado por completo a la primera, pero a poco de reflexionar sobre ellas queda claro que es imposible separarlas. A lo largo de la historia ha habido periodos en que una parece prevalecer sobre la otra, pero aun en los momentos en que esta preponderancia es mayor, la contraparte nunca desaparece del todo. Es por esto que cualquier intento de acercamiento general debe tomar en cuenta ambas como una unidad.

Escribir la historia de la miseria/dignitas hominis plantea varias dificultades de índole teórico y metodológico. En ella conviven elementos filosóficos, religiosos y literarios que exigen que su estudio no se limite a una sola perspectiva y considere su diversidad. Así, la antigua filología, en su sentido clásico, y la moderna historia intelectual, por su carácter interdisciplinario, parecen ofrecer una víaparticularmente útil para aproximarse al tema.

Habría, quizá, que empezar por las palabras mismas. Una historia estrictamente semántica de las expresiones miseria y dignitas hominis sería un valioso instrumento en la comprensión general de esta doble noción e iluminaría la cultura de las épocas en que alguno de sus elementos ha sobresalido. Consideremos en principio la palabra dignitas y su descendiente “dignidad” (o, para el caso, “dignité”, “dignità” o “dignity”). Dignitas proviene del adjetivo dignus, derivado del verbo decet, ‘convenir a’, y significaba, generalmente en un contexto social y político, ‘mérito’, ‘alto rango’, y era inseparable de los conceptos de autoridad y honor que éste implicaba. Así, por ejemplo, César, en la Guerra civil (I, 8-9), refiere cómo Pompeyo le pide que, por su propia ‘dignitas’, deponga en su ira en beneficio de la república, y cómo le responde que ésta ha sido siempre lo primero y más importante en su vida. En Cicerón abundan los ejemplos de este tipo, pero también él, en Sobre los deberes (I, 106-107), habla de la ‘excellentia’ y la ‘dignitas’ de la naturaleza humana y la vincula con la razón, común a todos los hombres y que nos hace superiores a los animales. Éste es uno de los orígenes de la dignitas hominisque encontraría su auge en el Renacimiento. La dignitas, en cualquier caso, implicaba una afirmación de excelencia, una orgullosa conciencia de grandeza y superioridad. La transformación que sufrió ese concepto se ve claramente en lo que en la actualidad se entiende por “dignidad”. Ésta suele significar hoy poco menos que el mínimo respeto que cada uno se debe a sí mismo y por el que se hace o deja de hacer algo; en circunstancias adversas de algún tipo, se apela a la “dignidad” como último elemento de resistencia. Y en qué consista exactamente, en un mundo secular, la “dignidad del hombre”, expresión que conserva su prestigio e invocada aquí y allá a la menor provocación, no es pregunta de fácil respuesta.

Sin dejar de tener en cuenta, entonces, la semántica, la historia de la miseria/dignitas hominis debe ir más allá de ella, pues la historia de las palabras que componen la expresión en la que se ha consagrado una idea no agota la historia de esa idea. Por ejemplo, en el mencionado Discurso de Pico, la expresión dignitas hominis no aparece de hecho ni una sola vez (y menos que en otra parte en el título, invento de la posteridad), pero es clara su trascendencia para la historia de la idea. Dicho esto, subrayemos que la historia intelectual no debe pasar por alto nunca los recursos lingüísticos y retóricos utilizados para expresar una idea determinada, pues las ideas no viven, incorpóreas, en el cielo platónico, sino encarnadas en el lenguaje.

En la literatura de los Siglos de Oro, la miseria/dignitas hominis aparece por todas partes. Apenas hay género en el que no figuren: poesía, teatro, novela, diálogo, discurso, tratado religioso y un prolongado etcétera. No es mi intención, claro está, componer su historia exhaustiva. En muchas, demasiadas ocasiones, la miseria/dignitas hominis es ciertamente sólo un ornamento retórico, un recurso utilizado al paso con la ayuda de alguna poliantea, pero en otras es algo más: no un mero accesorio, sino asunto central; no elemento secundario, sino estructural. Son esos los casos que me interesan. Es fundamental, en un estudio como éste, tener claro qué proviene de la tradición y cuáles son sus orígenes, pero no menos –y, para nuestros fines, de hecho, más– explorar las diferencias, hallar lo particular dentro del patrimonio común, las orientaciones individuales en medio de la corriente general.

Con este propósito, he elegido obras específicas de seis autores (tres del Renacimiento y tres del Barroco) en las que la miseria/dignitas hominis ocupa un lugar preponderante. La primera, el Diálogo de la dignidad del hombre de Fernán Pérez de Oliva, no necesita justificación: es el texto canónico de la dignitas hominisen castellano, la primera obra escrita en cualquier lengua vulgar sobre ella y su mejor síntesis en la literatura española; la segunda, prolija continuación de la anterior, fue compuesta por Francisco Cervantes de Salazar, quien buscó deshacer cualquier posible ambigüedad respecto a la primacía de la dignitas que pudiera haber quedado en la obra de Pérez de Oliva, marcando así una evolución importante en la historia de la idea; la tercera, en el otoño del Renacimiento español, es la magna obra de fray Luis de León, De los nombres de Cristo, clave de la espiritualidad de la época de Felipe II, en la que el cristocentrismo luisiano subraya los caracteres específicamente religiosos de la miseria/dignitas hominis y se observa un prudente distanciamiento del optimismo que imperaba a principios del periodo; en cuarto lugar, ya en el Barroco, he escogido dos obras religiosas de la madurez de Quevedo (si bien la primera es la refundición de un opúsculo juvenil), La cuna y la sepultura y Providencia de Dios, representativas de la crisis de la época y en las que aunque en última instancia el autor se esfuerza en favorecer la dignitas, su pesimismo característico parece indicar otra cosa; en quinto, me ocupo de La vida es sueño (tanto la comedia como el auto sacramental), en la que Calderón lleva a escena el permanente conflicto entre la miseria y la dignitas hominis e intenta salvaguardar el delicado equilibrio entre ambas; por último, he elegido El criticón de Gracián, monumental suma barroca en la que el autor acaba haciendo una apología de la dignitas hominis en términos de un humanismo casi secular. Apenas hace falta decir que el examen de la miseria/dignitas hominis en cualquiera de estas obras bastaría, por sí solo, para un estudio independiente, pero lo que me interesa justamente es la evolución a largo plazo del binomio y ofrecer una visión de conjunto, histórica, que permita examinar su desarrollo general en los Siglos de Oro.

Del prólogo a Miseria y dignidad del hombre en los Siglos de Oro
https://elfondoenlinea.com/Detalle.aspx?ctit=009209R

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Dos maestros de lectura: José Emilio Pacheco y Ricardo Piglia

Si es cierto que la crítica literaria es una de las formas de la autobiografía, como le gustaba repetir a Piglia, y que en realidad escribimos nuestra vida cuando escribimos nuestras lecturas, entonces habría que pensar que la escritura autobiográfica puede ser una forma de la crítica, particularmente en el caso de quien ha dedicado su vida a leer. Sobra decirlo, para el verdadero crítico, para el verdadero lector, no hay vida, por un lado, y lectura, por otro. La lectura es una experiencia vital y, la vida, una experiencia de lectura, de textos y de la vida misma, que requiere, igual que estos, el desciframiento y la búsqueda de sentido. A partir de estas premisas, quizá es posible fundir las posibilidades de lectura de la escritura autobiográfica y la crítica literaria, y leer el Inventario de José Emilio Pacheco, no solo como la gran suma crítica que es, sino como autobiografía (mejor, como vida), y Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia, no solo en tanto diario, sino como obra crítica.

Unir ambos autores y obras no se antoja arbitrario: en los extremos de Hispanoamérica, México y Argentina, José Emilio Pacheco y Ricardo Piglia pertenecen de hecho a la misma generación (el primero nació en 1939; el segundo, en 1941). A pesar de las obvias diferencias nacionales y personales, los une precisamente lo que da sentido al concepto de generación: lecturas, intereses, influencias, preocupaciones estéticas, políticas y morales, y trayectorias vitales similares. Ambos fueron eminentes escritores-críticos, en el sentido de que construyeron una notable obra propia (poética o narrativa), pero también ejercieron incasablemente la crítica literaria. Si Pacheco y Piglia no fueran los autores de sus respectivas obras y solo hubieran escrito sus textos de crítica, quedarían de cualquier forma en la historia de la literatura latinoamericana como dos de sus principales críticos literarios, pero en el ámbito hispanoamericano, como de costumbre (como hicieron Reyes, Borges, Paz), el mejor escritor –el poeta, el narrador, el ensayista– suele ser también el crítico más agudo y, por descontado, el de mejor prosa. Sorprende, por lo mismo, que se piense todavía que la creación literaria va por un lado y la crítica por otro. Nuestra mejor tradición es, precisamente, la del escritor-crítico. Desde luego, la obra de creación original –el poema, la novela, el cuento, el drama, el ensayo– estará siempre por encima, en tanto categoría abstracta, del texto crítico, que es siempre derivado, trata de otro texto y lo requiere para existir. Es por esto lógico que no se piense tanto en los escritores mencionados como críticos, aunque la crítica haya sido siempre parte fundamental de su actividad literaria y, de hecho, haya sido indispensable para el desarrollo de su propia obra. Esta íntima relación entre el quehacer crítico y el creativo es más evidente aún en autores como Pacheco y Piglia, en quienes son prácticamente inseparables. Ambos se definieron, ante todo, como lectores (fueron fieles al dicho del común Maestro: “que otros se jacten de las páginas que han escrito…”); ambos fueron, más que nada, lectores que escriben. Abiertos a diversas lenguas y literaturas, como sus modelos Reyes y Borges, ambos fueron también constructores de tradición de sus respectivos países, tarea en la que mostraron un interés especial por las letras del XIX, frecuentemente ignoradas. Pacheco lee y relee, digamos, a Altamirano y Payno; Piglia, a Sarmiento y Mansilla. Otras circunstancias exteriores los unen: ambos participan frenéticamente en la vida literaria de sus países por los mismos años (fundan revistas, trabajan en proyectos editoriales, dirigen colecciones, traducen, etc.); ambos comienzan escribiendo cuentos a la sombra de Borges y publican sus primeros libros formales en los años sesenta; en pleno Boom, ambos escriben a contracorriente y evitan los lugares comunes asociados a la imaginación latinoamericana; ambos se incorporan a la academia, concretamente norteamericana (Pacheco en Maryland, Piglia en Princeton), pero mantienen siempre un pie en Hispanoamérica. Piglia leyó tempranamente a Pacheco, cuando los libros de editoriales mexicanas (Joaquín Mortiz) circulaban rápidamente en Buenos Aires; Pacheco, por recomendación de Vicente Leñero, leyó en su momento Respiración artificial y se ocupó de ella precisamente en la columna “Inventario”, igual que casi treinta años después escribiría sobre Blanco nocturno. Ambos se encontraron personalmente, no sé si por última vez, en un diálogo en El Colegio de México en 2005. Pacheco murió en la Ciudad de México en enero de 2014; Piglia, en Buenos Aires, el mismo mes en 2017.

