Alberto Manguel, el lector que escribe

Muchos escritores se definen como lectores que escriben (y en el fondo, claro, todo escritor es un lector que escribe), pero Alberto Manguel lo es de una manera más profunda y genuina: un escritor que escribe fundamentalmente sobre la lectura. Centrada en su monumental Una historia de la lectura y a lo largo de una ya larga lista de títulos (Diario de lecturasLecturas sobre la lecturaLeer imágenesLa biblioteca de noche…), ha construido una obra alrededor del acto de leer. Lo ha hecho con la subjetividad, la libertad, la soltura y el hedonismo propios del ensayista, no como un académico que dicta cátedra o un crítico que pontifica. Éste es uno de los rasgos más amables de su escritura: en ella uno percibe inmediatamente al lector personal, comprometido, aquel que –para repetir una fórmula flaubertiana que le es cara– lee para vivir (y no es para nada casual que ésta haya sido escrita a propósito de los Ensayos de Montaigne, libro que enseña a vivir). Manguel es un lector voraz, alguien definido por el hábito de leer, pero que no subordina la vida a la lectura, que tiene claro que la lectura adquiere pleno sentido en la medida en que ilumina y aclara la vida, y nos devuelve a ella con una comprensión más amplia y más lúcida. Se antoja fácil y, a veces, tentador, invertir la fórmula de Flaubert y afirmar que se vive para leer, pero, en última instancia, el buen lector –aquel que precisamente no está encerrado en una torre ni es una larva– sabe que no es posible.

http://www.letraslibres.com/revista/libros/el-lector-que-escribe

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Sara de Restif de la Bretonne

Para sacudirme la pesadez de Bouvard y Pécuchet, leo la Sara de Restif de la Bretonne, copioso autor libertino del siglo XVIII, abominado por Sade (“sobre todo, no compren nada del señor Restif”, aconsejaba a la marquesa desde su prisión en Vincennes). La leo en una humilde edición argentina de escandalosa portada (Rodolfo Alonso Editor, 1969), comprada hace años en una librería de viejo. Buscando nuevas ediciones, descubro en internet que la editorial española Octaedro la editó en 2001 y presume de ser la primera en español. Amateur de la literatura libertina, pensaba que sería sencillamente una novela ligera, divertida, como las que tan bien supo componer esa feliz época (pensaba en Andréa de Nerciat, Crebillon fils, Vivant Denon, etc.). Es más que eso. Para empezar no se cuenta, aquí, una aventura placentera, intrascendente, hedonista, como suele ser el caso; se trata de una pasión en toda forma, fuente mucho más de dolor que de gozo para el protagonista. La historia, al parecer, está inspirada en un amor real de Restif y en eso y en otras cosas me recordó a La Dorotea de Lope (el Fénix, francés y en el siglo XVIII, habría sido un excelente libertino). El héroe es un viejo de cuarenta y cinco años, libertino cansado que cree ya estar más allá de las pasiones hasta que conoce a Sara, joven de diecinueve a la que su madre ha iniciado en el sutil arte de la cortesanía y que pronto revela una genuina vocación y talento. Tras un brevísimo idilio, el hombre descubre la verdad y no puede propiamente llamarse engañado, pero no por eso deja de buscarla. La novela es la crónica de la peor de las pasiones: la lúcida, la que se da perfecta cuenta de lo que ocurre y, a pesar de todo, no puede deshacerse. Una y otra vez el protagonista decide dejar a Sara, no verla más, no sufrir otra humillación, y una y otra vez vuelve. Al final, escribe: “Lector amigo, has visto que he adorado a Sara; que la he odiado, la detestado, la he despreciado. Hoy solo siento ternura y dolor. ¿Dónde encontrarás tan bien, tan verdaderamente descrito al corazón humano como en esta historia?”.