Lo primero que llama la atención a quien recorre las más de dos mil páginas que suman los tres volúmenes de Inventario es la vastedad de la cultura literaria de su autor. La obra es una verdadera enciclopedia personal de literatura occidental, hispánica y mexicana: Neruda, Chesterton, Rimbaud, Petrarca, Oscar Wilde, Thomas Mann, Antonio Machado, Borges, Rilke, Ezra Pound, Jack London, Jorge Manrique, Juan Rulfo, Robert Lowell, Vicente Aleixandre, Rousseau, Tolstoi, Horacio Quiroga, Góngora, James Joyce, José Revueltas, Juan Carlos Onetti, Henry Miller, Apollinaire, Quevedo, López Velarde, Flaubert, Hemingway, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Walt Whitman, Rubén Darío, Truman Capote, Ignacio Manuel Altamirano, Víctor Hugo, Díaz Mirón, Rosalía de Castro, Rosario Castellanos, García Márquez, Byron, Walter Benjamin, Octavio Paz… La nómina es apabullante e intimida al lector más voraz. Hay que decir, además, que los textos de Inventario no son meros retratos biográficos de sus sujetos y resúmenes de sus libros con una que otra impresión crítica, sino que la mayoría de las veces denotan una lectura íntegra y detenida de su obra. Detrás de las cuatro o cinco cuartillas de cada entrega hay horas y horas de lectura. Inventario –nombre de la columna semanal que durante cuarenta años Pacheco publicó principalmente en la revista Proceso y que no podría ser más justo pues un “inventario” es, precisamente, el “asiento de los bienes y demás cosas pertenecientes a una persona o comunidad, hecho con orden y precisión”– incluye la ficción, el ensayo y la crónica histórica, pero es, fundamentalmente, crítica literaria. Quizá Pacheco haya sido el más lector de nuestros escritores desde Reyes, de cuya diversa curiosidad y buena prosa fue uno de los mejores herederos.

¿Qué idea de la crítica subyace a Inventario? A Pacheco no le interesaba erigirse en árbitro de la elegancia ni en supremo juez de una literatura; no era un crítico censor ni le preocupaban demasiado las novedades, lo que con frecuencia, erróneamente, se consideran los principales rasgos de la crítica. Prefería compartir y razonar un entusiasmo por un gran escritor a denostar un autor mediocre. Esto no quiere decir, desde luego, que se abstuviera del juicio, pero siempre había en su acercamiento el afán de hacer justicia a un autor (no de ajusticiar), o sea, valorarlo íntegramente, con sus defectos y virtudes. Sobre Salvador Novo, por ejemplo, escribió tempranamente: “decir que Novo se sobrevivió es deshumanizador: propone la acción humana como simple desempeño de un papel que, una vez cumplido, permite que su protagonista sea desechado como un clínex. Novo no necesita defensa: su mejor respuesta, la única posible, está en sus libros. Pero sí es obligatorio hacerle justicia recordando la existencia de esas obras y de esa tarea edificante por la cual se le dio el título de maestro que nadie le podrá arrebatar”. Este afán de justicia preside toda su crítica. Lejos de él la actitud, tan común en cierta crítica, al mismo tiempo soberbia e ingenua, de demolición o juicio sumario. Se podría escribir de Pacheco lo que él mismo escribió de Vicente Aleixandre: “su misión era alentar y entusiasmar. Dejaba para otros el establecer jerarquías y expulsar a los indeseables de la República de las Letras”.

Cuando Pacheco comenzó a escribir “Inventario” mediaba la treintena y era ya, desde luego, un lector consumado. ¿Cómo y cuándo se forma un lector? Por supuesto que uno no deja nunca de acumular lecturas, descubrir nuevos autores y obras, formular y reformular juicios, rectificar opiniones, etc. Salvo impedimento físico, el lector no se jubila nunca y no deja de cambiar. Sin embargo, en algún punto, y sospecho que muy temprano, en la adolescencia o primera juventud, nos definimos como lectores y queda establecido el tipo de lector que seremos. Lo más importante es: qué clase de relación vamos a tener con los libros. ¿Será la lectura una actividad importante, pero a fin de cuentas secundaria en la vida, o estará en centro de la misma y se hará una con ella? ¿Se será un lector casual, alguien que razonablemente disfruta la lectura, pero que la mantiene en un plano subordinado (y no está mal que así sea, esta es la mayoría de los lectores y no todo mundo tiene por qué padecer la patología libresca)?; ¿un lector académico, o sea, alguien que más bien trabaja con los libros y para el que leer se convierte en una actividad mecánica, laboral (cuántos lectores de mediana inteligencia y sensibilidad, que alguna vez sintieron genuinamente el fuego de la lectura, pero que luego se han visto absorbidos por la especialización y encerrados en un modo meramente académico de leer, engrosan las filas de los profesores e investigadores en las universidades)?; ¿o será un lector vital, uno de esos que Albert Béguin llamaba liseur, un leedor, alguien que lee por vocación y cuya vida está por completo fundida con la lectura? Pacheco y Piglia pertenecen obviamente a esta última especie.

Pacheco, pues, desplegó su vida lectora frente al público de 1973 a 2014, o una parte de ella, en realidad, pues el crítico siempre lee más, claro está, que aquello sobre lo que escribe y por esta razón es muy importante su decisión acerca de cuál va a ser su testimonio de lectura (no hay que olvidar, por lo demás, que este Inventario. Antología es solo una tercera parte del total). A lo largo del tiempo, es posible ir viendo la constancia de ciertos temas y obsesiones (la historia de México o la figura de Obregón, por ejemplo), la aparición de nuevas preocupaciones (la ecología), la recurrencia de ciertas lecturas (Vasconcelos, López Velarde, Paz, por mencionar solo mexicanas) y, sobre todo, la evolución de un carácter, de una personalidad. Es inevitable decirlo: al paso de las décadas mexicanas de los setentas a las primeras del siglo XXI, Pacheco fue adoptando una postura plañidera y quejumbrosa que lo convirtieron en esa especie de Jeremías mexicano que atinadamente ha observado Christopher Domínguez Michael (quien se unió a él en las páginas de Proceso ejerciendo un tipo de crítica muy distinta, pero cuya obra, como él mismo ha reconocido en un gesto de gratitud, no existiría sin el antecedente de Inventario, de la misma forma que el lector no estaría leyendo esta reseña, ni esta revista, si el que la escribe no hubiera sido un ávido lector adolescente de ambos en esas páginas cuya tinta se quedaba en los dedos). No que no hubiera razones para el desaliento, igual que ahora, pero el discurso de Pacheco se volvió repetitivo y cansino. Se trataba, en parte, de una cuestión generacional: Pacheco, que vivió la mayor parte de su vida bajo el sistema político del PRI y que atestiguó la represión, las crisis económicas, la corrupción y en los últimos años la crisis de inseguridad, era como el tío de izquierda que todos tenemos que ha hecho de desesperar de México una segunda naturaleza: “¡ay, este país no tiene remedio!, estamos cada vez peor, vamos hacia la ruina”, etc. La razón de esta indignación y amargura es en el fondo loable: un genuino amor por el país y una sincera preocupación moral. Esta actitud, repito, es un rasgo generacional y, aunque aún presente en generaciones más jóvenes, se ha ido diluyendo y lo seguirá haciendo, espero, hasta desaparecer. A veces, el pesimismo y la amargura llevaban a Pacheco hasta el paroxismo, como en el terrible texto “Fors Clavigera (1787-1987)”, en el que luego de desgarrarse las vestiduras como pocas veces (“hoy, cuando mexicano es una abreviatura y un eufemismo para decir en el resto del mundo narcoineptocorruptopendejo”, etc, etc.), procede a negar el mestizaje, de hecho una de las mayores proezas sociales de México (proeza que sigue en marcha, que obviamente no ha estado exenta de tensiones y dificultades, de la que ciertamente se ha querido abusar y adoptar como ideología y discurso oficial, pero que pretender negar o calificar de mito es absurdo). Pero no todo era una cuestión generacional. Había en Pacheco, además, una marcada tendencia al lamento y el gemido. El pesimismo y la quejumbre son, ante todo, un temperamento.

Inventario está regido en gran medida por las efemérides: los aniversarios, centenarios, muertes, etc. Es periodismo literario o, más precisamente, crítica literaria periodística, que nace por motivos convencionales, pero excepcionalmente bien documentada y escrita. El lector habitual de la columna conocía bien el formato: un texto largo para estándares de columna o reseña (a ningún columnista o reseñista hoy le permitirían el número de caracteres de que disponía Pacheco en Proceso; hoy, que la reducción de espacios para la crítica obstaculiza de entrada cualquier asomo de análisis, tendencia a la que muy deliberadamente Criticismo se opone) divido en fragmentos subtitulados. Así, por ejemplo, “Rubén Darío en 1982” se divide en: Los privilegios del oído, Mecenazgo y cursilería, Las complejidades del Modernismo y París es siempre Managua. Con frecuencia, cuando Pacheco se interesaba especialmente en un autor, le dedicaba varios “Inventarios” seguidos. Así, por ejemplo, en 1980 tuvo un periodo quevediano (cuatro columnas que acaban formando un ensayo largo); en 1982, uno vasconcelista (cinco entregas); en 1987, uno laforguiano (tres textos), etc. Un hombre es lo que lee. Lo dicho: no es crítica literaria, es autobiografía. Los rostros de todos los autores tratados por un crítico se unen al final en un gran collage para formar su propio rostro. La concepción de Pacheco de la literatura no es muy distinta a la de Borges: esta es un enorme río verbal en donde lo de menos son los nombres propios, un largo texto escrito por millones de seres en donde las palabras de todos se confunden. Justamente en el primer texto sobre Piglia, “Kafka y Hitler (El proceso, El castillo, las alambradas)”, valiéndose de su heterónimo Julián Hernández (guiño pessoano de Pacheco) y de Borges, escribe: “ya que siempre, voluntariamente o sin proponérnoslo, plagiamos (¿de quién es la presente nota?: ¿de Piglia o del escriba que Piglia ni conoce ni sospecha pero que lo saquea, recorta, amplía, transforma y deforma?), hay que compensar el robo, impugnar la ‘creación’, abolir la propiedad literaria, asesinar (textual, no materialmente, por supuesto) al pomposo figurón pedantísimo llamado ‘autor’; hay que atribuir, en fin, nuestros propios textos a escritores que no existen o existen pero no los escribieron”.

Pacheco, en tanto escritor, eligió definirse muy deliberadamente como poeta y hacer de su poesía su principal carta de presentación. Esta ha sido muy criticada en los últimos años, sobre todo por las generaciones de poetas más jóvenes. No, tal vez no fue un gran poeta (como si este, por lo demás, fuera un fenómeno común), pero en Tarde o temprano, su poesía reunida, hay más de un poema que perdurará. Pacheco sabía que esto es recompensa bastante. Al mismo tiempo, iba construyendo discretamente una suma crítica, que esta antología hace plenamente visible. Inventario pasará a la historia, quizá, como la gran obra crítica de la segunda mitad del siglo XX mexicano.

Uno de los mayores dilemas de la crítica literaria actual, creo, es el de sus formas. ¿Hasta cuándo vamos a seguir escribiendo nuestros ensayos tradicionales, que primero publicamos en revistas y suplementos, y que luego, si hay suerte, reuniremos en un libro que arrancará los bostezos de otros críticos? ¿No está el formato de libro de ensayos de crítica literaria un poco anquilosado? ¿Realmente tiene lectores? ¿No habría que probar otras cosas, sacudir el árbol de la crítica y mezclarla con otras formas y otras escrituras? Y hablo, claro, de la crítica literaria que aspira a ser genuinamente literaria, a ser la caja de resonancia de la literatura, dialogar con el público y que normalmente sigue teniendo lugar en periódicos y revistas; no me refiero a la crítica académica, que en algunos casos produce obras especializadas notables, que es necesaria, pero que en muchos, demasiados casos, es un estéril monólogo solipsista, particularmente aquel que confunde hacer crítica con “aplicar teoría”, escrito en una jerga ilegible y que a nadie importa fuera del campus (Pacheco tenía razón, esta no es crítica, sino “papelería académica para sumar puntos curriculares y escalafonarios: literatura de pizarrón, hora Xerox de la crítica, textos de profesores para profesores”). Ahora bien, en la forma literaria que adoptó su labor crítica, Pacheco fue más bien tradicional; en este aspecto, Piglia fue mucho más innovador y apuntó los caminos a seguir.

Piglia representó en su forma más acabada la figura del lector-escritor, o sea, de aquel que escribe de y desde sus lecturas. A diferencia de Pacheco, que en sus últimos años interesaba poco a las jóvenes generaciones de escritores, el prestigio y la atracción de Piglia fueron en aumento. Se convirtió en un nuevo modelo de literato: un crítico agudo que era al mismo tiempo un gran profesor y un narrador. Deshizo por completo el mito de que el crítico no es un creador; aquí estábamos frente a alguien que, de hecho, creaba a partir de la crítica y las entreveraba indisolublemente. Encima, poseía una gran habilidad oral, y sus clases, conferencias y entrevistas eran parte de su obra. La celebridad de Piglia era relativamente reciente, pues pasó buena parte de su vida ocupando un lugar más bien discreto en la literatura latinoamericana, aunque Respiración artificial date de 1980. Durante años, Piglia construyó pacientemente el mito de sus diarios, de los que hablaba de vez en cuando y que llevaba desde la adolescencia. Poco a poco, estos se fueron convirtiendo en una de las obras más esperadas de la literatura hispánica. Finalmente, comenzaron a aparecer en 2015 y terminaron este año, juntando tres volúmenes titulados Los diarios de Emilio Renzi. La enfermedad condicionó y aceleró el proceso de revisión y edición, al que seguramente el autor hubiera deseado dedicar más tiempo. De cualquier forma, Los diariosson la última carta, el último desafío lanzado por Piglia a sus lectores, de quienes idealmente esperaba una sofisticación lectora parecida a la suya.

Quizá el rasgo decisivo y más interesante de Los diarios de Emilio Renzi, como ha comentado Patricio Pron en Letras Libres, sea el trabajo de edición, de intervención, llevado a cabo por Piglia a lo escrito hace décadas. Lo que leemos en el primer volumen, Años de formación, no es el diario, tal cual, del joven Piglia, sino su reconstrucción llevada a cabo por el Piglia mayor. No queda sino conjeturar hasta qué punto llegó dicha intervención, si principalmente a la selección y acomodo de los fragmentos, a la corrección de estilo o a la reescritura en general (un solo aspecto formal denota la intervención: la puntuación, que es una de las cosas que no deja de cambiar a lo largo de los años y que aquí es de sospechosa uniformidad). Es un diario sumamente literario en el sentido de haber sido cuidadosamente planeado, dispuesto y reorganizado para su publicación, y no ser, como otros casos del género, el testimonio en bruto de una vida. Recuerda un poco el caso de El cuaderno gris de Josep Pla, el monumental diario que su autor hizo y rehízo a lo largo de su vida. Esta clase de diarios no son menos artificiales que un libro de cuentos o una novela, naturalmente, y censurarlo equivaldría a no entender el juego del género.

Piglia fue lector, fundamentalmente, de dos diarios, el de Kafka y el de Pavese. El suyo no se parece a ninguno de los dos, pero un apunte sobre el primero ayuda a entenderlo. En El último lector, reflexiona: “por eso Kafka escribe un diario, para volver a leer las conexiones que no ha visto al vivir. Podríamos decir que escribe su Diario para leer desplazado el sentido en otro lugar. Solo entiende lo que ha vivido, o lo que está por vivir, cuando está escrito. No se narra para recordar, sino para hacer ver. Para hacer visibles las conexiones, los gestos, los lugares, la disposición de los cuerpos”. El desplazamiento, en su caso, es aún mayor, pues este no es el diario de Ricardo Piglia, no hay que olvidarlo, sino de Emilio Renzi. Este debía ser el último y magistral acto del personaje y alter ego de Piglia: usurpar al autor y apoderarse de la escritura más personal.

El primer volumen alterna el diario con relatos, algunos antiguos y otros nuevos. Los más notables, en mi opinión, son estos últimos, que lo abren y cierran, “En el umbral” y “Canto rodado”, en los que un narrador cuenta sus encuentros con un Renzi viejo y algo enfermo. El primero, sobre todo, es un ejemplo de ese magistral “estilo tardío” que solo los grandes narradores alcanzan. Es el Piglia de la madurez y es algo más. El tema no sorprenderá a nadie: la lectura. Renzi concibe un proyecto autobiográfico: Cómo he leído algunos de mis libros. ¿Y qué otra autobiografía, sino una obra de crítica, va a tener alguien que ha hecho de leer la actividad central de su vida? A Renzi no le interesa, claro está, escribir un nuevo canon occidental, sino uno absolutamente propio, personal, que desde luego incluiría grandes obras, pero que contemplaría obras menores que han tenido un significado especial para él (una de las formas de rescatar hoy la relevancia de la crítica literaria sería, tal vez, pedirle a quien la cultiva que se arriesgue, sobre todo, a escribir sobre obras que lo involucren y comprometan por entero, que lo obliguen a abandonar el cómodo papel del que juzga a la distancia). Obsérvese, además, que el título enfatiza el cómo o, para usar una palabra cara a Piglia, el procedimiento de la lectura. Pero Piglia no fue solo un lector, sino algo aún más complejo y delicado, alguien que enseñaba a leer, un profesor de literatura. Quien enseña a otros a leer está obligado a ser un lector doblemente atento y reflexivo, pues su propósito fundamental es ayudar a otros a comprender mejor el texto, hacer ver lo que no es evidente y que cobre sentido para ellos. Renzi cuenta una anécdota en la que está cifrado todo acto de comentario de texto y de enseñanza de lectura. En su adolescencia, más bien analfabeta, intenta ligarse a una chica, más culta y sofisticada que él. Ella le pregunta qué ha leído últimamente y Emilio, que no ha leído nada, contesta lo primero que le viene a la mente, el título de un libro visto recientemente en el aparador de la librería: La peste de Camus. La chica se lo pide prestado. Emilio, desesperado, corre luego a la librería a comprarlo, lo arruga un poco y pasa la noche en vela leyéndolo y pensando qué dirá a la chica: “había descubierto la literatura no por el libro sino por esa forma afiebrada de leerlo ávidamente con la intención de decir algo a alguien sobre lo que había leído: pero ¿qué?… Eterna cuestión”. Ese qué y el cómo del proyecto autobiográfico son la eterna cuestión, el núcleo de la enseñanza de la literatura.

Creo que fue Genette el del chiste de que todo En busca del tiempo perdido podía resumirse en tres palabras (cuatro en español): “Marcel se vuelve escritor”. Bueno, de Los diarios de Emilio Renzi podría decirse algo parecido, pues son, ante todo, la crónica de una vocación, del triunfo de una vocación. Ese es un rasgo que comparte con los diarios de Kafka, que dan testimonio de la salvaguarda, a toda costa, de la decisión de escribir. A los veinticuatro años, Piglia-Renzi escribe: “tengo que comprender que solo mi literatura interesa y que aquello que se le opone (en mi cabeza o en mi imaginación) debe ser dejado de lado y abandonado, como he hecho siempre desde el principio. Esa es mi única lección moral. Lo demás pertenece a un mundo que no es el mío. Soy alguien que se ha jugado la vida a una sola baraja”. El párrafo conmueve por diversos motivos: por la genuina y salvaje determinación de la juventud, por la ingenuidad (uno se pregunta qué podrá querer decir la frase “como he hecho siempre desde un principio” escrita a los veinticuatro, ¿desde que tenías doce?), por el tono desafiante, viril, de la declaración final. Gradualmente se va construyendo un modelo de escritor que no es ajena al género policiaco y al noir tan frecuentado por Piglia: el escritor como outsider, el marginal, investigador privado o delincuente, el espía, el detective salvaje, el lobo solitario, soltero y sin hijos, claro. En 1966, escribe: “si algo me individualiza y sostiene mi concepción de la literatura, mi marca personal, es que nunca he tenido –ni pretendido tener– un lugar mío (o propio), vivo en hoteles, en pensiones, en casas de amigos, siempre de paso, porque ese es para mí el estado de la literatura: no hay lugar propio, ni hay propiedad privada. Se escribe, digo yo cómicamente, desde ahí. Hombre de ninguna parte”; un año después: “vivir sin nada, sin propiedades, sin nada material que me ate y me obligue. Para mí elegir es desechar, dejar de lado. Ese tipo de vida define mi estilo, despojado, veloz. Hay que tratar de ser rápido y estar dispuesto siempre a dejar todo y escapar”. Robert De Niro en Heat de Michael Mann, interpretando al criminal dispuesto a dejarlo todo apenas sienta cerca a la policía, no lo dice mucho mejor. Después, tengo entendido, nos compramos casa en Princeton y departamento en Buenos Aires, pero eso, desde luego, no tiene importancia.