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Bouvard y Pécuchet: el Fausto idiota

Animado por una relectura de Madame Bovary, leo –leo, no releo: por primera vez– Bouvard et Pécuchet, la novela salvaje de Flaubert. Sería fácil despotricar contra ella (es lo que se ha hecho, prácticamente y no sin razón, desde que apareció, póstumamente, en 1881); remarcar su carácter tedioso, exasperante, progresivamente ilegible. Flaubert la concibió como la gran venganza contra su época: “Vomitaré sobre mis contemporáneos el asco que me inspiran, así me reviente el estómago: será algo grande y violento”. La planeó como una denuncia de la estupidez humana, personificada en esos dos pobres diablos, Bouvard y Pécuchet, copistas que, retirados en el campo gracias a una herencia, pretenden acometer todas las ramas del saber (la botánica, la arqueología, la literatura, la filosofía, la pedagogía, la química, la medicina, la gimnasia, la política…), fracasando estrepitosamente en cada una, descartándola y pasando a otra. En efecto, ya lo observaba Emile Faguet, son como Fausto, pero un Fausto imbécil. El método empleado por Flaubert es básicamente el mismo: embarca a sus dos idiotas en el estudio de la disciplina X, lleva a cabo un repaso de las ideas comunes, polémicas y autoridades de la misma, los hace hartarse y fracasar, y los cambia de disciplina. Así, a lo largo de más de cuatrocientas páginas, o casi, pues hacia el final hay efectivamente una metamorfosis significativa (piadosamente, la muerte impidió que Flaubert terminara la obra; no concluyó ni siquiera la primera parte, y privó a la posteridad por completo de la segunda, que debía ser el catálogo de las mayores estupideces y lugares comunes de todas las ciencias copiadas por sus héroes). En carta a Georges Sand, había declarado que esta novela “tendrá la pretensión de ser cómica”. Esa es, quizá, toda la cuestión: no logra serlo. La locura y la tontería, sobra decirlo, pueden ser increíblemente cómicas (el Quijote, el Tristram Shandy), pero Flaubert no poseía ese genio y Bouvard et Pécuchet acaba siendo como uno de esos chistes largos, laboriosos y malcontados en los que uno está esperando reírse y al final no se ríe nunca.

Entre los contados abogados de Bouvard et Pécuchet, sobresale Borges (¡Borges, que abominaba de Madame Bovary!). En “Vindicación de Bouvard y Pécuchet” (Discusión) argumenta la gradual transformación de Flaubert en sus personajes (la metamorfosis mencionada arriba) y el procedimiento de convertir una locura o tontería iniciales en lucidez y hasta sabiduría (piénsese en el Quijote o El licenciado Vidriera o, mejor aún, en el Elogio de la locura de Erasmo); alega también que, si el universo es fundamentalmente incognoscible, Bouvard y Pécuchet devienen símbolos y ya no son solo dos idiotas, son cualquier hombre, el hombre, intentando descifrarlo vanamente. La cuestión es si eso justifica realmente la obra, las cientos de páginas en las que Flaubert detalla las ideas, las prácticas, los aparatos, etc., de cada una de las disciplinas que ensayan (por ejemplo, cuando tratan de hacerse agricultores, el lector debe resignarse a un catálogo de semillas, flores, técnicas de sembrar y cosechar, etc.; cuando toca turno a la gimnasia, a la descripción minuciosa de cada uno de los aparatos que emplean…). El objetivo cómico y filosófico se ahoga en esas minucias. En el siglo XVIII, Bouvard et Pécuchet habría podido ser un buen “cuento filosófico”, a lo Cándido de Voltaire; en el XX (porque hay en su intención algo innegablemente moderno), una parábola de Kafka (Borges dixit); en el XIX, se convirtió en una novela indigesta.

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Vida de Henry Brulard V

Stendhal, crítico:

«Despreciaba sincera y soberanamente el talento de Voltaire: me parecía pueril. Estimaba sinceramente a Pierre Corneille, a Ariosto, Shakespeare, Cervantes… Mi problema era ponerlos de acuerdo… Mi ideal literario tiene que ver más bien con disfrutar las obras de otros y apreciarlas, con rumiar sobre su mérito, que con escribir yo mismo».

¿No es éste –no debería ser, al menos– el ideal de la crítica y la modesta aspiración de sus practicantes?

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Vida de Henry Brulard IV

El amor (a punto estoy de decir: el enamoramiento) es el gran acontecimiento de la vida de Stendhal. Sufrirá por amor, sin duda, pero éste será, sobre todo, fuente de bonheur. El amor será siempre para él una pasión positiva. El primero, previsiblemente, fue una actriz, Mlle. Kubly: “pronto estuve perdidamente enamorado; nunca le hablé… todo fue nuevo para mí en la extraña locura que de repente fue la dueña de mis pensamientos. Todo otro interés se desvaneció para mí”. El amor por las actrices de teatro era el amor perfecto para los románticos (véase Sylvie de Gérard de Nerval): aseguraba distancia, frecuente inaccesibilidad, idealidad. Ya luego Beyle será menos tímido: se acercará, les hablará. Como él mismo observó, era descendiente del insufrible Saint-Preux de Rousseau, pero también del Valmont de Choderlos de Laclos.