Quizá el volumen más débil de Los diarios sea el segundo, Los años felices (¿será porque no es tan fácil, aunque es posible, hacer literatura de la felicidad?). Hay aquí demasiada vida literaria ordinaria (“hoy fui a la editorial, preparamos la colección tal, escribí el ensayo X, me entrevisté con fulano…”) y demasiada política, junto a las habituales y brillantes reflexiones sobre leer y escribir. Piglia siempre hizo una diferencia muy importante entre querer escribir y querer ser escritor (la mayoría, en efecto, no quiere realmente escribir, lo que quiere es ser escritor, posar como uno y ser tratado como tal). Aquí puede verse el taller del escritor, los aspectos técnicos del oficio, y cómo van surgiendo obras como Plata quemada y Respiración artificial. Piglia, en realidad, no escribió muchas novelas (además de las mencionadas, La ciudad ausenteBlanco nocturno y El camino de Ida), pero cada una de ellas, sobre todo las primeras, tuvo un proceso de gestación muy largo, como el que corresponde a una obra verdaderamente necesaria (necesaria para quien la escribe, claro, no para el mundo, que puede seguir su marcha sin ella). No recuerdo quién lo dijo, pero tenía razón: solo hay que escribir los libros que tenemos dentro, los que verdaderamente no hay otra opción que escribir y nos persiguen durante años. Piglia estaba en las antípodas del novelista sujeto al mercado que saca una novela tras otra como si fuera un producto enlatado (grandes novelistas ha habido que escriben y publican incansablemente, pero, seamos francos, la mayoría no es Dostoievsky o Balzac, y aun a ellos esta sujeción les pasó factura).

En este segundo volumen llama la atención la omnipresencia de David Viñas (1927-2011), escritor de una generación anterior a la de Piglia. Viñas fue en su momento un escritor importante en Argentina (ignoro cómo se le considere ahora), pero de no mucha trascendencia hispanoamericana a largo plazo. Sin embargo, fue un referente clave para el joven Piglia, una figura que fue al mismo tiempo un amigo, un maestro y un rival. Mientras leía Los años felices me acordé del Borges de Bioy Casares, solo que donde ahí leemos “come en casa Borges”, aquí habría que leer “come en casa David”.

El momento clave de Los años felices es cuando Piglia anota, el 23 de octubre de 1968: “¿y si yo fuera el tema de mi colección de ensayos sobre literatura? La crítica como autobiografía”. Allí está cifrada toda la poética de la crítica literaria practicada por Piglia, su gran acierto y legado. Un libro como El último lector es la obra maestra de crítica que es precisamente porque en ella el crítico está involucrado por entero, personalmente, y no es un remoto y distante censor. La atención, allí, está centrada, primero, en la figura del lector: “no nos preguntaremos tanto qué es leer, sino quién es el que lee (dónde está leyendo, para qué, en qué condiciones, cuál es su historia)… la pregunta ‘qué es un lector’ es, en definitiva, la pregunta de la literatura”. El tema que vertebra el libro no es Kafka, no es Poe, no es el Che Guevara: es el lector Ricardo Piglia. Lo dijo Pascal, extraordinario y furibundo lector, a propósito del Señor de la Montaña: “no es en Montaigne, sino en mí en donde encuentro todo lo que en él veo”.

A principios de los setenta, Piglia va descubriendo su otra vocación, que a la postre se convertirá en casi tan importante como la de escritor: la de profesor de literatura. Muy pronto penetró Piglia el secreto de la profesión, para la que no bastan los conocimientos (indispensables), sino que requiere el talento de la representación y el histrionismo. El maestro también es un fingidor: “esta semana excelente ‘actuación’ en los cursos. Experiencia más parecida al teatro que a la escritura; hablar en público me llena de vacilaciones antes de empezar y de ciertos nervios al principio de la charla. Después me olvido de quién soy y me dejo llevar por las palabras”. Cualquiera que haya tenido la oportunidad de escucharlo –en una clase, en una conferencia, en una conversación– puede ser testigo de la destreza retórica y verbal de Piglia, que siempre daba la impresión de estar diciendo algo sumamente inteligente, novedoso y sutil, aunque no necesariamente lo fuera. Piglia fue también un gran sofista, en el mejor sentido del término, y él mismo advertía las debilidades y peligros de su talento: “empiezo un nuevo curso sobre Borges en el Instituto de la calle Bartolomé Mitre. Al salir pienso que estuve demasiado ‘brillante’ ”. Yo mismo tuve oportunidad de atestiguar su hipnótica habilidad oral y quizá el recuerdo que más perdure en mí, más allá de sus libros, sea el de su conversación generosa e irónica. Piglia, tequila y vino blanco de por medio (sauvignon-blanc, claro), diciéndome en voz baja: “¿sabés?, si vos escribís ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’, es que no tenés mucha suerte con las mujeres, ¿no?”.

El tercer volumen de Los diarios de Emilio Renzi, Un día en la vida, es a ratos dramático, casi trágico, y, al final, plenamente elegíaco. Parte de él está situado en lo que denomina los “años de la peste”, o sea, los de la dictadura argentina, los del horror de la persecución y los desaparecidos (que, por cierto, Pacheco denunció en 1977 en una entrega de “Inventario”, “Rodolfo Walsh y el genocidio argentino”). El ambiente que se respiraba entonces en Buenos Aires no sería muy distinto, supongo, al de la antigua Tebas al comienzo de Edipo rey, más atroz por estar disfrazado de una fachada de normalidad. Leemos: “la peste, entonces, y los testigos contamos lo que hemos vivido en esos tiempos oscuros, mis cuadernos son un registro alucinado y sereno de la experiencia de vida en estado de excepción. Todo parece seguir igual, la gente trabaja, se divierte, se enamora, se entretiene y no parece haber signos visibles del horror”. En esta tragedia no faltaron Antígonas, como la madre de Villa Urquiza que obsesivamente elaboraba su testimonio contra los militares con la esperanza de poder exponerlo alguna vez: “un relato simple, cierto, directo y frontal, que resumía y contestaba a las miles de palabras dichas por los canallas. La vidente debía ser una mujer íntegra, así en la Grecia clásica, y así también siglos después, en un departamento modesto en Villa Urquiza, Antonia retomaba esa tradición, que era también la de Antígona, y pedía justicia y pedía que sus hijos pudieran recibir una sepultura. Renzi había intentado imaginar esas palabras y el impacto de esa voz lo ayudó a sobrevivir y a escribir”. Porque toda Antígona necesita un Sófocles y tanto Piglia como Pacheco entendieron que es deber del escritor, cuando llega el momento, prestar su voz.

Cada vez más inconforme con la forma tradicional de hacer crítica, Piglia va construyendo su proyecto crítico: “sé claramente lo que no quiero hacer: no quiero hacer periodismo cultural pero tampoco quiero hacer crítica académica, en los dos casos hay una jerga. Por mi lado, busco encontrar la forma de hacer lo que llamo ‘la crítica del escritor’ ”. O sea, una crítica que no nazca de las exigencias tradicionales del periodismo cultural ni repita sus formas (que es lo que con frecuencia, aunque llevado a cabo con maestría, es Inventario), ni que caiga en el laberinto sin salida de la academia, sino que se alimente y desarrolle a la par de la propia creación. De lo que se trata es de buscar un espacio en el que crítica y creación, lector y escritor (y luego agregará: profesor), se fecunden mutuamente y hagan posible un ejercicio pleno, integral, de la literatura. Poco a poco, Piglia va intuyendo su forma: “cierta ‘idea’ otra vez: no quiero escribir un libro de crítica, quiero escribir un libro en donde circulen las conversaciones, las notas, las lecturas. Libro de escritor que tiene ciertas ideas…”. O sea, un libro como Crítica y ficción, como Formas breves, como El último lector.

Ya en 1981, Piglia advertía: “la crítica literaria está atada a los saberes externos (por eso envejece). La crítica como saber sometido: la lingüística, el psicoanálisis, la sociología”. Y apenas empezaba lo bueno, pues nunca en su historia la crítica ha estado más sometida a intereses extraliterarios (agendas políticas e ideológicas de toda índole, cuestiones de identidad, raza, género, preferencia sexual, etc.) que en las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI, particularmente en los ámbitos académicos. En la sección “Días sin fecha”, ya mucho más cercana al presente, el tono es directamente apocalíptico: “la crítica literaria es la más afectada por la situación actual de la literatura. Ha desaparecido del mapa. En sus mejores momentos –en Yuri Tiniánov, en Franco Fortini o en Edmund Wilson– fue una referencia en la discusión pública sobre la construcción de sentido en una comunidad. No queda nada de esa tradición. La lectura de los textos pasó a ser asunto del pasado o del estudio del pasado”. No queda más opción que disentir. Es muy cierto que la crítica se encuentra crisis, que se pregunta a sí misma cuál pueda ser su lugar, que no parece hallar un sitio firme en la actual circunstancia histórica-tecnológica, pero eso no significa que esté ya condenada sin remedio. Puede y debe volver a hacerse relevante: recuperando espacios, creando nuevos, aprovechando los recursos tecnológicos, defendiendo el texto, reivindicando la lectura lenta y reflexiva, exigiéndose más a sí misma, formando nuevos lectores y críticos (eso sí, si los jóvenes no estuvieran interesados en leer y hacer crítica, esta no tendría futuro, pero hay unos cuantos, me consta, que lo están). Esta nueva crítica debe tomar en cuenta precisamente los ejemplos de Inventario o la obra crítica de Piglia y, a partir de ahí, lanzarse en nuevas direcciones. El mexicano y el argentino fueron, ante todo, maestros de lectura.

El final de Un día en la vida es, como ya dije, francamente elegíaco. La enfermedad avanza inexorablemente y los apuntes se van volviendo más cortos, más espaciados. Poco antes de que el mal se declare, Piglia recuerda un viaje a una biblioteca privada de provincia en donde, junto con un amigo, descubre una de las primeras ediciones del Quijote. La magia vuelve, intacta, y el lector puro la contempla extasiado, quizá con la misma fascinación con que sostuvo al revés aquel libro que simulaba leer cuando era niño, según la anécdota que repitió mil veces. Concibe un plan: “volver solo un tiempo después, traer cloroformo para la bibliotecaria, abrir la vitrina, dejar una réplica del original, abrir la caja encristalada y robarme la mágica novela; tener el libro en casa, no mostrárselo jamás a nadie; leerlo, tarde en la noche, una lectura solitaria, sacrílega, sigilosa”. Alonso Quijano, el Lector ante el Altísimo, le tenía reservada esa fantasía final. Siempre he pensado que el Quijote escoge y recompensa a sus mejores lectores. Pero hay más. En la última página –el escritor postrado en la cama, casi sin poder moverse–, se lee: “para no desesperar, he decidido grabar algunos mensajes en voz alta en una diminuta grabadora digital que reposa en el bolsillo alto de mi capa, ¿o de mi caparazón?”. La palabra no puede escapar la atención del lector. ¿Un caparazón? ¿Como el de un escarabajo? ¿Como el de un insecto tirado en una cama que no puede levantarse? La última ironía del último lector. La compañía final: Cervantes y Kafka, don Quijote y Gregorio Samsa. ¿Qué mejor cortejo? Los dioses de la lectura saben premiar a los suyos.

Publicado originalmente en http://www.criticismo.com/inventario-antologialos-diarios-de-emilio-renzi/

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Letras nocturnas: Juan Vicente Melo

La clave del universo de Juan Vicente Melo (Veracruz, 1932-1996) es el pensamiento religioso, pero del tipo más desesperado: el de aquel que ya no puede creer. En su Autobiografía, que ofrece no pocas pistas para entender su obra, escribió: “perdí la fe cuando murió mi madre, porque yo esperaba (porque creía en ellos) un milagro. Saberme alejado, desposeído de Dios, me llevó a un exilio”. Sin embargo, las aspiraciones religiosas, cuando se han vivido intensamente, no desaparecen por arte de magia; muchas veces siguen ahí, pero sin una base firme, flotando en el vacío. Sobra decirlo, cualquier esfuerzo en la esfera de lo mundano por satisfacerlas está condenado al fracaso. La narrativa de Melo es el testimonio de ese fracaso y la incurable añoranza que provoca.
José Emilio Pacheco y Ricardo PigliaAutor de una obra relativamente parca –un par de novelas, unos cuantos libros de cuentos, crítica musical y literaria–, esta sigue rodeada de un aura de misterio. Difícil de conseguir, difícil de leer, es una de las más singulares de la Generación de Medio Siglo (hay que leerla ahí, junto a la de sus hermanos espirituales Juan García Ponce o Salvador Elizondo). Es de desear que esta nueva edición haga posible una relectura y una reevaluación del lugar de Melo en la narrativa mexicana del siglo XX, alejada lo mismo de la ignorancia que del culto desmesurado y ramplón.

Melo fue, ante todo, un cuentista. Luego de un par de libros que responden a distintas etapas de aprendizaje (La noche alucinada y Los muros enemigos), escribió un volumen casi perfecto, inobjetable como un axioma: Fin de semana(1964), uno de los mejores libros de relatos de la literatura mexicana que incluye dos (“Viernes: La hora inmóvil” y “Sábado: El verano de la mariposa”) que podrían figurar en cualquier antología. Son melianos hasta la médula: personajes condenados (toda su obra transcurre en el infierno o, el mejor de los casos, el purgatorio; el paraíso es una promesa inaccesible); atmósferas tropicales que son el revés del edén; angustias de la identidad; vana esperanza de redención; derrota en toda la línea. Allí Melo alcanzó la cima de su arte. Luego vendría El agua cae en otra fuente (1985), en donde hay también piezas notables, como “Mayim”, y una serie de cuentos que ya no alcanzó a recopilar en volumen e integran la última parte de estos Cuentos completos; relatos más cortos, más sencillos, en los que el autor regresa a los mitos de la infancia veracruzana y a sus temas de siempre: la decrepitud, la enfermedad, la muerte.

A pesar de su vocación por el cuento, el nombre de Melo está unido, sobre todo, a una novela, La obediencia nocturna (1969). Arriesgada, ambiciosa, desbordada, La obediencia es un viaje al abismo, más un vértigo que una novela: “el descenso, hacia abajo, cada vez más profundo. No hay fondo. La caída es lenta”. El narrador cuenta la historia de su obsesión por Beatriz, mujer desconocida e inalcanzable. A pesar de la homonimia, es el reverso de la dama dantesca: no conduce a la divinidad, sino a la nada, en un proceso cíclico sin fin. En la novela la busca el narrador, como antes la buscaron otros y como la seguirá buscando quien toma el relevo al final, pero ella es, como diría Leopardi, la donna che non si trova. Todos los perseguidores, por lo demás, son uno y el mismo; la identidad y la otredad es la gran obsesión moderna de Melo: “todos somos los mismos. Todos somos demasiados. Yo soy Rosalinda, Adriana, Aurora. Tú eres Enrique-Marcos”. En la novela, en toda la obra de Melo, priva una atmósfera de sumisión al destino, de anulación de la voluntad: aquí se obedece y, por supuesto, la mejor hora para la obediencia –para la obediencia en su forma más pura, o sea, la erótica– es la noche. Melo lo advierte desde los títulos de sus libros: alucinación y obediencia son dominios nocturnos.

La obediencia nocturna es una novela absolutamente romántica que habría merecido la aprobación de Nerval o Hoffmann (Beatriz no desentonaría entre las nervalianas hijas del fuego). Aquí están, sin faltar ninguna, las principales obsesiones de esa convulsión que llamamos Romanticismo: la búsqueda del absoluto, la imposibilidad del amor, la idealización de lo femenino, el enigma de la identidad, la figura del doble, etc. El autor lo tenía clarísimo y así lo comentaba en la Autobiografía: “se trata, estimo, de que la novelística mexicana se está impregnando de un nuevo romanticismo”. Sin embargo, hay pasajes que delatan una sensibilidad romántica trasnochada y difícil de digerir (pienso en esas celestiales apariciones de Beatriz en la catedral con todo y música de órgano). No obstante, el defecto más grave de La obediencia no son estos deslices románticos, sino la forma en que la novela se deshilacha hacia el final, cuando escapa al control de su autor en una serie de episodios injustificados y de prosa atropellada. Se entiende que existe la pretensión deliberada de dar la impresión del caos, pero una cosa es el caos y otra la representación artística del mismo, que supone algún orden. No es injustificado hablar de delirium tremens, especialmente en el último trecho de la narración. La obediencia es también la novela de la aventura sin fondo del alcohol: “beber es como si Dios estuviera contigo”, “uno empieza por tomar un trago, así porque sí, y luego se vuelve una necesidad. No se puede vivir ya sin estar borracho”. Uno de mis escasos recuerdos personales de Juan Vicente –yo era un niño– es ver entrar y salir su frágil figura del bar El Barón Rojo, en el hotel María Victoria del centro de Xalapa, siempre sonriendo.

Tal vez la lectura más interesante, hoy, de La obediencia se encuentre en su discusión del lenguaje, la lectura y la creación de sentido. Hay, en el corazón de la novela, un acto hermenéutico imposible: “el señor Villaranda te envía este cuaderno para que descifres signos y símbolos, para que traduzcas palabras extranjeras”. Pero Melo sabe que, en el fondo, todas las palabras son extranjeras, que la interpretación y la comprensión son ilusiones: “uno dice ‘buenos días’, ‘cómo estás’, ‘da lo mismo’, ‘te quiero’, ‘perdóname’ y, después de todo, no significa nada. Uno hace tal o cual cosa y eso resulta, al fin y al cabo, como decir ‘no sé lo que hago’ ”. Y es que, en un mundo desprovisto de la trascendencia divina, todo ha sido vaciado de sentido: el lenguaje, las acciones, la identidad personal. Yo, en efecto, es otro, pero el otro es nadie.

Publicado originalmente en http://www.letraslibres.com/mexico/revista/letras-nocturnas

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La libertad de Pedro Juan

Leo Animal tropical de Pedro Juan Gutiérrez. Confirmo lo que más me gusta de Pedro Juan, el personaje: la moral nietzcheana (celebración de la alegría y la fuerza, execración de la tristeza y la debilidad), el coraje vital, la sensualidad, el hedonismo desafiante (“¿Quieren que me sienta culpable? Pues no me siento culpable ni me arrepiento de mi lujuria”), la autenticidad, la  irónica masculinidad sin cortapisas (“soy un poquito machista. Y un poquito chulo. Me siento muy bien”). Sus novelas son genuinas lecciones de moral. Su piedra de toque es la noción de libertad individual:

“La libertad tiene que construirla uno mismo. ¿Cómo? Cada quien tiene que descubrirlo por sí mismo. Mi libertad la construyo escribiendo, pintando, sosteniendo mi visión simple del mundo, acechando en la jungla como un animal, impidiendo intromisiones en mi vida privada. Lo esencial para el hombre es la libertad. Interior y exterior. Atreverse a ser uno mismo en cualquier circunstancia y lugar”.

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La séptima vida de Kaspar Schwarz de Carles Pradas

En un tren Barcelona-Sitges-Barcelona, leo La séptima vida de Kaspar Schwarz de Carles Pradas (Astro Rey, 2016), que Liliana Muñoz reseñó aquí: http://www.criticismo.com/la-septima-vida-de-kaspar-schwarz/. Originalmente publicado en catalán, la novela, ilustrada con montajes fotográficos que son tan importantes como el texto, cuenta la vida múltiple del hombre-gato Kaspar Schwarz, desde su nacimiento hasta su improbable muerte. Aparte de mi benévola predisposición hacia cualquier obra que tenga como protagonista a un gato, realmente creo que La séptima vida tendrá un lugar en la literatura felina en donde destacan el Gato Murr de Hoffmann (sin duda la mayor novela gatuna), la Gatomaquia de Lope, “El gato negro” de Poe o los gatos de Baudelaire.