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Stendhal por Claude Roy

Antes de comentar en clase Rojo y negro y para ponerme a tono, leo el Stendhal por él mismo de Claude Roy. Es notable la forma en que, en algunas frases, llega al corazón mismo de lo stendhaliano (lástima de la antología propiamente dicha, que dedica demasiado espacio a la política y que, de una obra que abunda en frases y dichos memorables, incluye demasiadas circunstanciales y, a veces, casi ininteligibles) . Algunos ejemplos:

Stendhal experimente el más vivo interés por sí mismo. Pero ninguna complacencia.

La vida de Stendhal es un perfecto adiestramiento. ¿En qué? El ambicioso se adiestra en triunfar, el avaro en enriquecerse, el don Juan en seducir: Stendhal se adiestra en existir.

La persecución de la dicha no se separa, para Stendhal, de la ambición de lo razonable. Ser dichoso es razonar con justeza sobre un mundo que se ve con claridad.

Toda bella prosa es superiormente moral, y la de Stendhal entre todas… Detesta lo superfluo de la forma porque es siempre signo de una debilidad de espíritu.

La broma es esencial al procedimiento literario de Stendhal. Este hombre absolutamente grave no cree necesario (al contrario) ser serio.

Cierta intensidad, una especie de densidad de la creación novelesca parecen ser la característica de esos novelistas (entre ellos Stendhal) a quienes –oponiéndolos a los novelistas profesionales– me gustaría llamar los puros: los novelistas que no fuerzan a la novela a que salga de ellos, sino que la dejan madurar, y caer gota a gota en el pequeño recipiente, la lágrima de resina… hacen sus novelas no como el manzano las manzanas, estación tras estación, sino cuando toda una vida ha dejado germinar, crecer, alimentarse en ellos una materia a la que solo les queda dar forma.

El arte de Stendhal no es un arte de copia, es un arte de interpretación.

Cuando Stendhal se desliza entre la Sanseverina y Fabricio, y comenta mezzo vocesus sentimientos o sus actos, jamás he tenido la sensación de una disonancia, porque está a su diapasón, porque es de la misma raza que ellos. Stendhal es el primero y más admirable de los personajes stendhalianos.

Stendhal es casi el único escritor que se ha fijado por objeto la pintura de la felicidad. Y es que la felicidad es lo más difícil de comunicar, en la medida en que la felicidad es precisamente una especie de silencio, de ausencia de ilusión, de ligereza inmaterial; en la medida en que ser feliz es el único estado injustificable del hombre. 

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Diccionario Vila-Matas

Quizá el indicio más claro de un gran escritor –de un gran artista, en general– sea la creación de un mundo propio. Leemos una línea suya y de inmediato sabemos que estamos entrando en ese mundo: su mundo. Es, desde luego, una forma, un estilo, pero también un contenido –es, naturalmente, la mezcla indisociable de ambos–, o sea, una serie de ideas, términos, temas, personajes, imágenes, símbolos, referencias, obsesiones…

La obra de Enrique Vila-Matas, una de las más originales de la literatura contemporánea, ha construido un mundo así. Abrir cualquiera de sus libros es entrar a un universo único: un universo portátil de shandys, bartlebys, suicidas, solteros, espías y femmes fatales; de capitales lo mismo en París y Barcelona que en Praga y Veracruz; de máscaras y ventrílocuos; de viajes y viajeros lentos; de citas y conferencias; de ficción y crítica; de fiesta y tedio; de vida y literatura. El Diccionario Vila-Matas pretende ser, ante todo, un homenaje a una obra, un tributo que nace de la admiración y el entusiasmo razonados de la crítica…

http://diccionariovilamatas.pablosolmora.com/

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Retrato de Paolina

En su Leopardi, Pietro Citati traza este brutal retrato de la hermana del poeta, Paolina, por cierto traductora de Xavier de Maistre y autora de una Vida de Mozart:

Paolina no era guapa. No era alta, no tenía la elegante blancura de piel que admiraban los hombres de la época… Era tímida. Hablaba poco. No tenía confianza en sí misma… Tenía una agudísima sensibilidad, que exacerbaba una inteligencia sospechosa y maníaca. Tenía un inmenso deseo de ser feliz, y esperaba que, al menos una vez, le tocara alguna pequeña felicidad real. Soñaba con el amor… No podía tener amigas ni recibir cartas de amigas. No podía asomarse a la ventana, porque inmediatamente la veían los ojos omnipresentes de su madre… Nada aliviaba el tedio. Sabía que no se realizaría ni uno solo de sus deseos. Vivía sin vida, sin alma, sin cuerpo. Le parecía que estaba muerta desde hacía mucho tiempo; que su cuerpo era un cadáver, que su alma carecía de sensaciones. Lo único que le quedaba era la lectura…

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Vida de Henry Brulard (III)

Sujeto de una educación conservadora, con pretensiones aristocráticas, Stendhal reaccionará desde niño cultivando opiniones liberales y republicanas. Sin embargo, era demasiado aristocrático por naturaleza, demasiado individualista, demasiado elitista (¿y qué otra cosa se podía esperar de quien concientemente solo se dirigía a una minoría, los happy few?). Se convirtió pues, en esa paradoja política moderna: un defensor de las mayorías que no soporta mezclarse con ellas, un aristócrata de la democracia (posición a años luz del populismo contemporáneo que solo busca adular a las masas): “Detesto a la canalla (tratar con ella), al mismo tiempo que bajo el nombre de pueblo deseo apasionadamente su felicidad y que creo que no puede procurársele sino haciéndole preguntas sobre un tema importante, es decir, exhortándola a nombrarse diputados… Amo al pueblo, detesto a sus opresores, pero sería para mí un suplicio vivir todo el tiempo con el pueblo”.

*

En sus inicios como escritor, Stendhal espera la inspiración (le génie). Retrospectivamente, razona: “Si yo hubiera hablado, en 1795, de mi proyecto de escribir, cualquier hombre con sentido común me habría dicho: ‘Escriba todos los días durante dos horas, inspiración o no’. Este consejo me habría ahorrado diez años de mi vida perdidos esperando la inspiración”.

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Solar de Ian McEwan

En la playa, Solar de Ian McEwan, del que había leído con admiración Chesil beach, pequeña obra maestra, y con desencanto The comfort of strangers. Es una novela cómica en la mejor tradición inglesa, la de Kingsley Amis o Tom Sharpe (con pocos libros me he reído tanto, por cierto, como con la serie de Wilt). No es propiamente una campus novel, pero su trasfondo es la vida académica. El protagonista, Michael Beard, es un eminente físico cincuentón (premio Nobel y todo) cuyos mejores años han pasado y que, gracias a una serie de coincidencias que McEwan hace verosímiles, busca reinventarse profesional y personalmente proponiendo una solución para el calentamiento global. Gordo y calvo, está lejos de ser un Adonis, pero se las arregla para estar siempre rodeado de mujeres, a las que engaña compulsivamente. No es un mujeriego exigente y es feliz con mujeres no necesariamente jóvenes, no necesariamente guapas, pero amables y que le sepan cocinar (residuo de un complejo edípico, pues su madre se dedicó a sobrealimentarlo). Pertenece, además, a esa clase de mujeriegos que no solo salen con muchas mujeres: se casan con ellas, y cuando el libro empieza lo encontramos en su quinto matrimonio. La novela es fundamentalmente el personaje, claro, pero la trama no desmerece. Beard se las ingenia para exitosamente inculpar a un hombre inocente de un asesinato y aprovecharse de un descubrimiento científico ajeno, pero cae en desgracia cuando hace un comentario políticamente incorrecto a propósito de las mujeres y las ciencias, en las que son sin duda las páginas más desternillantes del libro. McEwan hace una sátira feroz del Posmodernismo y todos los ismos que han plagado los departamentos de literatura y humanidades alrededor del mundo hasta reducir su seriedad y rigor a cenizas y volverlos, no sin razón, el hazmerreír de las ciencias duras. La novela tropieza al final cuando McEwan, increíblemente, decide castigar a Beard, cuando todo pedía a gritos su triunfo, enfatizando la ambigüedad de la moral y la ausencia de justicia, como de hecho ocurre en el caso de otros antihéroes (por ejemplo, el Tom Ripley de Patricia Highsmith). Pero no: McEwan decidió dar una lección moral. A pesar de ello, la novela –ligera, entretenida, divertida– es una estupenda lectura de playa.

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