La séptima vida es como si Hoffmann (a quien ya fascinaban el problema de la identidad y la figura del doble) se topara con Pessoa, a quien Schwarz y Pradas han leído a conciencia. Kaspar Schwarz es en realidad una suerte de Kaspar Pessoa, dotado de múltiples personalidades, y que, además, escribe una especie de Libro del desasosiego que constituye parte de la novela. Así, vemos a Schwarz pobre, aristócrata, banquero, criminal, artista, vagabundo, etc. La novela está cuidadosamente confeccionada y, a diferencia de otras que recurren artificialmente a las imágenes, realmente las integra en el discurso novelesco. La séptima vida sería otra (inferior) sin el extraordinario montaje fotográfico. No sé qué tan amplio pueda ser el público al que llegue, pero tiene todo para convertirse en una novela de culto.

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La uruguaya de Pedro Mairal

Entre las novedades de las editoriales independientes de Barcelona, compro y leoLa uruguaya (Libros del Asteroide, 2017) del argentino Pedro Mairal, de quien nada sabía. La novela narra un día aciago en la vida de Lucas Pereyra –escritor pobre y cuarentón atrapado en una vida familiar sofocante– en que va a Montevideo a cobrar un dinero y a encontrarse con una chica que espera se convierta en su amante (la uruguaya en cuestión, claro). El dinero se lo roban, no logra acostarse con la mina y todo acaba más bien en desastre, pero la narración retrospectiva permite a Lucas echar un poco de luz sobre las ansiedades del hombre contemporáneo, cuestiones que su antepasado de hace un siglo o quizá solo medio apenas se cuestionaba: el matrimonio, la paternidad, la familia. La novela, que se lee con la ligereza con que se vería una película sobre el mismo tema (digamos This is 40 de Judd Apatow), adolece de cierta cursilería y de casualidades dignas de una telenovela, pero las reflexiones tragicómicas de Lucas no carecen de lucidez. Por ejemplo, sobre la asfixia matrimonial:

“Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cuerpo que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas… Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea.”

O sobre las fatigas de la paternidad:

“Mi hijo. Ese enano borracho. Porque era así a veces, como cuidar un enano borracho que se pone emocional, llora, no le entendés lo que te dice, lo tenés que estar atajando, lo tenés que levantar porque no quiere caminar, hace un desastre en el restorán, tira cosas, grita, se duerme en cualquier lado, lo llevás a la casa, tratás de bañarlo, se cae, se hace un chichón, empuja muebles, se duerme, vomita a las cuatro de la mañana. Vos sabés que lo adoro a mi hijo. Lo quiero más que nadie en el mundo. Pero a veces me agota, no tanto él sino mi constante preocupación por él. A veces pienso que no tendría que haber tenido un hijo a esta edad.”

Al final (matrimonio roto, familia separada), Lucas tiene algo claro: “Digo esto porque últimamente estuve pensando bastante en el tema de la familia y el matrimonio. Va a sonar como que me hago el superado, pero de verdad te digo: tenemos que pensar de una manera nueva”. De entrada parece inobjetable, pero ¿cuál sería esa manera? Las soluciones insinuadas al final: matrimonios de tríos, hijos viviendo a medias con el padre y la madre (véase un tratamiento despiadadamente realista en la película The squid and the whale de Noah Baumbach, un auténtico manual de cómo no criar hijos), padres divorciados que vuelven a casarse (ahora con personas de su mismo sexo), etc., no acaban de ser del todo convincentes porque, de una forma u otra, todas recaen en los mismos moldes institucionales de los que en principio quieren distanciarse. Repudiar el matrimonio tradicional, por ejemplo, y luego proceder a casarte de otra forma es, en realidad, seguir apuntalando el matrimonio. La cuestión de fondo, quizá, es que dichas instituciones funcionaban, relativamente al menos, dentro de un orden social (con connotaciones jerárquicas, religiosas, heterosexuales, patriarcales, etc., que son anatema para los biempensantes modernos) en el que ya no se cree y que, de hecho, se rechaza, pero parece complicado querer conservar las instituciones y negar los presupuestos ideológicos que las originaron. Si lo que realmente se quiere es preservar la familia y el matrimonio (cosa que no hay por qué querer necesariamente, claro está, pero si es el caso), ¿habría, pues, que pensar de una manera nueva o, más bien, antigua?

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Vila-Matas, princeps

Cazando viejas ediciones de Vila-Matas en Barcelona, me encuentro esta, la primera del primer libro, Mujer en el espejo contemplando el paisaje (Tusquest, 1973) en la librería anticuaria Maldà (Aribau, 24). La compro sin vacilar. La conmovedora nota biográfica de la contraportada dice:

«Enrique Vila-Matas nació en Barcelona hace 25 años, estudió derecho y abandonó la carrera para dedicarse al cine; hizo dos cortometrajes y trabajó unos meses como redactor en la revista ‘Fotogramas’ y como crítico de cine en ‘Bocaccio’. Esta es su primera creación literaria. Ha decidido dedicarse full-time a la literatura, aunque no sería de extrañar verle un día de director, de actor, de saltimbanqui o poeta…»

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Dark de Eduardo Cozarinsky

A finales del siglo pasado, Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) era básicamente un cineasta argentino exiliado en París y el autor de un único libro casi de culto, Vudú urbano (1985), que fue elogiado por lectores como Ricardo Piglia, Guillermo Cabrera Infante y Susan Sontag. Luego, según la mitología cozarinskyana, ocurrió el episodio que lo cambió todo y que, por cierto, recuerda el del accidente de Borges en una escalera que lo pondría al borde de la muerte y que habría dado origen a la escritura de “Pierre Menard, autor del Quijote” y al Borges cuentista (este, a propósito, dirigió la tesis del joven Cozarinsky en la Facultad de Letras de Buenos Aires, un estudio sobre Henry James). En 1999, una grave enfermedad y una temporada en el hospital se convirtieron en una epifanía y un mandato: había que ponerse a escribir. En la cama, lleno de tubos, compuso febrilmente dos cuentos de La novia de Odessa. “En ese momento”, ha declarado, “tomé la decisión de que no iba a parar”. Así, pues, entre 2001 y 2016, Cozarinsky ha publicado más de una docena de libros, sobre todo novelas y cuentos, y construido una de las obras más interesantes de la literatura argentina actual. Su mejor forma es la de la novela breve, aquella que apenas rebasa las cien páginas: Lejos de dónde (2009), La tercera mañana (2010), Dinero para fantasmas (2012), En ausencia de guerra (2014) o esta última, Dark.

             ¿Es Cozarinsky realmente un escritor tardío? Sí y no. Sí, porque su obra se ha desarrollado en los últimos años y porque empezó a publicar sistemáticamente pasados los sesenta; no, porque nadie se vuelve súbitamente escritor y porque, como él mismo ha explicado, en los años anteriores escribía, pero no solía terminar lo que empezaba y, sobre todo, no publicaba. Hay escritores cuyo estado larvario es particularmente largo, que necesitan desarrollarse lenta y silenciosamente, para luego nacer prácticamente formados. No es que de repente se hagan escritores: lo fueron siempre, pero requerían tiempo. Cozarinsky pertenece a esta delicada especie.

            Por lo demás, una lectura superficial de la obra de Cozarinsky revela de inmediato por qué no podía no ser tardía, por qué el paso de un tiempo prolongado era una condición necesaria. La obra cozarinskyana está arraigada en la noción de memoria (y las de ficción y aventura, pero ahora interesa más la primera) y esta solo se obtiene y desarrolla verdaderamente con los años. No se es un novelista de la memoria a los treinta (Proust, precozmente, comenzó su obra a los treinta y siete, y la concluyó, poco antes de morir, a los cincuenta y uno). Naturalmente, la noción de memoria, aquí, está problematizada. No se trata de una fácil recuperación del pasado de la que este emergería prístino, sin mácula, sino más bien de su invención: la memoria como forma de la ficción o “arqueología de la memoria en forma de novela”, como se observa en En ausencia de guerra a propósito de Herido de muerte de Raffaele La Capria. Así lo reconoce el narrador de Lejos de dónde: “en el recuerdo se modificaban incesantemente las imágenes y las palabras que la memoria había elegido conservar; las sensaciones del momento ya estaban corrompidas, tal vez enriquecidas, acaso mutiladas, por experiencias, emociones y meras ideas que, como napas geológicas, habían ido depositando sobre ellas los años que lo separaban del momento recordado. Esa distancia recomponía los episodios del pasado, les otorgaba un sentido imprevisto: como el montaje cinematográfico desentraña significados nuevos, nunca definitivos, en las imágenes y palabras que manipula” (p. 98). Recordar, en efecto, es operación de montaje. Previsiblemente, una y otra vez Cozarinsky recurre a metáforas y símiles cinematográficos. Su universo ficticio no es más el de las novelas leídas que el de las películas vistas y muchos pasajes de sus novelas son prácticamente escenas, están pensadas como tales (ejemplo claro, el inicio del mismo Lejos de dónde, con la madre joven del protagonista huyendo en la nieve en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial). Sin embargo, como él mismo ha dicho, es más un escritor que ha hecho cine –a la manera de Marguerite Duras– que un cineasta que escribe.

            Leído hoy, a más de treinta años de su publicación, Vudú urbano –ante todo un homenaje a una ciudad, Buenos Aires, como solo un exiliado podría hacerlo– se revela como un libro absolutamente contemporáneo (a punto estoy de escribir: posmoderno), con su estructura hecha de fragmentos, citas y “tarjetas postales”. Curiosamente, en términos formales, es un libro mucho más innovador y experimental que los que vendrían después, ya en el siglo XXI, y no me sorprendería que hubiera lectores que lo prefirieran. Cozarinsky dijo alguna vez que lo que le interesaba era la “contaminación” y “escribir fuera de género”. En ninguna obra lo logró como en esta, prácticamente la primera, y no deja de ser curioso que no haya ahondado en esa veta en las que vinieron más tarde. Uno no puede dejar de preguntarse cómo habría sido un libro que profundizara y refinara los caminos señalados por Vudú urbano. Sin embargo, lo que siguió fue otra cosa: una escritura, si bien de apariencia más tradicional, en realidad más profunda, más densa, más imaginativa, más llena de matices. “Es lo propio de un novelista”, sentencia Leila, personaje de En ausencia de guerra, cuando el narrador –por supuesto, un escritor– confiesa su pasión por lo “anecdótico”.

            No obstante, en algunos rasgos de Vudú urbano ya se adivina al Cozarinsky futuro, el más plenamente novelista. Hay una situación que se repite obsesivamente en sus libros y que podríamos llamar la génesis de la ficción (otra de las ideas que articula la obra de Cozarinsky): el momento exacto en que el narrador la vislumbra y comienza a urdir una trama. En “(Babylone blues)”, texto fechado en 1979, escribió: “una vez más compruebas que son infinitos los caminos de la mala literatura. Sin embargo, con qué placer apenas culpable vuelves a embarcarte una vez más en esa perversión de la vida cotidiana: lo que habría podido ser, lo que podrá ser… Humilde, minuciosa, como la hiedra o una mancha de humedad, prolifera en diseños intrincados, insignificantes, personajes disponibles, transeúntes que ignoran la trama en que los enredas, el pasado que les infliges, el futuro que posiblemente no te importe inventarles” (p. 110). Más de treinta años después, en Dinero para fantasmas, repite: “y la noche nunca me fallaba. Siempre había una visión fugitiva, un atisbo de personajes o destinos ajenos a mi existencia, un encuentro casual, una palabra entendida a medias, que me iban a convertir por unos minutos, a veces una hora, en el visitante de un principio de ficción, en el mejor de los casos en un personaje. Ficción fantaseada, ficción desprendida de alguna película, de alguna novela, puesta en escena a partir de retazos de una realidad banal” (p. 101). Es la inevitable recurrencia de este tipo de obsesiones lo que distingue al verdadero escritor.

            El protagonista clásico de las novelas cozarisnkyanas es un adolescente o un joven en cuyo seguro y monótono mundo burgués de pronto se abre una grieta que deja entrever la aventura, generalmente a través del encuentro con algún personaje oscuro y misterioso, ajeno su ámbito familiar y social. Lector devoto de Stevenson, Cozarinsky recrea una y otra vez el mito de La isla del tesoro, pero el Jim Hawkins cozarinskyano tiene una particularidad que lo vincula más bien con don Quijote: es un lector voraz y un cinéfilo, y proyecta consistentemente en la realidad sus expectativas novelescas y cinematográficas. Una y otra vez leeremos pasajes como estos, de La tercera mañana: “aquel niño, sin embargo, se esforzaba por reconocer en un modo de andar, en algún detalle de la vestimenta, esa elusiva ficción prometida por el cine de Hollywood y la lectura clandestina de novelas policiales compradas en el quiosco de la esquina… Buscaba personajes, actitudes dignas de las novelas o las películas que habían despertado mi apetito por la noche de la ciudad” (pp. 11 y 14). A veces, en efecto, la aventura ocurre y transforma, como sucede en Dark, pero otras apenas se insinúa, no concluye en nada y deja un gusto amargo en la boca: el héroe cozarisnkyano, como madame Bovary, comprueba entonces que la realidad nunca estará a las alturas de las expectativas alimentadas por la ficción. Apenas entrando en la edad adulta, instalado en Europa y tras una serie de ordinarios lances amorosos, el ex adolescente fantasioso de La tercera mañana razona: “y tal vez toda su demorada estadía en Europa no había sido más que un encadenamiento de aventuras sin mucho vuelo, más bien insignificantes, que no había llegado a regalarle una epifanía” (p. 76). Sin embargo, no habría que apresurarse a sacar conclusiones acerca de un desengaño vital en la obra de Cozarinsky, cuya lectura final implica la aceptación e incluso la celebración –una celebración compleja, hecha también de resistencia e ironía– de la vida, como en las últimas páginas, llenas de humanidad, de Lejos de dónde, en que el protagonista, un hombre que ha vivido de actividades vagamente ilícitas y que entonces rebasa ya la cincuentena, se encuentra varado en un bar de la estación de trenes de Dresde y mantiene el siguiente diálogo con la vieja dueña del bar: “–Veo que es optimista. Ya no somos jóvenes. / –No soy optimista, de eso puede estar seguro. Hay una canción polaca que dice: ‘Hoy estoy peor que ayer, pero mejor que mañana’. / Se rieron y juntos terminaron la segunda botella” (p. 107).

            Acabo de apuntar que el protagonista típico de Cozarinsky es un joven enfrentado a la aventura; tal vez sería más preciso decir que es un hombre mayor recordando al joven que fue enfrentando la aventura. La identidad en el paso del tiempo es otra de las fijaciones del autor y de ello da cuenta el uso alternado de la primera y la tercera persona en la narración. Con frecuencia, el narrador se refiere a su yo pasado como un otro. Detrás del recurso estilístico hay, desde luego, una visión del hombre: el yo de hace treinta, cuarenta, cincuenta años es, de hecho, más un otro que un yo. En Dark, el narrador recuerda un episodio de la adolescencia de Víctor: su fuga de casa de una noche, su incursión en un bar de mala muerte y la amistad con Andrés, turbio personaje que lo toma bajo su protección y se hace cargo de darle una educación ajena a la casa y la escuela. El escritor maduro apunta: “lo que sus padres hubiesen llamado malas frecuentaciones habían sido las que iban a formarlo, y si esa educación había tomado formas consideradas aberrantes por la sociedad, solo cabía juzgarla por el resultado” (p. 131).

            Aquí están, otra vez, el ejercicio de la memoria-ficción: “los recuerdos se asocian vertiginosos, él nunca sabe adónde lo llevan, a menudo se deja ir, viaje sin itinerario ni meta, curioso ante el archivo de trivia que los años han acumulado en su memoria… Solo en la memoria puede aparecer un aura de ficción. Y solo nosotros podemos darle algún sentido a esos fragmentos” (pp. 17 y 22), y la búsqueda de aventura espoleada por la literatura: “porque ya entonces era un solitario que no hallaba amigos con quienes compartir su vida imaginaria, un lonerque vivía entre libros para rescatar una parcela privada de la asfixiante convivencia familiar, porque en aquellos irredimibles años cincuenta no estaban al alcance de un adolescente porteño de clase media otras aventuras que las leídas” (p. 19).

            La amistad entre un adolescente y un hombre de cuarenta y tantos años encendería hoy, en nuestra sociedad obsesionada por el fantasma del acoso sexual, todas alarmas, con la condena unánime del hombre mayor (no me cabe duda que, si Thomas Mann o Nábokov fueran escritores contemporáneos y publicaran hoy La muerte en Venecia y Lolita, provocarían un escándalo mayor al que levantaron en su momento y serían crucificados en el altar de la corrección política). Y, sin embargo, entre Víctor y Andrés, cuya relación no está exenta de matices sexuales, nunca ocurre nada y al final, cuando el narrador reflexiona, escribe: “se le ocurre que si la palabra abuso era pertinente, y a uno de ellos correspondía, era él quien había abusado del amigo mayor. De su paciencia y buen humor para escuchar las divagaciones, ya ingenuas, ya pedantes, de un adolescente con veleidades literarias. De su generosidad sin exigencia de retribución alguna, que le había abierto a aquel adolescente perspectivas insospechadas sobre el mundo donde hasta ese momento había vegetado. Del estímulo para una vocación que sus padres persistían en ignorar. De tantas cosas que necesitó para ir haciéndose adulto” (pp. 130-131).

De su incursión en el lado oscuro y peligroso de la vida, Víctor emergerá más fuerte, más inteligente, más maduro. La educación impartida por Andrés –en las antípodas, por cierto, de algunos ideales educativos actuales, que pretenden aislar, no digamos a niños, sino a jóvenes adultos de cualquier cosa que pueda herir su delicada sensibilidad y que lo que más bien consiguen es mantenerlos en un estado de puerilidad perpetua– ha cumplido el objetivo de toda verdadera educación: lo ha hecho crecer y pensar por sí mismo. BildungsromanDark es naturalmente una novela pedagógica. Al final, Víctor, ya anciano, recordará las últimas palabras de Andrés: “sesenta años más tarde, en una de sus últimas noches de vida, el escritor memorioso en que se iba a convertir aquel adolescente oirá una vez más ese grito duro, tenaz, sin escape posible. Busca la mano de la mujer que alivia su vejez, devota del hombre de letras más que su amante, se aferra a ella como temiendo hundirse en una marea nocturna, entiende que la memoria lo ha ido abandonando, que lo abandona, pero que aquel grito permanecerá, ya sin cara y sin nombre, como sobrenadan los desechos de un naufragio” (p. 135).

Al inicio de En ausencia de guerra, el narrador escribe: “todo empezó en literatura” (p. 8). El corolario, tras la lectura de Dark, es inevitable: todo, también, termina.

Publicado originalmente en http://www.criticismo.com/dark/

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Elogio de Harold Bloom

Publicado hace ya más de veinte años (1994), en el auge de la llamada “guerra cultural” en Estados Unidos, El canon occidental fue desde entonces un libro más polemizado, execrado o alabado, que verdaderamente leído. Todos repasaron y criticaron las listas finales de obras y autores “que había que leer” (la parte más débil del libro, imposición de los editores, y de la que el propio Bloom no tardó en retractarse), menos leyeron las más de quinientas páginas en las que el autor discute los textos.

El lector de libros de crítica literaria es ave rarísima, y con razón. A fin de cuentas, ¿no es casi siempre preferible leer la novela, el libro de cuentos o poemas que no hemos leído, a un libro que trata sobre ellos, libro sobre otros libros? ¿Es realmente necesario leer crítica? ¿No es, más bien, un complemento prescindible? El crítico no puede dejar de hacerse estas preguntas cuando se mira melancólicamente frente a un espejo.

El canon occidental es probablemente el libro de crítica literaria más famoso de los últimos cincuenta años. Por sus elementos polémicos, es una obra muy fechable, pero las lecturas que hace de algunos autores van más allá y lo hacen un libro perdurable. Bloom, además, construyó un personaje memorable, el crítico falstaffiano, exuberante y vital, enfrentado a muerte con los enemigos de la literatura, o sea, la Escuela del Resentimiento (la crítica literaria académica deconstruccionista, feminista, marxista, etc.). Una de las principales profecías del libro se ha cumplido: en efecto, en la academia norteamericana, dicha Escuela ha triunfado ampliamente y el estudio de la literatura estrictamente estético o literario está casi desaparecido o se hace a escondidas. Prácticamente todo está subordinado a una ideología o a una teoría. El golpe a la crítica académica ha sido demoledor, pero el futuro de la crítica literaria, en general, no depende de lo que sucede en los campi norteamericanos.

Aunque varios de sus juicios sean cuestionables, temerarios, exagerados o, de plano, ignorantes o erróneos, no puedo dejar de simpatizar con Bloom porque es, a fin de cuentas, mi tipo de lector, el tipo de lector que considero ideal: alguien que lee, en primer lugar, por placer; que busca conocimiento y sabiduría en la literatura, y que la estudia a partir de sí misma, no de un marco teórico o ideológico. Un individuo, solo, enfrentado a los grandes libros, preguntándose qué es lo que dicen y cómo lo hacen; convencido de que tienen algo que decirle a él, de manera personal, íntima; consciente de que deberá hacer un gran esfuerzo (dedicar muchas horas, tener paciencia, constancia y humildad) para que estos abran sus puertas.

Comentando las primeras tres frases del último párrafo del ensayo “Cómo se debe leer un libro” de Virginia Woolf (“¿Quién lee para llegar al final, por deseable que este sea? ¿Acaso no hay ocupaciones que practicamos porque son buenas en sí mismas, y placeres que son absolutos? ¿Y no está este entre ellos?”), Bloom escribe:

“Las primeras tres frases han sido mi credo desde que las leí en mi infancia, y me exhorto a seguirlas, y a todos aquellos que aún sean capaces de adherirse a ellas. No excluyen la lectura para obtener poder, sobre uno mismo o los demás, aunque solo mediante un placer que es absoluto, un placer auténtico y difícil. La inocencia de Woolf, al igual que la de Blake, es una inocencia organizada, y su idea de la lectura no es el inocente mito de leer, sino el desinterés que Shakespeare enseña a sus lectores más profundos, Woolf incluida. El cielo, en las parábolas de Woolf, no ofrece recompensa que iguale la felicidad del lector corriente, o lo que el Dr. Johnson denominaba el sentido común de los lectores”.

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¿Quiénes deben leer?

Eduardo Mendoza acaba de recibir el Cervantes y, en las entrevistas que siguieron a la recepción del premio, ha soltado algunas perlas sobre la lectura, como esta, que estoy pensando enmarcar: «No es muy importante que la gente lea. Lo importante es que algunos lean y lo hagan bien. Los demás, que hagan lo que les de la gana».

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Recuerdo de Ricardo Piglia

Tras la muerte de Piglia a principios de año, leo y releo Nombre falsoCrítica y ficción y Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices. “Nombre falso” es obviamente su mejor relato, más nouvelle que cuento, y debería ser leído siempre como libro autónomo, no como una narración entre otras (algo parecido, aunque en menor escala, sucede con “Un pez en el hielo”, el relato pavesiano). Estrictamente como cuentista, el mejor Piglia (digamos, el de “Las actas del juicio”) parece más bien una provincia de cierto Borges. Quizá la mayor y mejor característica de Piglia haya sido que en nadie como él se fundieron las virtudes del crítico literario y el narrador (no es casual que sus mejores piezas de ficción lo sean al mismo tiempo de crítica).

Para algunos, su mejor faceta está en Crítica y ficción, o sea, el Piglia entrevistado, oral (en realidad es mucho mejor El último lector, creo yo). Era, en efecto, un conversador y un expositor hipnótico, sumamente hábil, brillante (a veces demasiado brillante, como él mismo observa en sus diarios), y algo manipulador. Una de sus principales rasgos era elevar a su interlocutor y hacerlo sentir especialmente inteligente, como si estuviera participando en la conversación al mismo nivel que él. Tenía algo de prestidigitador verbal, en el sentido de que hacía ver ciertas o muy agudas ideas que no necesariamente lo eran.

La lectura del segundo volumen de los diarios me deja una sensación ambigua. Quizá porque, a lo largo de muchos años, se fue creando –Piglia mismo fue creando– una gran expectativa en torno a ellos, una expectativa tal vez excesiva. Hay en ellos, sobre todo en este segundo volumen, demasiada vida literaria ordinaria (‘hoy me reuní con fulano, escribí el editorial para la revista tal,  preparamos la colección x…’) y demasiada política, junto con breves y luminosas observaciones sobre la lectura y la escritura (porque el diario de Renzi es, ante todo, el diario de un lector/escritor). Tal vez hubiera hecho falta una (auto) edición más rigurosa. Como curiosidad, me llamó la atención el protagonismo en este volumen de David Viñas, escritor muy relevante en Argentina en su momento, tengo entendido, pero casi invisible fuera, al menos actualmente. En algún punto, me recordó el Borges de Bioy, solo que ahí donde este dice “come en casa Borges”, Piglia podría haber escrito “come en casa David”.

Releo estos párrafos y temo que pudieran interpretarse como una crítica más bien negativa. Espero que no sea así porque siempre vi en Piglia un modelo único de profesor/crítico/narrador, un caso singular que es un ejemplo. Más allá de eso, en persona me dio la impresión, que pocas causan, de haber vivido sabiamente, de haber disfrutado la vida y hecho una obra; de saber combinar la inteligencia, el placer y el sentido del humor. Más allá de sus páginas memorables, creo que lo que se me va a quedar es esa imagen de conversador generoso e irónico. Piglia, con algún tequila y algunas copas de sauvignon-blanc encima, diciéndome en voz baja: “¿sabés?, si vos escribís ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’, es que no tenés mucha suerte con las mujeres, ¿no?”.

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Ficciones de Edgardo Cozarinsky

Entusiasmado por Dinero para fantasmas, leí después Vudú urbano (en la reedición de la Serie del recienvenido, que dirigía Piglia para el FCE). Publicado originalmente en 1985 es, en efecto, un libro precursor, muy posmoderno, con sus fragmentos, citas y “tarjetas postales”. Es, por otro lado, un libro muy, quizá demasiado localmente argentino, con sus obsesiones por Perón y el peronismo, Evita, etc. Es, en su mejor faceta, un homenaje a una ciudad, Buenos Aires, como solo un exiliado puede hacerlo. Lo que más me ha interesado, aparte de ser otro modelo de libro sobre ciudad (como Le pieton de Paris de Léon-Paul Fargue o la Trilogía sucia de La Habana de Juan Pedro Gutiérrez), son los indicios del Cozarinsky que vendrá, el obsesionado por la vida no vivida, por la vida ficticia, por la vida íntima del novelista (de cierto tipo de novelista, al menos), que no está hecha tanto de lo que le pasa a él, sino de lo que ocurre a su alrededor, de lo que escucha al pasar y luego se desarrolla en su interior, usurpando el lugar de su propia vida, más bien ausente. En “(Babylone blues)”, de 1979, escribió:

Una vez más compruebas que son infinitos los caminos de la mala literatura. Sin embargo, con qué placer apenas culpable vuelves a embarcarte una vez más en esa perversión de la vida cotidiana: lo que habría podido ser, lo que podrá ser… Humilde, minuciosa, como la hiedra o una mancha de humedad, prolifera en diseños intrincados, insignificantes, personajes disponibles, transeúntes que ignoran la trama en que los enredas, el pasado que les infliges, el futuro que posiblemente no te importe inventarles.

Más de treinta años después, en Dinero para fantasmas, vuelve a escribir:

Y la noche nunca me fallaba. Siempre había una visión fugitiva, un atisbo de personajes o destinos ajenos a mi existencia, un encuentro casual, una palabra entendida a medias, que me iban a convertir por unos minutos, a veces una hora, en el visitante de un principio de ficción, en el mejor de los casos en un personaje. Ficción fantaseada, ficción desprendida de alguna película, de alguna novela, puesta en escena a partir de retazos de una realidad banal.

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Dos libros sobre Berlín

Terminé el año pasado leyendo de casualidad un par de libros que transcurren en Berlín: Dinero para fantasmas de Edgardo Cozarinsky y También Berlín se olvida de Fabio Morábito, ambos rescatados de mesas de saldos. La coincidencia me alegró porque curiosamente el año pasado visité por primera vez la capital alemana, así que decidí considerar este azar como un último guiño literario berlinés (el primero, por cierto, fue descubrir que el hotel en el que me hospedaba se encontraba en la Tieckstrasse, esquina con la Novalistrasse, ya en pleno romanticismo alemán). En la novela de Cozarinsky o, mejor dicho, en la novela dentro de la novela de Cozarisnky, pues esta resulta una especie de muñeca rusa, el protagonista, un viejo ex cineasta llamado Andrés Oribe, vuelve a un Berlín moderno después de una primera visita hace décadas, cuando aún existía el muro. En aquel primer viaje, Oribe, joven leedor que veía todo a través de la literatura, buscaba las sombras de Alfred Döblin y Christopher Isherwood. Ahora se pregunta: “¿Qué vengo a buscar a Berlín?”. La breve trama berlinesa se complica con el encuentro con una actriz que apareció en uno de sus films, una mujer resuelta y pragmática que abandonó una vida de miseria en Argentina para empezar una nueva en Alemania. El encuentro sacude a Oribe, que de pronto se ve libre de todo romanticismo y, como él dice, “novelería”, y deja de buscar ecos literarios o de su viaje pasado en la nueva ciudad y se entrega al presente. Pero, ¿qué tanto se puede vivir en el presente cuando la mayor parte de uno es pasado? El episodio termina recordando el poema “Límites” de Borges (“De estas calles que ahondan el poniente / una habrá (no sé cuál) que he recorrido / ya por última vez…”). Oribe constata, ya sin el romanticismo de la juventud, que en efecto es así: “Hace mucho que yo tuve cincuenta años, y ya no me pregunto si será esta la última vez que veo esta plaza, este bar, esta ciudad. Lo supongo. Sin certeza. Sin pena”.

El Berlín de Morábito está hecho de viñetas de la ciudad (el río, el S-Bahn, los Kleingärten) y breves ensayos que abordan sus obsesiones: la escritura, el lenguaje, el estilo (no lo consigné aquí, pero el año pasado leí con agrado El idioma materno y con agrado y perplejidad la novela Emilio, los chistes y la muerte). “Mi lucha con el alemán”, por ejemplo, no trata en realidad del arduo aprendizaje de esa lengua, sino del aún más arduo aprendizaje de la escritura. Me intrigó, al final de la lectura, el título del libro. ¿También Berlín se olvida? A juzgar por los últimos textos, creo que habría que leerlo al revés: tampoco Berlín se olvida o, mejor, Berlín no se olvida nunca.

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